El coronavirus y las nuevas fisuras políticas de Europa

Cuando los gobiernos europeos impusieron cierres de emergencia (lockdowns) para detener la propagación del nuevo coronavirus, en la mayoría de los casos los partidos de la oposición brindaron un apoyo relativo. La gravedad de la situación y la velocidad del contagio templaron la rivalidad política normal. El consenso no era absoluto y, en algunos países, incluso era más bien frágil; sin embargo, en el período más agudo de la pandemia la política al uso pasó, en general, a un segundo plano.

A medida que los gobiernos comienzan a aflojar el confinamiento, las divisiones políticas vuelven a escena. Éstas se centran en la velocidad y el alcance adecuados de la desescalada y en los paquetes de recuperación económica. Hasta cierto punto, este cambio plantea la saludable perspectiva de que resurja un debate abierto y pluralista, en el que las fuerzas de la oposición presionen a los gobiernos para que señalen que los derechos democráticos deben restablecerse plenamente lo antes posible.

Sin embargo, también hay aspectos preocupantes y menos benignos en los nuevos debates sobre el restablecimiento de la democracia. Los partidos de extrema derecha encabezan la carga contra los gobiernos, adoptando una narrativa de la democracia que es oportunista y que se adapta mal a las identidades antiliberales de estos partidos. Aunque en menor grado, algunos de los principales partidos conservadores de la oposición también están instrumentalizando un discurso sobre la democracia y llevando a cabo una política irresponsable en relación con la pandemia.

La mayoría de las fuerzas progresistas ha dado hasta ahora prioridad a los aspectos económicos de la recuperación posterior al virus y corren el riesgo de perder el control de la narrativa democrática. Es muy necesario centrarse en la restauración de los derechos democráticos en toda Europa, pero hay que avanzar con sensatez y no politizarse de forma indebida.

Reclamaciones desde la derecha

Una característica notable de los debates sobre el levantamiento del cierre de emergencia es la forma en que numerosos partidos de derechas están adoptando una narrativa de restauración de la democracia. En algunos lugares, la preocupación por el retorno de los derechos democráticos plenos está presente en todo el espectro político, pero varios de estos partidos han asumido esta responsabilidad con particular fervor. Entre ellos se encuentran tanto los principales partidos conservadores de la oposición como los de la extrema derecha.

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La frustración se está empezando a desbordar en las tensas protestas callejeras. En Francia, Alemania, Polonia y España los manifestantes han presionado para que se levanten los lockdowns y se eliminen las disposiciones sobre el estado de alarma. En Francia, algunos representantes de la línea dura de los chalecos amarillos, un movimiento de protesta de base, han reaparecido en las calles. Estas concentraciones son en su mayoría pequeñas y algo improvisadas. A menudo hacen caso omiso de las normas de distanciamiento físico y han sido condenadas rotundamente como un riesgo para la salud pública.

En varios casos, los informes han sugerido que algunos partidos políticos de extrema derecha han estado vagamente vinculados a las protestas o han tratado de aprovecharse de ellas. Aun cuando niegan su participación, han rehusado, en general, a condenar inequívocamente las acciones de los manifestantes. Muchas de esas protestas han adquirido, incluso, un carácter nacionalista de derechas.

Por lo que respecta a la política partidaria, está surgiendo una tendencia paralela. En Alemania, Alternativa para Alemania (AfD), de extrema derecha, ha clamado por que se levanten cuanto antes las restricciones a los derechos cívicos. En Italia, el líder del partido de extrema derecha Lega, Matteo Salvini, ha recurrido a varias estratagemas y protestas de alto perfil –incluyendo la ocupación del Parlamento del país– para presionar por «el restablecimiento de las plenas libertades». En los Países Bajos, el Partido para la Libertad (PVV) y el Foro para la Democracia, de derechas, han sido los que más han presionado para que se relajen oportunamente las restricciones políticas. El líder del PVV, Geert Wilders, se ha adherido a una línea dura, criticando la estrategia del Gobierno respecto del coronavirus por no proteger las libertades individuales.

