El colapso anunciado del Mar Menor

En la mañana del pasado 11 de octubre quienes paseaban por la zona norte del Mar Menor contemplaron miles de ejemplares de peces, crustáceos y otros organismos muertos o moribundos en la orilla. Algunos peces se lanzaban hacia tierra, intentando escapar, inútilmente, de la muerte. En total, han sido cientos de miles de ejemplares muertos de muy diversas especies, incluyendo peces como doradas o anguilas, crustáceos como quisquillas o cangrejos y todo tipo de invertebrados. Nunca antes había pasado algo parecido.

Desde el Gobierno regional se transmitió el mensaje de que la culpa la ha tenido la Dana de septiembre, por la entrada de agua dulce que ha impedido la entrada de oxígeno a las aguas más profundas. Si bien es verdad que la Dana agravó la situación, no fue más que la gota que colmó el vaso. Este episodio de mortandad masiva fue provocado por la emergencia en superficie de una masa de aguas profundas, anóxica; y, sobre todo, con sustancias como sulfuros, tóxicos para la fauna, procedentes de la respiración anaerobia de las grandes cantidades de materia orgánica existente en los fondos, consecuencia todo ello de la aguda eutrofización que está sufriendo la laguna desde 2016.

Justamente el 4 de septiembre de este año, una semana antes de que tuviera lugar la Dana, un grupo de 15 investigadores (entre los cuales me encontraba) difundimos un comunicado de prensa en el que mostrábamos nuestro desacuerdo con la imagen falseada que se estaba transmitiendo a la opinión pública y que hablaba de un Mar Menor en recuperación, que estaba mejor que nunca y que todo estaba controlado. En dicho comunicado se decía que, muy al contrario, el color verde del agua que mostraba la laguna en agosto no se debía a problemas puntuales, sino que era consecuencia de la eutrofización que seguía sufriendo la laguna por exceso de nutrientes, cuyo principal origen son las actividades agrarias del Campo de Cartagena.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

La eutrofización del Mar Menor no ha ocurrido de forma imprevista o repentina. Durante las últimas dos décadas, ha fallado la Confederación Hidrográfica del Segura, incapaz de controlar los usos del agua, con pozos ilegales que duplican o triplican los legales. Ha fallado la Administración regional, competente en las políticas agrarias y ambientales, que durante todo este tiempo se ha mostrado muy cercana a los intereses del sector agrario, ha consentido la creación de nuevos perímetros de regadío, con miles de hectáreas ilegales, y se ha mostrado incapaz de reducir la aportación de fertilizantes y la exportación de nutrientes, pese a que desde 2001 el Campo de Cartagena está declarado como Zona Vulnerable a la Contaminación por Nitratos.

Estos fallos no pueden entenderse desde la ignorancia. Desde hace más de 20 años se venía alertando desde ámbitos científicos, y también desde grupos ecologistas y otras organizaciones ciudadanas, sobre las múltiples presiones urbanísticas, turísticas y agrícolas. Específicamente, se advirtió con múltiples estudios e informes del creciente peligro de eutrofización del Mar Menor debido a las ingentes cantidades de nutrientes procedentes, sobre todo, de los fertilizantes agrarios de un regadío en permanente expansión. Todas las advertencias fueron en vano.

La inacción y connivencia de la Administración regional con los sectores causantes del problema, en particular el regadío, desembocó en 2016 en una aguda crisis eutrófica, que transformó la laguna en una sopa verde, provocando la muerte del 85% de las praderas, lo que a su vez redujo el oxígeno y supuso la muerte de la mayoría de las comunidades de los fondos, afectando también a múltiples especies protegidas, desde los caballitos de mar a la nacra, un bivalvo gigante en peligro de extinción que tenía en el Mar Menor una de sus últimas poblaciones mundiales.

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En 2016 se consumaba, así, el colapso anunciado del Mar Menor, la mayor laguna costera del Mediterráneo Occidental y una singularidad internacional, por ser una de las pocas en este mar que en pleno siglo XXI seguía siendo todavía oligotrófica, con aguas transparentes (como atestiguan topónimos de su ribera como Mar de Cristal) y una biodiversidad muy singular. Por ello, el Mar Menor y sus humedales litorales tenían múltiples figuras de protección a nivel estatal e internacional, incluyendo Paisaje Protegido, área LIC, zona ZEPA, Humedal Ramsar de Importancia Internacional y Zona de Especial Importancia para el Mediterráneo. Nada de esto impidió la catástrofe.

Tras la crisis eutrófica de 2016, diversos investigadores señalaron que la recuperación ecológica de la laguna sería compleja y llevaría años, probablemente décadas, pero que tendría posibilidades siempre y cuando se diera un primer e imprescindible paso: acabar con la exportación de nutrientes desde la cuenca, para lo que era necesario un cambio drástico en el modelo productivo agrario. Sin embargo, de nuevo el Gobierno de la Región de Murcia prefirió minimizar la responsabilidad mayoritaria del sector agrario y siguió sin tomar medidas para reducir la contaminación en origen, centrando la atención en intentar mejorar la imagen del Mar Menor en los medios o planteando medidas cortoplacistas que podían ser incluso contraproducentes, como ensanchar las conexiones (golas) de la laguna con el mar Mediterráneo.

Era cuestión de tiempo otro episodio agudo. Éste se fue fraguando el pasado verano y estalló en octubre tras la Dana de septiembre, que agravó la situación pero no fue el factor causante del problema. De hecho, en el pasado hubo también lluvias torrenciales y grandes avenidas (por ejemplo, las de 1987 fueron más intensas que las de este septiembre de 2019), pero nunca dieron lugar a episodios de mortandad.

Los tremendos sucesos de octubre han hecho emerger –en sentido literal y figurado– ante la opinión pública estatal e internacional la verdadera situación de colapso ecológico que arrastra el Mar Menor, situación que permanecía oculta a las miradas en los fondos y capas profundas de la laguna. La recuperación ecológica será larga, compleja e imposible a corto plazo. Los responsables de una de las mayores catástrofes ecológicas de este país deben rendir cuentas por el irreparable daño causado.

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