El caldo de cultivo

Extrema derecha y populismo no son sinónimos, pero ambos crecen en la actualidad y lo hacen alimentados por el mismo desencanto.

Comencemos por una precisión conceptual. Hay tantas definiciones de populismo como ejemplos a mano para ilustrarlas. No es un fenómeno nuevo y tiene orígenes dispares. Por un lado, el movimiento populista que impulsó la introducción de referendos e iniciativas ciudadanas en Estados Unidos desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX tiene un origen ciudadano (originado desde abajo) y una expectativa de cambiar las reglas de toma de decisiones y de reparto del poder para incluir a la ciudadanía.

Por otro, los primeros desarrollos teóricos y conceptuales del concepto provienen de América Latina, donde el populismo se encarnó en líderes muy carismáticos que promovieron o intentaron promover una agenda de transformación que desplazaba a las élites tradicionales (desde arriba). La figura de Juan Domingo Perón en Argentina es emblemática. Durante sus primeros años de Gobierno, promovió una agenda de redistribución inédita, pero lo hizo concentrando poder en su figura más que repartiéndolo, como querían los movimientos sociales de Estados Unidos en el siglo anterior.

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En la actualidad, la definición de populismo más aceptada en la Academia lo identifica con una estrategia discursiva que divide a la sociedad en dos, el pueblo virtuoso y la élite corrupta. En una intensa disputa por la evaluación de sus resultados, hay quienes ven aspectos positivos en la renovación de la participación política de la ciudadanía, mientras los aspectos más negativos referirían al ataque a las instituciones de control y contrapeso, la personalización de la política y el riesgo de deriva autoritaria (con la Venezuela de Chávez como uno de los ejemplos más citados).

La extrema derecha se caracteriza por un núcleo ideológico en el que un concepto clásico e idealizado de nación convive con una noción también clásica y tradicional de familia y religión. La extrema derecha busca restaurar valores perdidos, un pasado glorioso, el rol tradicional del varón proveedor y de mujer-madre-cuidadora subordinada socialmente. La diversidad sexual y de estilos de vida es identificada como una anomalía que hay que limitar o directamente eliminar. (Los análisis de Beatriz Acha y Belén Fernández-García en este dosier profundizan sobre las características de este núcleo ideológico).

¿Por qué crecen el populismo y la extrema derecha? No hay una explicación única, sino hipótesis alternativas que pueden ser también complementarias. Proponemos que emergen a medida que se abren nuevas divisiones estructurales en la sociedad (nuevos clivajes ocasionados, por ejemplo, por el reconocimiento de derechos a sectores de la población o por los cambios socio-demográficos derivados de las migraciones de personas), y son el resultado de una institucionalización débil y/o disfuncional de los partidos políticos existentes; lo que puede hablar de su escasa institucionalización y enraizamiento, como ocurre en algunos países de América Latina, o de erosión de la misma, como ocurre en la mayoría de los países europeos.

El éxito de la extrema derecha depende tanto de factores que escapan a su control (el capital social, el enraizamiento de valores cívicos y democráticos que pueden ponerle un tope a su crecimiento) como de las estrategias de los líderes populistas; por ejemplo, a través de los medios sociales.

En definitiva, las siguientes hipótesis podrían explicar el surgimiento de partidos populistas:

i) Surgen y ganan peso a medida que el sistema político ve reducida su legitimidad: los partidos populistas surgen típicamente cuando se evidencia un enorme desencanto entre la población con la política y, especialmente, con los partidos.

ii) Surgen y ganan peso a medida que se abren nuevas divisiones estructurales en la sociedad: el supuesto es que los partidos populistas se forman como resultado de varios cambios estructurales en la sociedad; por ejemplo, en la estructura de división o, incluso, la formación de nuevas divisiones sociales que socavan a los partidos existentes y abren la oportunidad para que nuevos partidos consigan afinidades en votantes hasta entonces marginados.

Veamos el ejemplo de Ukip, un partido populista por excelencia. Es calificado por los analistas como de derecha debido a su postura respecto a la inmigración; sin embargo, Ukip afirma que no pertenece ni a la izquierda ni a la derecha y niega incluso que esté contra la inmigración, afirmando que está simplemente en contra de “la descontrolada”, frente a la que Reino Unido habría perdido las riendas de supervisión y gestión en sus fronteras. El discurso identifica, pues, una pérdida de la soberanía del Reino Unido ante la Unión Europea a partir de la que alimenta su discurso anti-europeísta. Su estatus como partido populista se refleja en su fuerte retórica contra la clase política existente.