En Austria, el derechista Partido de la Libertad ha acusado al Gobierno de sobrepasar ciertos límites con las restricciones relacionadas con el coronavirus, y de socavar la Constitución del país y los derechos de los ciudadanos al promover las aplicaciones que rastrean los contactos de las personas infectadas y la demanda a los ciudadanos para que cumplan las normas de distanciamiento físico en sus espacios privados. El partido español de extrema derecha Vox también ha adoptado una postura beligerante: este partido antiliberal-autoritario ha vinculado de forma torpe un discurso democrático a un objetivo expreso de derrocar al Gobierno español liderado por los socialistas.

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La división política que ha surgido no incluye sólo a la extrema derecha; en algunos países, los principales partidos conservadores que están en la oposición muestran posiciones similares. En Francia, la presión más explícita para que se levanten rápidamente las restricciones ha venido de la principal oposición conservadora, Los Republicanos (LR). Sus líderes se han quejado del estilo verticalista del presidente francés, Emmanuel Macron, y han insistido en que se debe restablecer, más pronto que tarde, una rendición de cuentas democrática totalmente abierta. Asimismo, los miembros de LR han expresado serias preocupaciones acerca de las implicaciones sobre los derechos de la aplicación de rastreo de contactos gubernamental.

En España, el Partido Popular ha adoptado una postura más radical y dura. Dejó de apoyar las peticiones del Gobierno socialista en el Parlamento español para prorrogar el estado de alarma decretado el 14 de marzo. El partido ha argumentado que sus disposiciones restrictivas ya no son necesarias para aplicar las medidas relacionadas con el coronavirus a medida que España sale de su encierro, y que el Gobierno se aferra a los poderes ejecutivos simplemente para eludir la responsabilidad democrática.

Las tendencias de la derecha no son uniformes. No todos los partidos de extrema derecha están llevando la narrativa de la democracia al mismo nivel. En Bélgica, la Nueva Alianza Flamenca, de carácter nacionalista flamenco, ha utilizado los planes de desescalada del Gobierno principalmente para argumentar que refuerzan el caso de la secesión del norte de habla holandesa del país. Esto ha tornado aún más precaria la posición de la primera ministra belga interina, Sophie Wilmès, ya que la salida del encierro parece destinada a impulsar más problemas de gobernabilidad que a fomentar una democracia de reparto de poder más fluida. En Francia, la Agrupación Nacional (el antiguo Frente Nacional) se ha centrado principalmente en los fallos del Gobierno en el suministro de equipos de protección personal y kits de prueba, y ha criticado el apoyo de Macron a las medidas de rescate de la Unión Europea.

La presión concentrada de la derecha plantea cuestiones difíciles para la democracia. Las acusaciones de extralimitación del Ejecutivo ciertamente contienen alguna verdad para ellos. Sin embargo, al suscitar divisiones irreconciliables sobre las medidas sanitarias adoptadas contra el coronavirus, su hostilidad combativa hacia los titulares del Ejecutivo politizará inútilmente el proceso de restauración de la democracia. El riesgo que se plantea es que los debates sobre la democracia queden atrapados en una dinámica política peligrosamente divisiva.

Desde el comienzo de la pandemia, el principal foco de atención de los preocupados por la cuestión democrática ha sido la perspectiva de que los gobiernos se aferren a medidas de emergencia para obtener poder político en pos de sus propios intereses. Sin embargo, un riesgo muy diferente es que el impulso para la restauración democrática proceda de una forma que alimente una política antisistema riesgosamente polarizada.

Hay una fuerte dosis de oportunismo en la forma en que muchos partidos están desplegando la narrativa del restablecimiento de las libertades civiles. Los de extrema derecha, en general, han perdido apoyo durante la pandemia. Su enfoque es una línea que pueden utilizar para poner a los gobiernos a la defensiva sin parecer desleales con los esfuerzos de la política sanitaria. Esta táctica les permite volver al debate político, ya que muchas de sus posiciones populistas habituales parecían discordar con el espíritu de cooperación positivo, basado en la evidencia y la sensatez, que se necesitaba cuando el coronavirus atacó por primera vez.

