El clamor social acelera la transición energética en Alemania

En medio de la Semana de la Acción Climática y de las movilizaciones mundiales por el clima, el Gobierno alemán aprobó el pasado viernes el Programa de Protección Climática 2030, que prevé movilizar 54.000 millones de euros hasta 2023 para la transición hacia una economía verde. Parece que Merkel lo tiene claro, sabe que la transición energética es el mayor reto en estos momentos para luchar contra el cambio climático y es una de las voces que más alzan la voz contra los negacionistas: “Hay numerosas evidencias del mundo científico, y quien pretenda ignorarlas no actúa con justicia hacia el futuro”, ha llegado a señalar.

Pero la realidad es que Alemania es el sexto país del mundo que más contamina con sus emisiones de CO2 y, tras reconocer que no van a cumplir con el objetivo del 40% de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero en 2020 (respecto a los niveles de 1990), el país quiere intensificar sus esfuerzos. Con este nuevo programa, busca reflejar en políticas las demandas de la sociedad, expresadas en las movilizaciones, pero también en el voto.

Tras 15 horas de intensa negociación, la gran coalición de los conservadores de Merkel (CDU/CSU) con los socialdemócratas (SPD) aprobó un conjunto de 70 medidas alineadas con el Green New Deal que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha prometido impulsar en sus primeros 100 días de mandato.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

El programa se centra en diversos aspectos: el establecimiento de un precio a las emisiones de dióxido de carbono para el transporte y la calefacción desde 2021, con un precio fijo de 10 euros por tonelada de CO2 que irá subiendo progresivamente hasta 2026; incentivos para la rehabilitación de viviendas en favor de la eficiencia energética; la promoción del vehículo eléctrico y el desarrollo de infraestructuras de carga por todo el país; abaratamiento de los viajes en tren; un programa nacional de descarbonización, o el fin del gasóleo en calefacciones a partir de 2026. El programa, además, pone el foco en la participación ciudadana, así como en el papel clave de las finanzas sostenibles.

Sin embargo, este nuevo paquete de medidas no ha gustado a todos. Especialmente críticos son los verdes, asociaciones ecologistas y mundo científico. El Partido Verde, por ejemplo, está dispuesto a enmendar el programa, pues califica de «broma» el precio propuesto del carbono en el transporte y la calefacción.

Lo cierto es que el anuncio de este nuevo programa supone un paso más en el camino de la transición energética alemana. Su puesta en marcha obedece a dos grandes causas. Por un lado, la gran coalición amenaza con romperse, con lo que un ambicioso programa en materia climática puede ser el pegamento que una al Gobierno para afrontar los retos del futuro.

Merkel se juega gran parte de su mandato con esta apuesta por la transición energética. Es consciente de ello, y por eso este nuevo plan quiere convertirse en un elemento de unidad política y social en el país y convertir a Alemania en el gran líder en materia ambiental. Así lo vimos este mismo lunes en la Cumbre Climática de la ONU: la canciller dijo “escuchar a los jóvenes” y quiere colocar a su país a la cabeza de este gran reto global.

Por otro lado, el Gobierno alemán quiere responder a la presión social que existe a favor de transitar hacia una economía verde. Cuando hace unos años se comenzó a trabajar con mayor intensidad en esta materia, muchos ciudadanos veían estas políticas como algo abstracto, alejado de su día a día y, sobre todo, de largo plazo. Pero esta percepción ha cambiado: la transición energética es el presente y los ciudadanos demandan cada vez acciones más rápidas y firmes. Además, el voto está reflejando la preocupación por el futuro del planeta: en las pasadas elecciones europeas del 26 de mayo, los verdes se hicieron con el 20,7% de los votos, situándose como segundo partido por delante del SPD y duplicando su número de diputados en el Parlamento Europeo.

Este nuevo plan puede considerarse como un paso más en la dirección que en 2010 marcó la Energiewende; es decir, el proyecto de transición energética alemán para avanzar hacia un sistema descarbonizado sin energía nuclear. El término Energiwende puede traducirse literalmente como revolución energética; y, por la ambición e intensidad con la que se lanzó, consiguió afianzarse y, a día de hoy, es considerado un término de referencia.

