El cambio de paradigma del coronavirus

El cambio de paradigma que implica la crisis del coronavirus sigue estando más allá de la imaginación. Lo que inicialmente se vio como una crisis corta y manejable se ha extendido por todo el mundo y ha comenzado a tener ramificaciones muy profundas. La crisis no sólo afecta a la economía, sino también a nuestros modos de vida, trabajo y pensamiento. Tendrá un profundo impacto en las libertades personales y políticas, en las políticas sociales y de salud, y en el mundo en general. Es probable que la nueva normalidad signifique más ‘Gran Hermano’.

Nuestra libertad de movimientos estará mucho más restringida por mucho tiempo. Los eventos culturales, el sector de la hostelería y del turismo se verán afectados por el miedo de la gente por ir a restaurantes, bares, conciertos, cines, teatro y ópera. Los viajes por aire y por mar se verán obstaculizados por la percepción de los pasajeros de un desastre inminente e invisible. Las grandes conferencias y ferias comerciales pueden simplemente ser eliminadas del mercado. Todo será relegado a un mundo virtual aburrido basado en la pantalla, aumentando aún más nuestra dependencia de la gran tecnología.

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El sector en el que esto tendrá implicaciones de gran alcance es el de los deportes, en particular el fútbol. Los partidos de fútbol con 60.000 espectadores, que fueron un gran propagador del virus en Italia y España, serán cosa del pasado. Con ello, todo el sector se verá afectado, desde los clubes, los salarios de los mejores jugadores, los anuncios y los derechos de retransmisión de los partidos. Los partidos sin público serán simplemente irreales. Lo mismo ocurrirá con muchos otros deportes de alto nivel, con el golf probablemente como única excepción, donde el distanciamiento social es la norma.

Para capear la crisis, una gran parte del mundo desarrollado se ha pasado al teletrabajo, o al menos a los que podrían hacerlo, que será mucho más habitual de lo que nunca antes se había imaginado. Tendrá un impacto en las prácticas y en las relaciones laborales, pero también será el fin de las grandes concentraciones de empresas en capitales y centros financieros. La época de los rascacielos extravagantes puede haber terminado y la descentralización se convertirá en la norma, con su efecto en los mercados inmobiliarios. Algunos países están bien preparados para ello, dependiendo de su estructura geográfica e industrial; para otros, requerirá enormes cambios y adaptaciones.

El teletrabajo reducirá aún más el poder de los sindicatos y de los acuerdos salariales colectivos. Minimizará la importancia de los contratos sociales, y se pasará al trabajo por cuenta propia. Aumentará la división entre los trabajadores de ‘cuello azul’ y los de ‘cuello blanco’, estando los primeros mucho más expuestos y en primera línea, lo que creará la base para más conflictos y trastornos sociales.

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Los confinamientos y el distanciamiento social no son buenos para las democracias. Los parlamentos dicen que siguen funcionando, pero cuando lo hacen están en su mayoría vacíos de diputados, y sólo unos pocos acuden a los verdaderos debates. Los debates en línea no son los mismos que los de un hemiciclo, donde un ministro es cuestionado sobre sus políticas. Los parlamentarios están menos involucrados y pueden ser ignorados mucho más fácilmente en una pantalla. También se ha invocado la pandemia para eludir al parlamento y promulgar leyes especiales de emergencia. El caso de Hungría suscitó un gran debate sobre este asunto, pero también en Francia los poderes especiales del Ejecutivo se han prolongado hasta el 24 de julio, lo que parece desproporcionado.

El mismo recorte de libertades se aplica a las normas de privacidad. Nuestra privacidad ya estaba en peligro por el big data, pero usar esos datos ahora parece haberse convertido en la norma. Se podría permitir una excepción al respeto de la privacidad para las aplicaciones de rastreo, para limitar el contagio. Al mismo tiempo, los países europeos están debatiendo qué aplicaciones utilizar: las desarrolladas localmente, que no son compatibles con las transfronterizas, o las de los big tech, lo que aumenta aún más la dependencia de Europa de estas empresas y les da aún más datos de los usuarios.

De ahí que también se vean afectados el comercio y las relaciones internacionales. La pandemia puede ser el fin del crecimiento ilimitado del comercio internacional, que ha sido el gran impulso del crecimiento económico de las dos o tres últimas décadas. La pandemia sanitaria ya ha provocado desafíos al libre comercio, pero las implicaciones políticas pueden tener un alcance aún mayor. El G-20, que desempeñó un papel central en la resolución de la crisis anterior, no está presente en el mismo grado, ni, al parecer, lo están otras organizaciones internacionales, como incluso la Organización Mundial de la Salud u otras entidades de Naciones Unidas. La reunión diplomática más importante del mundo, la 75ª sesión de la Asamblea Anual de la ONU en Nueva York prevista para septiembre de 2020, probablemente no tendrá lugar. Nuestro mundo quedará bloqueado y reducido a círculos mucho más pequeños, y la globalización sólo seguirá existiendo virtualmente.

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