Los movimientos de derechas –tanto los extremos como, en algunos casos, los principales partidos conservadores– han utilizado líneas de ataque claramente incompatibles. En algunos países, su posición es que la situación sanitaria ha mejorado lo suficiente como para que los gobiernos aflojen las leyes restrictivas. En otros lugares, reprenden principalmente a los ejecutivos porque la situación sigue siendo muy grave. A veces, el mismo grupo utiliza ambas posiciones a la vez, de forma totalmente incoherente. Ciertamente, resulta contradictorio que algunas de las demandas más vociferantes, incluso agresivas, para que se restablezcan los derechos democráticos procedan de los mismos elementos de extrema derecha que en los últimos años han hecho avanzar los programas políticamente antiliberales en toda Europa.

¿Terreno progresista?

En general, los partidos de izquierda han planteado preocupaciones por los derechos, pero han puesto mayor énfasis en los aspectos económicos de la recuperación post-virus. Han presionado más por la intervención económica y la redistribución que por una rápida recuperación de los derechos políticos liberales. Esto podría reflejar una lectura apropiada de las prioridades más urgentes de hoy en día. No obstante, estas opciones políticas significan que las fuerzas progresistas corren el riesgo de ceder la narrativa de la restauración democrática a las agresivas fuerzas de la derecha. Con este enfoque, se corre el riesgo de dar la impresión –ya sea justamente o no– de que la izquierda puede estar nerviosa por el escrutinio y la rendición de cuentas que se ejerce sobre los grandes fondos de recuperación económica.

En Francia, el Partido Socialista ha criticado lo que considera un desprecio de Macron por la independencia judicial, pero se ha centrado principalmente en la defensa de medidas de apoyo económico más fuertes y en protecciones sociales más sólidas para los más vulnerables. El partido alemán La Izquierda ha estado en el otro extremo del espectro de la AfD, expresando su preocupación por que el Gobierno está saliendo del encierro demasiado rápido y pidiendo, en su lugar, más intervención económica y apoyo para los sectores más afectados de la población.

El Partido Laborista del Reino Unido ha aumentado gradualmente sus críticas a la manifiesta mala gestión de la crisis por parte del Gobierno conservador, pero no ha priorizado el ataque a la ley altamente restrictiva que ha empoderado el control del Ejecutivo. Los políticos laboristas trataron de insertar revisiones regulares de las medidas de cierre en la legislación implementada por el Gobierno respecto del coronavirus, al tiempo que apoyaban ampliamente la legislación en sí.

Con la tasa de mortalidad británica por Covid-19 alarmantemente alta, el principal objetivo de los laboristas hasta ahora ha sido llamar la atención al Gobierno por su mala gestión de la crisis. El partido ha sido cauteloso en la búsqueda de una liberación del cierre y ha pedido, sobre todo, más transparencia gubernamental. Éste es un enfoque un tanto discreto y sesgado de las restricciones democráticas.

Los socialdemócratas austriacos han expresado su preocupación por el Estado de Derecho y lo que ven como «comportamiento autoritario» del Gobierno. Sin embargo, al igual que otros partidos de centro-izquierda, su principal preocupación ha sido impulsar una mayor intervención y redistribución económica.

Los partidos de la oposición de izquierda holandesa, como la Izquierda Verde, el Partido Laborista (PvdA) y el Partido Socialista, se han centrado principalmente en los despidos y han desafiado la claridad de la estrategia del Gobierno para mantener el virus bajo control. El PvdA ha hecho hincapié en la importancia de devolver plenamente los derechos democráticos, pero no ha presionado tanto en esta línea como para desestabilizar los planes de rescate. Uno de los socios del Ejecutivo, el partido centrista D66, se ha alejado de la coalición, debido principalmente a diferencias sobre cuestiones de la UE, como el fondo de recuperación post-coronavirus propuesto por la Comisión Europea.