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Con la Energiewende, y ahora con este nuevo paquete de medidas, podemos preguntarnos qué está haciendo Alemania en materia de transición energética. Desde que se lanzó el primer programa para el medio ambiente en 1971, Alemania ha ido avanzando en el ámbito energético con importantes iniciativas como la ley alemana de energías renovables (EEG) en el año 2000; el primer reglamento alemán sobre ahorro energético, que establecía requisitos de eficiencia energética en edificios en 2020, o el primer plan energético con una estrategia a largo plazo, en el año 2010.

Pero fue 2011, con el accidente de Fukushima, lo que cambió definitivamente el rumbo de la política energética en Alemania: se decidió cerrar todas las centrales nucleares antes de 2022 y se marcaron unos objetivos energéticos como el 80% de renovables en el mix energético para 2050, una reducción del 50% del consumo de energía primario respecto a 2008 o una reducción de emisiones del 80%-85% respecto a 1990.

Pero para lograr estos objetivos, y transitar hacia un “futuro más exitoso en términos medioambientales, económicos y de seguridad”, tal y como señala el Ministerio de Asuntos Económicos y Energía alemán, se estableció una estrategia clara: moverse desde la dependencia de la energía nuclear y los combustibles fósiles hacia el protagonismo de las renovables y la eficiencia energética, con una menor dependencia del exterior y una transición hacia un modelo más sostenible, moderno y competitivo. Una estrategia que se sustenta sobre los pilares de la eficiencia, la modernización, la innovación y la digitalización, y pone el foco en el sector eléctrico y en la calefacción, pero también en la agricultura y en el transporte.

Las políticas de transición energética se centran en dos grandes elementos: las energías renovables y la eficiencia energética. De un lado, una energía más limpia que reduzca la dependencia de combustibles fósiles y permita al país utilizar sus propias fuentes. Del otro lado, una energía no solo más verde, sino que se produzca y se consuma de forma más eficiente, aumentando la productividad y la competitividad. Como señalara Angela Merkel, “el mejor kilovatio-hora es el no consumido”.

Para reducir la enorme dependencia del carbón (el cierre de todas las centrales está previsto para antes de 2038), que de ser prácticamente la mitad del mix en 2005 pasó a tener una cuota del 38% en 2018, y ante el cierre de las nucleares, el objetivo principal es conseguir un mix energético renovable. El mayor impulso viene desde el sector eléctrico, y las renovables ya se han convertido en la principal fuente, por encima del carbón

El porcentaje de renovables en el consumo eléctrico ha pasado del 6% en 2000 al 36% en 2017, y se calcula que para 2025 se situará entre el 40% y el 45%. Actualmente, representan el 39% de la producción eléctrica y más de la mitad del parque productor alemán, con el 56% de la potencia total instalada. Las fuentes renovables más importantes son la eólica (que cubre el 21% de la producción de electricidad), la solar, (que cubre el 7,8%) y la biomasa, el 7,6%.

Con cada kilovatio-hora de electricidad consumida, los ciudadanos contribuyen a la financiación del desarrollo de las renovables por medio de la tasa EEG-Umlage, que se sitúa en 6,4 céntimos. Pero como la factura del consumidor también depende del precio de la electricidad en bolsa, y dicho precio ha caído por las cada vez mayores cantidades de energía eléctrica generada a partir de fuentes renovables que se venden a través de las bolsas de energía, los costes medios de los hogares se han mantenido estables. Además, para no perjudicar la competitividad, Alemania ha eximido de parte del pago de la EEG-Umlage a empresas de elevado consumo energético, siempre y cuando las beneficiarias inviertan más en eficiencia energética.

