El despertar de España en Europa pasa por la Eurocámara

Desde fuera, se observa a España con expectación ante las elecciones europeas de este domingo. Una mirada por el continente nos da algunas pistas. Salvini ha sido coronado en Milán como emperador de un antieuropeísmo ultra con el viento a favor. Reino Unido está atrapado en un surrealista me marcho pero me quedo. Polonia empuja sus intereses nacionales con fuerza, pero no le interesa relanzar el proyecto europeo. La política austriaca hace aguas porque la corrupción del partido de extrema derecha FPÖ, socio de gobierno, ha estallado en las manos del canciller Sebastian Kurz, la esperanza del centro-derecha europeo. La lista es más larga y muy deprimente.

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¿Y España? Nunca tuvo enfrente un camino más propicio para influir en Europa, hacer valer sus intereses y contribuir a la reanimación de un proyecto europeo que se ha acostumbrado a vivir al límite.

España ha sido un país europeísta desde su entrada al club en 1986. Europa y consolidación democrática han ido de la mano. No es extraño que, desde hace décadas, el consenso español haya sido más Europa, pero sí es significativo que en los últimos años, a pesar de la grave crisis económica y social y de la presión migratoria, nuestro país no haya puesto en duda que los mejores intereses de España pasan por una Europa unida y fuerte. Ni siquiera la emergencia de Vox – hasta ahora menor – ha desbaratado este planteamiento.

Para los electores europeos, las elecciones al Parlamento Europeo han sido tradicionalmente consideradas unas elecciones de segundo orden. La participación es mas baja en comparación con las elecciones nacionales, los votantes suelen aprovechar su voto para castigar al gobierno nacional y se sienten más seducidos para votar a partidos pequeños y radicales. Dicho esto, tampoco ha habido tradicionalmente mucho interés ciudadano por los asuntos europeos ni los políticos se han esforzado por fomentarlo (incluso han sido especialistas en culpar de sus males a Europa y se han colgado descaradamente las medallas de Bruselas). La Eurocámara también ha sido caricaturizada como una débil jaula de oro a la que acuden los políticos nacionales que pierden el foco.

Todo esto está cambiando notablemente: los últimos diez años de estado de crisis múltiple – monetaria, económica, migración, y de cohesión (Brexit) – han situado a la política europea en un primer plano y la Eurocámara es cada vez más conocida, aunque el camino por recorrer sea todavía largo. Además, su poder ha aumentado gracias a las competencias que le atribuyó el Tratado de Lisboa y el alto perfil público que sus dos últimos presidentes, Martin Schulz y Antonio Tajani, se han encargado de construir.

En un trabajo reciente publicado con el Real Instituto Elcano[, hemos analizado el peso de los españoles en la Eurocámara desde 1986, comparándolo con el de alemanes, italianos, franceses y británicos. Los resultados muestran a España en un plano medio, destacando en algunas áreas y con mucho potencial de mejora en otras. La percepción que hemos obtenido en reuniones periódicas con actores españoles en Bruselas (partidos políticos, diplomáticos, empresarios, corresponsales, etc.) es que no hay una verdadera estrategia española en la UE para ganar peso, sino más bien una conjunción de esfuerzos improvisados cuando hay que apagar un fuego, como ocurrió con la crisis catalana.

La delegación española en el Parlamento Europeo es una de las más grandes, la quinta para ser exactos. España cuenta con 54 eurodiputados, menos de los que le correspondería en relación a sus 46 millones de habitantes. Los 82 millones de alemanes eligen a 96 representantes y los 66 millones de franceses a 74. El Reino Unido e Italia tienen 73 eurodiputados. Con el Brexit y la salida de los eurodiputados británicos (si al final sucediera) se puede corregir levemente la infrarrepresentación española al asignar a este país cinco representantes más (de 54 a 59). En cualquier caso, lo mas importante no es el numero de escaños sino el papel que juegan en la Eurocámara.

Según la macro-encuesta de Politico, los partidos españoles tendrán un mayor peso en sus grupos políticos. El PSOE, Unidas Podemos y Ciudadanos van a tener delegaciones grandes en sus grupos políticos correspondientes (S&D, GUE/NGL y ADLE & En Marche). Incluso podrían acabar como primeras o segundas fuerzas dentro de sus grupos. Aunque los resultados del PP parece que no serán tan buenos, su delegación podría tener un papel destacado en el Grupo Popular gracias, entre otras cosas, al trabajo de los últimos cinco años de Esteban González Pons, bien situado para sustituir al alemán Manfred Weber si éste dejara el puesto.

Este mayor peso relativo en los distintos grupos políticos – una pieza clave del trabajo de la Eurocámara – es una oportunidad para aumentar la influencia española. Los eurodiputados españoles pueden aspirar a liderar sus respectivos grupos, buscar apoyos para alcanzar otros puestos clave, como la presidencia de la Eurocámara, las vicepresidencias y presidencias de comisiones, así como pujar por ser elegidos ponentes de los dosieres más importantes.

En todo caso, de poco sirve el poder, los puestos, si no se sabe qué hacer con ellos. Urge una reflexión interpartidista sobre la oportunidad europea para España que debe desembocar en una verdadera estrategia. El proceso debe incluir un diálogo entre los actores españoles en Bruselas y en Madrid. Hasta ahora faltaba este demos Español en el ámbito Europeo. Los países de mucho peso en Europa (como Alemania o el Reino Unido según los estudios) tienen sus estrategias y objetivos muy claros y sus actores relevantes muy conectados. Los resultados merecerán la pena. El despertar de España en Europa debe pasar por la Eurocámara.

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