Una vez más, los patrones políticos no son completamente homogéneos. En Suecia, los debates políticos están curiosamente invertidos. Los demócratas de derecha han criticado al Gobierno liderado por los socialdemócratas por no responder con suficiente rigor al coronavirus. El Ejecutivo ha tenido que defender su reticencia a imponer medidas más restrictivas, ya que el número de muertos ha subido por encima de las de sus vecinos nórdicos. El Partido Popular Danés ha sido cauteloso con la desescalada del Gobierno de centro-izquierda, aprovechando la crisis para pedir que las fronteras de Dinamarca permanezcan cerradas.

Mientras tanto, en Polonia la oposición de izquierdas ha presionado para que se suavicen las condiciones de emergencia en las que la administración del partido de extrema derecha Derecho y Justicia intentó, sin éxito, celebrar elecciones presidenciales el 10 de mayo e impulsar la legislación para frenar el aborto y la educación sexual. Y en Grecia, la oposición de izquierdas de Syriza se quejó de que el Gobierno de centro-derecha de Nueva Democracia estaba demasiado interesado en «normalizar el estado de emergencia», pero en general ha apoyado la respuesta relativamente eficaz del país.

Estos ejemplos muestran que las divisiones entre la izquierda y la derecha se desdibujan por las existentes entre Gobierno y oposición y las características específicas de los contextos nacionales.

Una nueva política de la democracia

El espíritu de consenso de la emergencia del coronavirus no se está fracturando completamente. Sin embargo, las diferencias y tensiones políticas más agudas están empezando a resurgir. Algunas de ellas tienen que ver con el momento y los detalles prácticos del levantamiento de los cierres, pero otras giran en torno a la recuperación de los derechos democráticos.

Los partidos de la oposición están empezando a presionar a los gobiernos para que renuncien a las medidas de emergencia restrictivas. Esto refleja en parte una división entre el Ejecutivo y la oposición que, en cierta medida, trasciende la ideología política, pero también están surgiendo elementos de una división entre la izquierda y la derecha. Parece que se está desarrollando un cuadro difícil e incómodo en el que los que asumen la causa del restablecimiento de las normas democráticas son grupos de extrema derecha. Esta división se ve desdibujada por todo tipo de variaciones específicas de cada Estado europeo; sin embargo, parece que se va a alimentar en una reelaborada rivalidad izquierda-derecha después de la pandemia.

Esta situación podría resultar profundamente inquietante para las perspectivas de un suave retorno a los procesos democráticos plenos en toda Europa. Las posturas de los actores de derechas en cuanto al restablecimiento de la democracia son muy oportunistas, relativamente superficiales y no completamente coherentes. En menor medida, los mismos rasgos deterioran también al menos a algunas de las principales posiciones de la oposición conservadora.

Estas tendencias podrían convertirse en una grave deficiencia si las fuerzas políticas dominantes (y, especialmente, las progresistas) no hacen un esfuerzo más rápido para tomar el control de la narrativa de la democracia de los nefastos oportunistas antiliberales. Esto es aplicable tanto a los gobiernos como a las fuerzas progresistas ajenas a los ejecutivos. Si los ejecutivos en cuestión no abordan las líneas de ataque que les afectan relacionadas con la democracia, podrían permitir que los populistas de derechas volvieran a la contienda política.

Hasta ahora, la principal preocupación sobre la democracia durante la pandemia del coronavirus ha sido que los gobiernos europeos se vean tentados de conservar los poderes ejecutivos extraordinarios que han asumido para gestionar el virus. Ahora está surgiendo una cuestión paralela que va en una dirección muy diferente: la presión para restaurar la democracia puede estar impulsando una política depredadora y polarizada.

Trazar un rumbo entre estos riesgos encontrados requerirá de un delicado equilibrio. Los políticos democráticos tendrán que trazar una estrategia más clara sobre cómo un cuidadoso restablecimiento de la democracia puede ayudar a las sociedades a gestionar con responsabilidad la larga lista de desafíos del coronavirus.

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