El discurso que (se nos) viene

Recién convocadas las elecciones generales para el 28 de abril, es fácil prever algunos rasgos de los discursos que van a inundar la esfera pública.

No es ninguna novedad afirmar que nuestras sociedades manejan un discurso político empobrecido, simple, sometido a los reduccionismos que imponen múltiples factores externos, como el perenne ciclo informativo mediático o las dinámicas de la comunicación tecnologizada. Pero junto a estas restricciones, hay otras que obedecen a la propia intención comunicativa de los equipos de comunicación de partidos y líderes. Y posiblemente, la más evidente de ellas sea la que eclipsa los aspectos argumentativos e ideológicos, estrictamente políticos (el logos aristotélico del discurso), y cede visibilidad a los elementos emocionales (pathos) y personalistas (ethos) de los mensajes; sazonados, en la medida de lo posible, con notas de sensacionalismo.

Una simple cata nos ofrece múltiples ejemplos:  «Es un zombi» (Pablo Casado respecto a Pedro Sánchez, 12/2/19), «Uno está en la cárcel y el otro está por ahí dándose comilonas y subiéndolas a Twitter» (Mónica Oltra respecto a Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, 10/02/19), «[Son] congénitamente desleales y son congénitamente mentirosos» (Javier Lambán respecto a los independentistas catalanes, 7/2/19), «El mitin infecto del Marqués del Falcon» (Rafael Hernando refiriéndose a la comparecencia del presidente Pedro Sánchez, 15/2/19).

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Como puede verse en estos simples ejemplos, la sacudida emocional se consigue la mayor parte de las veces provocando algún tipo de hipérbole, exagerando la calificación y separando así el discurso de la estricta realidad política. Se trata de hipérboles que apelan a los prejuicios, filias y fobias del receptor, desplazando el discurso desde el ámbito racional al no racional y boicoteando, por lo tanto, cualquier posibilidad de diálogo.

De ahí que sea la apelación a lo emocional uno de los rasgos más señalados al describir las retóricas populistas que, en mayor o menor medida, utilizan hoy todos nuestros líderes, y que sin duda van a llenar los mítines, las redes y los medios de comunicación en la inminente campaña.

Efectivamente, se construye una retórica de predominio pasional que se centra en el destinatario del mensaje e intenta captar su atención y su adhesión por atajos sentimentales. Esta sentimentalización puede apuntar, ocasionalmente, a aspectos psicológicos positivos —y esto es así tanto en los discursos de sonrisas, arcoíris y corazones, como en los de banderas e himnos coreados al unísono—, pero obtiene más rentabilidad persuasiva, es decir, electoral, cuando elige emociones de expresividad negativa: amenazas, catástrofes, y en general, una retórica que activa posiciones dramáticas en el electorado, recurriendo al miedo y a la descalificación del oponente. Se conjuga para ello la hipérbole (significados exagerados) con el sarcasmo (significados que se saben falsos pero que, a diferencia de la ironía, se presentan como verdaderos).

Si consideramos qué sentimientos son los que se activan en cada tipo de discurso, en los últimos años destaca especialmente el modo en que la derecha instrumentaliza el ‘discurso normativo sentimental’. Con este concepto, utilizado por la socióloga Arlie R. Hochschild (2016) en su libro sobre el Tea-Party —‘Extraños en su propia tierra’, Capitán Swing, 2018, nos referimos al discurso sobre «lo que es correcto sentir» de acuerdo a los valores compartidos en una sociedad.

En cierto modo, podríamos decir que estas posiciones dan permiso al receptor para que vaya en contra de los valores moralmente aceptados por las sociedades democráticas desde las últimas décadas del siglo XX, y para que tenga sentimientos «a la contra». Esto se logra, en parte, gracias a una inversión retórica que consigue presentar las tendencias censoras, excluyentes, insultantes y agresivas como si fueran libertad de expresión, o progreso, o patriotismo.

No es casual que el ex-asesor de la alt-right estadounidense, Steve Bannon, animara a la gente en los mítines que dio en Francia en la primavera pasada, a que se mostrara orgullosa de ser llamada ‘racista’ o ‘xenófoba’: «Llevadlo como una banda de honor», les dijo literalmente, frase luego copiada por sus seguidores en España. Parece previsible que la próxima campaña nos ofrezca una competición en esta ‘desinhibición retórica’, a la que la derecha se ha apuntado rápidamente, despreciando los efectos normalizadores que tienen ciertos exabruptos cuando son dichos por personas que ocupan cargos de responsabilidad.

En segundo lugar, esta dimensión patética y emocional se retroalimenta con una dimensión centrada en el ethos, esto es, el respeto que nos merece cada hablante. Efectivamente, si el pathos focaliza al receptor de los mensajes y busca la empatía, el ethos prioriza la figura del emisor, poniendo en juego el valor de su credibilidad, su ascendiente moral, su estatus o su reputación. No en vano, todos los ejemplos aducidos corresponden a líderes hablando de otros líderes, con actitudes exhibicionistas que pretenden colarnos ‘zascas’ falaces como argumentos. Se explica así otro de los grandes rasgos característicos de nuestro discurso político: el personalismo. Un personalismo, hay que decirlo, cuya responsabilidad no cabe atribuir exclusivamente a los propios líderes, como si el asunto se redujera a una cuestión de egos prepotentes y personalidades alfa.

El personalismo, que se resume magníficamente en la frase de Manuel Castells de que «el mensaje es el propio político» es alimentado por todas las instancias que participan en la voz pública, muy especialmente por los propios partidos políticos y por los medios de comunicación.

Estos últimos llevan décadas avivando una narrativización de la política que, obviamente, se construye a base de unos protagonistas que provocan o padecen ciertos conflictos, pues ésa es la estructura mínima de un relato. Se potencian las visiones narrativas y el manido storytelling, en detrimento de los elementos argumentativos que parecería exigir la defensa de unas u otras opciones políticas. Y de nuevo, priorizar una u otra opción supone inevitablemente enmascarar la otra, porque cada una de ellas cumple su función; discursiva, pero también mental.

El psicólogo cognitivista Jerome S. Bruner asimila, de hecho, la narración y la argumentación, que son los dos tipos fundamentales de texto, a dos modelos específicos de pensamiento, lo que significa que, dado un conjunto de estímulos, los seres humanos los percibimos adecuándolos a uno de esos dos tipos básicos de esquemas mentales: el relato y el argumento. La preferencia por el relato, por acomodar la realidad percibida a una estructura narrativa, es tanto individual como cultural.

La ventaja persuasiva que se obtiene extremando los aspectos pasionales y personalistas del discurso y, por tanto, su narrativización, permite esquivar la complejidad argumental del logos político, que no sólo nos exige más esfuerzo cognitivo —pues toda argumentación obliga a sostener un discurso doble, el de la tesis y el de la refutación— sino también, ¡ay!, más tiempo. Un tiempo que parece ser incompatible con los ritmos acelerados que nos imponen los flujos comunicativos en la esfera pública: la emoción es más directa que la idea, se ajusta perfectamente a la inmediatez del mensaje apenas entrevisto en una pantalla, permite la reacción en un clic y el subsiguiente cambio de atención.

En todo caso, ambos excesos se construyen a costa de la dimensión argumentativa de los discursos que, a diferencia de las emociones, necesita reflexión, fundamentación y matiz, y además obliga a la responsabilidad discursiva. Al esquivar esta dimensió, la referida a los temas de la política, el discurso político y mediático está negando a la ciudadanía la esencia de aquélla: la gestión deliberativa de las discrepancias en pos del bien común.

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