La base social del Ukip consiste en hombres mayores de clase trabajadora. Ford y Goodwin argumentan que obtiene su apoyo de quienes describen como votantes «dejados atrás”, típicamente trabajadores varones mayores que se han convertido en las principales víctimas de la globalización económica.

A medida que la clase media profesional ha crecido en las últimas décadas, los principales partidos políticos han tendido a confiar cada vez más en este grupo para ganar las elecciones; incluido el Partido Laborista, que ha ido dando la espalda a su base tradicional de apoyo de la clase trabajadora. Esto ha significado que los votantes de esta clase dejados atrás se enfrenten al doble golpe de perder su voz políticamente y ser cada vez menos capaces de competir en una economía globalizada postindustrial. Como resultado, se enfocan en las manifestaciones visibles de la globalización, como la inmigración, y en la elite política, a la que responsabilizan de su situación de privación por haberlos descuidado.

iii) Su emergencia está condicionada por el marco institucional, que determina las barreras de entrada para nuevos partidos. De particular importancia aquí son aquellas instituciones que enmarcan el comportamiento de los partidos. Por ejemplo, un sistema electoral puramente proporcional puede facilitar la entrada de partidos populistas al reducir la barrera necesaria para ingresar en el Parlamento. El alcance y la forma de institucionalización del sistema de partidos también es crítico. Cuando esta institucionalización es débil, es probable que surjan y crezcan rápidamente nuevos partidos con un discurso atractivo para sectores desencantados de la población. A la inversa, si los partidos existentes están demasiado arraigados y las barreras de entrada para los nuevos partidos son demasiado altas, esto puede llevar a un cerramiento del sistema que derive en mayor abstención, apatía y descrédito de la política, creando las condiciones para una crisis mayor.

Los partidos populistas, y especialmente los de extrema derecha, aumentaron significativamente desde finales de la primera década del siglo XXI como resultado de la crisis política y económica. Un fenómeno similar podría observarse en otros países poscomunistas donde la institucionalización del sistema de partidos era baja, con la aparición de nuevos partidos populistas como Dirección-Socialdemocracia (Smer-SD) y la Alianza por la Nueva Ciudadanía (ANO) en Eslovaquia y el Partido Popular de Dan Diaconescu (PP-DD) en Rumanía. Si bien algunos de estos partidos han tomado posiciones xenófobas o nacionalistas en varios asuntos y atraen a votantes más marginados, otros toman una posición más centrista y atraen a mayor cantidad de votantes.

iv) Finalmente, cuando se dan las condiciones para su emergencia, el éxito de estos partidos está fuertemente condicionado por las estrategias de los líderes; por ejemplo, a través de las redes sociales, aunque también está condicionado por variables sociales, la educación cívica y el arraigo de los valores democráticos en la población, que podrían ponerles un freno.

Las redes sociales han permitido a los partidos populistas desarrollar y propagar una narrativa contra la élite que no habría tenido cabida, al menos no inmediata, en los medios tradicionales. En este sentido, cabe destacar una confluencia no necesariamente deseada, pero con consecuencias negativas, entre las nuevas formas de organización de los medios de comunicación y la proliferación de líderes extremistas. El gran dilema surge de observar que la proliferación de fuentes de información, la multiplicación de canales de televisión y otros canales interactivos generan una conexión permanente, las 24 horas, con su consecuente demanda de ofrecer noticias todo el tiempo. Si los medios se orientan a competir por consumidores en lugar de a informar, las cartas están marcadas a favor del amarillismo y el escándalo. Esto incentiva, en complemento con la expansión de las redes sociales, la personalización de la política y el desarrollo de discursos capaces de atraer la atención de los medios y del público. Buena parte de los partidos de extrema derecha se han entrenado en el uso de los medios y las redes, mostrando habilidades para llegar al gran público (ver los análisis de Plaza Colodro y Rodríguez Serrano ‘et al’ en este dosier). No hay barreras de entrada en las redes sociales – como sí había, y sigue habiendo, en televisión y prensa escrita–, pero llamar la atención en las primeras puede conducir a abrir espacios en los segundos.

Artículo elaborado en colaboración con CC.OO., en el marco del proyecto de formación de dirigentes sindicales de la Escuela de Trabajo

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