En esta materia, Alemania se ha fijado un objetivo ambicioso: reducir a la mitad el consumo de energía primario para 2050. Para ello, el país cuenta con un Plan Nacional de Acción en Eficiencia Energética centrado, fundamentalmente, en la mejora de la información a los ciudadanos y empresas, en la promoción de la inversión a través de la innovación (por ejemplo, programas de modernización de edificios) y la acción directa: es decir, medidas vinculantes para la sociedad como la realización de auditorías energéticas por parte de las grandes compañías o las edificaciones de nueva construcción.

Las actuaciones de eficiencia en edificios son fundamentales, pues el 35% del consumo final de energía proviene de la calefacción y del agua caliente. Por ello, se busca reducir en un 80% la demanda de energía primaria de petróleo y gas en edificios hasta 2050 (con el nuevo plan, se prohíbe el gasóleo en calefacciones a partir de 2026), a través de la mejora de la eficiencia y de una mayor cuota de renovables para cubrir las demandas de calefacción y refrigeración.

Pero la transición energética no es posible sin una infraestructura moderna y potente, y por este motivo la expansión de la red es una de las principales prioridades gubernamentales. Deben desarrollarse líneas eléctricas y flexibles que, tras el cierre de las nucleares, sean capaces de transportar la electricidad generada a partir de la eólica desde el norte y el este de Alemania directamente hasta el sur. Debe contarse, por tanto, con una red suficiente: cuentan con la Ley para el Desarrollo de Líneas Energéticas (EnLAG) y el Plan Federal de Necesidades (BBPIG) para atender las demandas necesarias y que debe completarse antes de 2022.

Además, dado que en la transición energética el ciudadano debe desempeñar un papel central, destacan iniciativas como la promoción de cooperativas energéticas, en las que los ciudadanos pueden participar con cuotas desde 100 euros. Actualmente, existen unas 850, con más de 180.000 cooperativistas que invierten conjuntamente en proyectos relacionados con la transición energética. Uno de los grandes retos de este importante aspecto de la transición energética es la integración en el sistema de la generación distribuida a pequeña escala.

Pero no sólo se necesitan más redes, sino que deben ser más inteligente. Se calcula que el uso de estas infraestructuras puede suponer un ahorro del 20% en los costes de construcción hasta el año 2032, por lo que en 2015 se lanzó el programa Sinteg para el desarrollo de redes basadas en técnicas IT (Smart-grids).

Otro punto clave es la movilidad, y más en un país en el que el sector del automóvil representa el 7% del PIB, es su principal bien de exportación y una de las actividades con mayor consumo energético (aproximadamente, un tercio del total). Por ello, Alemania está trabajando en el desarrollo de tecnologías eficientes y en la electrificación del transporte a través de distintos programas. Sin embargo, la extensión del vehículo eléctrico está siendo lenta y será bastante improbable alcanzar la meta de un millón de estos vehículos para 2020, por lo que se ha puesto en marcha un panel de expertos que hagan propuestas para promover la movilidad limpia.

Por último, destaca el almacenamiento, donde se está impulsando la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías para reducir el coste y aumentar la eficiencia. En un sistema donde las renovables ocupan cada vez mayor protagonismo, es necesario disponer de sistemas de almacenamiento capaces de dar respuesta a situaciones como, por ejemplo, los días sin sol ni viento. Para el almacenamiento a largo plazo, Alemania dispone de centrales hidroeléctricas de bombeo que ya suman nueve gigavatios, y parte de sus instalaciones se encuentran en Luxemburgo y Austria. Además, el país trabaja también en el Power to Gas, en el que la electricidad procedente de energías renovables se transforma, mediante electrólisis, en hidrógeno o gas natural sintético.

Alemania ha dado un paso más en el camino hacia una economía verde. Y si bien desde distintos ámbitos se considera que las medidas planteadas son aún insuficientes para cumplir con los objetivos climáticos, es necesario que estas políticas ocupen el centro del debate. En los próximos años veremos cómo muchas de estas medidas se verán mejoradas e intensificadas, pero lo importante es no perder ni un segundo más, avanzar desde la cooperación y la búsqueda de soluciones transnacionales y transitar de forma decidida hacia un modelo energético más seguro, eficiente, asequible y sostenible.

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