El coronavirus como ensayo del cambio climático

Con el coronavirus, la naturaleza nos llama al orden. De forma poderosa, como un relámpago, inesperada. Y nos avisa. Esto es un ensayo general ante otra pandemia global que, según Naciones Unidas, es más mortal y peligrosa aún; una pandemia que, a cámara lenta, amenaza la supervivencia civilizada de nuestras sociedades, tan soberbias, industrializadas y tecnologizadas como frágiles, insostenibles e interdependientes. Así que usemos las enseñanzas de esta inmensa crisis sanitaria para atender a tiempo, y con la suficiente determinación, el mayor reto sanitario, económico y social del siglo XXI: el cambio climático.

¿Qué podemos aprender, pues, de los tiempos de excepción generados por el Covid-19

Primero, que las decisiones se tienen que tomar en función de las evidencias científicas. Ante el coronavirus, todos los países afectados, independientemente de su régimen político o ideológico, y tras una primera fase de negación, han tenido que admitir la realidad material y biológica de la crisis y ponerse por fin en los peores (pero a la vez más probables) escenarios. Pues bien, en el caso del cambio climático no existe hoy en día duda alguna, la comunidad científica es unánime: nos queda apenas una década para evitar los peores (pero también más probables) escenarios del calentamiento global. Y los compromisos actuales de reducción de gases por parte de los países, incluidos los de España y la Unión Europea, no permiten en absoluto cumplir con el Acuerdo climático de París. Actuar hoy alineándose con la Ciencia es la única alternativa realista y sensata para frenar la pandemia climática.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Segundo, la salud y la vida de las personas tienen que estar por encima de la economía, la producción y el consumo. No es éticamente asumible, como pretendía Boris Johnson en un principio, sacrificar vidas humanas para mantener viva la economía. Más bien al contrario, es necesario aplicar medidas drásticas a la altura del reto al que nos enfrentamos para salvar vidas y evitar un coste social, económico e institucional aún mayor en el futuro que nos acerque a posibilidades reales de colapso sistémico. La buena noticia es que, con el coronavirus, nos hemos dado cuenta de que es perfectamente factible. Es más, todo lo que parecía imposible hace unos días se ha vuelto posible hoy. Ayer inquebrantable, el consenso neoliberal hegemónico, tan dañino para la Sanidad pública que hoy, sin embargo, sustenta la respuesta a la crisis, ha sido hecho pedazos en tiempo récord por la emergencia sanitaria. Por el bien de millones de personas, hoy y mañana, hagamos que la emergencia climática marque a su vez el ocaso del ‘consenso del crecimiento económico’, incompatible con la defensa del clima.

Y es que en estos momentos de crisis, el coronavirus desnuda con total crudeza las contradicciones de la economía del crecimiento. Con el parón de producción, consumo y desplazamientos laborales y de ocio debido al Covid-19, nunca se había visto el agua de Venecia tan limpia y llena de vida, nunca se ha respirado un aire tan puro en las grandes urbes españolas, ni se ha producido un descenso tan acusado de los gases de ‘efecto invernadero’… a la par que se asoma una recesión y una descomunal pérdida de empresas y de empleo. Es el dilema del crecimiento: en tiempos de bonanza, la economía del crecimiento mantiene una maquinaria económica y laboral, pero destruye a la vez las bases materiales de la vida. Una maquinaria que, en tiempos de recesión, aboca al paro y al cierre masivo de de empresas dando, sin embargo, un respiro a nuestra salud y al clima.

La economía del crecimiento no es capaz de combinar bienestar y sostenibilidad. Por eso, en cuanto toque la reconstrucción de España y Europa tras el paso del coronavirus, hagámoslo sobre nuevas bases sociales y ecológicas, construyendo una economía post-crecimiento que satisfaga las necesidades de la ciudadanía respetando los límites ecológicos del planeta.

Tercero, es preciso asumir y explicar que esta (re)construcción social y ecológica post-emergencias no es un camino de rosas. Si bien abre horizontes prometedores, la transición ecológica, tampoco. Son transformaciones estructurales y profundas que implican modificar sustancialmente nuestro modelo económico y nuestro estilo de vida. Lo estamos viviendo en carne propia con el coronavirus. Pasará lo mismo con la transición ecológica hacia un mundo descarbonizado. Por ejemplo, disminuirán los empleos en los sectores marrones e insostenibles, muy intensivos en CO2 (sector petrolero, turismo de masas, sector automovilístico y aéreo, agroindustria, etc.). Al mismo tiempo, y es la parte positiva, aumentará la actividad y el empleo en los sectores verdes y limpios (energías renovables, turismo y movilidad sostenibles, agroecología, etc.). Así que mejor preparémonos ya. Veamos en esta crisis actual un punto de inflexión y una oportunidad para repensar nuestro modelo de producción y consumo, y planificar la transición ecológica

Cuarto, los cambios profundos, aun más en tiempo de crisis, sólo son aceptados si se realizan desde conceptos de justicia y atienden prioritariamente a las personas más afectadas, vulnerables o desfavorecidas. Con la crisis del coronavirus, tanto a nivel europeo como español, estamos viendo la importancia del apoyo público a las personas trabajadoras, a las pymes y autónomos, así como a las familias para el cuidado de hijos y a las personas en riesgo de exclusión social o de pobreza; algo fundamental, además, para la aceptación ciudadana de las medidas implementadas y para mantener la paz social.

De la misma manera, la transición ecológica, que supondrá cambios tan o más profundos que los actuales, sólo será aceptada si atendemos y acompañamos a los sectores y personas más perjudicadas por la llegada de un mundo nuevo, y si más contribuyen al esfuerzo económico y solidario las personas que más poseen. Dicho de otra manera, la transición será justa o no será.

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Quinto, se necesita responsabilidad política y civil y sentido de comunidad. En una situación de emergencia como la actual, la competición debe dejar espacio para la cooperación, ya sea institucional, política o social. Se necesita, además, un liderazgo político fuerte para explicar las verdades incómodas, asumir decisiones complejas y transmitir un horizonte realista y esperanzador hacia dónde dirigirnos. También hay que seguir creando redes y lazos de solidaridad, de apoyo y cuidado mutuos. Cuanto más sentimos que pertenecemos a una comunidad, que puede ser multidimensional desde lo local a lo global, más fuertes seremos para enfrentarnos a las transformaciones requeridas, para inventar de forma colectiva nuevos estilos de vida sostenibles (para comer, vestirnos, movernos, viajar, etc.) y para repartir de forma justa y proporcionada el peso y coste de dicho cambio entre todos los miembros de la sociedad. 

Sin duda, la crisis del coronavirus comporta profundos riesgos y consecuencias negativas. Pero, al mismo tiempo, abre también una oportunidad sin precedentes. Como decía Séneca: «La adversidad es ocasión de virtud». Con todo lo aprendido, aprovechémosla y demos la misma importancia a la emergencia climática que a la emergencia sanitaria. Y (re)construyamos nuestra sociedad sobre la  base de un nuevo paradigma con sentido social y ecológico.

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