El dilema de los liberales europeos: es más lo que nos separa

Puede que hace unos años la política fuera, como decía alguno, poco más que el show business de los feos. Lejos quedan ya los tiempos de las gafas de culo de vaso y las barbas descuidadas. Las nuevas generaciones de políticos europeos están muy lejos de ser los feos de la clase, con su trabajada imagen y sus cuidadas redes sociales. Pero siguen siendo unos maestros del show. Y el show, como todos sabemos, debe continuar.

La política europea ha sufrido una transformación importante en los últimos años. El auge de los populismos y la llamada cultura del ‘hombre fuerte’ ha puesto a los partidos centristas o liberales en una situación curiosa, casi irónica: para poder hacer frente a ambas tendencias, estos partidos, tradicionalmente alérgicos a estrategias personalistas, han tenido que desarrollar su propia cultura del liderazgo, dependiendo en muchos casos de figuras carismáticas. Líder y partido se confunden frecuentemente. A veces, el partido ni siquiera existiría sin el líder. Emmanuel Macron es el exponente más claro de esta nueva dinámica.

Macron ganó las elecciones presidenciales francesas con una campaña claramente europeísta y es, para muchos, la última gran esperanza de una Unión acosada por los problemas. Por eso, todo lo que Macron haga o diga de cara a las elecciones europeas de mayo importa, y mucho. Su táctica para revolucionar la política europea pasa por negarse a formar parte de ningún grupo establecido en el Parlamento Europeo; apoyar la presentación de un equipo liberal en lugar de un solo candidato para presidir la próxima Comisión Europea; y abrirse a pactar con fuerzas moderadas y europeístas, sean del color que sean (incluido un Sánchez demonizado por Rivera).  

Este baile de personalidades e intrigas (¿pactará Macron con Sánchez? ¿Son ciertos los rumores que apuntan a una mala relación entre Verhofstadt, el líder de Alde, el grupo de los liberales en el Parlamento Europeo, y Macron? ¿Qué piensan los socios europeos de Albert Rivera de su pacto andaluz con Vox?) están muy bien para el show. Los protagonistas dan bien en cámara, y mantienen al personal entretenido en los largos impasses del Brexit. Pero los liberales tienen un problema. Un problema que además, tiene mucho que ver con el futuro de Europa.

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Los liberales europeos parecen tener mucho más claro lo que no quieren (nacionalismos y populismos de todo signo) que lo que quieren. O mejor, saben perfectamente lo que quieren, pero lo que quieren no siempre coincide con lo que quiere el vecino de al lado. Por ejemplo, las políticas económicas: las ideas para una eurozona más redistributiva de Macron chocan frontalmente con las políticas de contención monetaria de los miembros de la llamada Nueva Liga Hanseática, entre los cuales hay varios gobiernos liberales y potenciales socios de Macron en las europeas, como el partido del primer ministro holandés Mark Rutte o los liberales daneses. O las ideas sobre qué rumbo debiera tomar la Unión Europea en un futuro: del quiero unos Estados Unidos de Europa de Rivera al menos es más de Rutte.

Nuestra investigación demuestra que, dándole la vuelta al famoso eslogan, es más lo que separa a los liberales europeos que lo que les une. Ciudadanos es un fiel defensor de la importancia del comercio internacional y los mercados globales y estaba a favor del difunto tratado de comercio UE-EE.UU. (TTIP). Macron es mucho más proteccionista, insistiendo en la necesidad de proteger a los trabajadores europeos (franceses) en un ambiente global de guerras comerciales entre China, Europa y Estados Unidos. Los liberales alemanes, holandeses y daneses son mucho menos integracionistas en políticas de seguridad y defensa de lo que lo son Macron y Ciudadanos. Todos ellos tienen un enfoque diferente sobre la relación entre identidad nacional e identidad europea: mientras algunos partidos liberales tratan de fomentar una identidad nacional más fuerte en sus respectivos países, a otros les preocupa que ese énfasis no case del todo bien con el tradicional cosmopolitismo liberal.

Quizás lo más problemático no sea la diferencia de ideas, sino la falta planes revolucionarios para reformar Europa. En septiembre del año pasado, los miembros de la nueva internacional liberal publicaron una carta abierta diciendo que querían «reinventar Europa». La misiva la firmaban figuras claves de la política europea presente y pasada, como Matteo Renzi, el primer ministro maltés Joseph Muscat o el propio Verhofstadt, además de Rivera y figuras clave de los partidos de Macron y el belga Michel.

En marzo, Macron tomó el relevo publicando una tribuna en varios periódicos europeos apelando a un «renacimiento europeo«. A pesar de su espectacularidad, ninguno de los dos manifiestos proponían ideas particularmente novedosas para cambiar Europa. Los planes de Macron incluyen sugerencias relativamente innovadoras, como un Consejo de Seguridad Interna, pero difícilmente realizables.

Puede que los partidos liberales acaben transformando Europa. Pero les va a costar mucho convencer al electorado de que son la verdadera alternativa al populismo. Para reinventar Europa, no es suficiente con que obtengan más votos que los populistas. Una reforma profunda del proyecto europeo pasa inevitablemente por cambiar la forma de hacer política en Bruselas y Estrasburgo. En Marche y Ciudadanos comenzaron su andadura política a pie de calle, haciendo eso que luego el populismo copió tan bien: conectar al ciudadano con las instituciones de una forma directa, sin ambages. Esta forma de hacer política se ha perdido entre alianzas y baile de fichas. Es posible que los liberales sean, como ellos mismos dicen, el buen europeo. Pero ser el bueno no siempre es suficiente. Sobre todo cuando uno se enfrenta al feo y al malo.

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