El error del ‘adelgazamiento’ económico del Estado

Es cierto que la extrema derecha europea crece por la doble crisis de la socialdemocracia y la derecha moderada, pero esto es más un efecto derivado de una causa más profunda que tiene que ver con el adelgazamiento económico del Estado. En efecto, las privatizaciones, desregulaciones y liberalizaciones constantes desde los años 80 han reducido la capacidad del Estado para corregir las inevitables disfunciones de los mercados, que no hacen sino agravar las desigualdades sociales, tal como han demostrado reiteradamente economistas neokeynesianos como Piketty, Stiglitz o Krugman, por ejemplo. De un lado, los estados actuales tienen menos poder económico que durante los Treinta Gloriosos (1945-1975), y de otro, tienden a no subir los impuestos a las grandes fortunas para no enfrentarse a las mismas, con lo que disponen de menos medios y recursos para controlar a los mercados. Si esto es intocable (el famoso TINA –There Is Not Alternative– de Margaret Thatcher) el populismo no será un flash pasajero, sino que cada vez irá a más.

Socialdemócratas y derecha moderada decepcionan porque apenas hacen políticas económicas diferenciadas, muy gratas a los mercados, con lo que el terreno queda abonado para el crecimiento de los populistas que llenan el vacío social (el de los perdedores) que aquéllos dejan libre. En la crisis de 2008, el papel de los estados ha sido el de acudir al rescate de los bancos privados responsables, y eso se ha hecho con muy escasas o incluso nulas compensaciones sociales a posteriori, como bien ha escrito Miren Etxezarreta (‘¿Para qué sirve realmente…? La economía’). La precariedad y la temporalidad, como sucedáneos del único empleo posible, contribuyen a agravar la percepción de que los gobiernos del establishment (tanto da, en este sentido, que sean de centro-izquierda o de centro-derecha) y el neoliberalismo hegemónico en la UE no sirven a los intereses de la mayoría.

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En efecto, al haberse renunciado a controlar estrechamente a los mercados han surgido muchos perdedores que, al constatar que los gobiernos tradicionales, sean del color que sean, no resuelven su situación, acaban optando por recetas populistas que, aunque irreales, parecen ofrecer una alternativa. El experimento del socioliberalismo (la tercera vía de Blair y Schröder) ya no da más de sí tras sucesivos adelgazamientos del Estado en economía, y esto ha repercutido en la invariable política de recortes durante una década, si bien con matices nacionales (vid., en este sentido, Eurostat. Statistics  Explained). Lo que ya no tiene sentido tras 10 años de austeridad a ultranza es continuar con esta receta obsesionada con controlar el déficit y la deuda. Si no pueden aplicarse alternativas razonables a estas políticas ortodoxas, entonces queda claro que la democracia realmente existente es muy limitada al tener que estar «conforme al mercado», como señaló Angela Merkel, lo que implicaría vaciar de sentido el principio pluralista.

El Welfare State de los Treinta Gloriosos fue posible no sólo por las circunstancias internacionales (la división del mundo en dos bloques político-militares), sino también porque los poderes públicos dispusieron de muchos resortes que el neoliberalismo ha ido eliminando. Hasta los años 80, el sistema financiero era mucho más pequeño y estaba menos concentrado, mientras que hoy faltan contrapesos y unos gobiernos que retomen el control financiero y recuperen el modelo social europeo. Esto ocurre porque los estados ya no determinan los tipos de interés de la deuda pública, los impuestos progresivos sobre el capital o los gravámenes a las utilidades de las compañías multinacionales.

Los estados son débiles por falta de instrumentos para hacer frente a los estrechos intereses de las élites financieras y empresariales; en particular, por sus relativos  límites fiscales. El temor a subir impuestos (por la impopularidad que conlleva) empuja a muchos gobiernos a depender más de los bancos privados, lo que cierra las puertas a una regulación más estricta de los mismos. Sin embargo, es mucho mejor para un Gobierno democrático depender de los ciudadanos y no de los bancos, de ahí que con adecuadas explicaciones, claras y tangibles políticas redistributivas y control muy riguroso y transparente de los fondos públicos para evitar el menor desvío irregular podrían ser mucho más eficaces (por no mencionar la evasión fiscal  o los paraísos fiscales, que casi sólo se combaten retóricamente). Hoy resultaría inimaginable una tasa impositiva sobre los ingresos superiores nada menos que del 90%, como hizo el presidente Roosevelt, o del 50%/ 70% en Francia y Alemania occidental en los Treinta Gloriosos.

En suma, la causa última de la actual desigualdad (que es la que provoca el malestar capitalizado por los populistas) es el poder incontrolado de una estrecha oligarquía financiera especulativa. En este sentido, fue claramente regresiva la decisión del presidente Clinton, que prácticamente desarboló en 1993 la ley Glass-Steagall de Roosevelt, que separaba claramente los bancos de ahorro (con garantía de depósito) de los bancos de inversión sometidos a riesgo. Hay que añadir otro factor limitador: sigue sin culminar la Unión Económica y Monetaria en la UE y la crisis del euro no está cerrada del todo. Algo se ha avanzado en la Unión Bancaria, pero sigue pendiente la fiscal por el obstinado veto alemán a mutualizar la deuda.

En conclusión, si la socialdemocracia y la derecha moderada no se atreven a ‘regular’ mucho más, el populismo no dejará de crecer. Centro-izquierda y centro-derecha pueden divergir en materia impositiva dentro de ciertos límites, pero no pueden ceder en el principio regulador. Por tanto, si se quiere tener un fuerte Estado social que se imponga a los populistas, es preciso el ‘rearme’ económico del Estado. Esto no implica crear más empresas públicas (aunque ello no debería ser descartable), pero sí es preciso recuperar con fuerza el poder regulador que el Estado tuvo entre 1950 y 1970, además de disponer de una mayor capacidad recaudatoria progresiva y proporcional. Sólo embridando a los mercados (y ello no será fácil, pero hay que estar dispuesto a afrontar ese conflicto) y aumentando la seguridad económica y social para la mayoría, se recuperará la estabilidad y la confianza popular para ofrecer profundas políticas redistributivas.

 

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