¿El error del partido reformista?

En estos días de pre-campaña crispada se ha dicho y escrito mucho sobre la calidad de nuestros políticos. Adjetivos no faltan, y no voy a añadir a la lista, pero si quisiera resaltar tres rasgos comunes: 1) su limitada capacidad para la ‘deducción retrospectiva’; 2) su incapacidad para reconocer errores, y 3) la personalización de la política, con el tono hiperbólico de su palabra y, a menudo, el mesianismo de su mirada. De este último, como del cáncer, parece que ya se ha dicho casi todo, pero como en toda enfermedad crónica el casi no es el todo, y lo dejo así. El segundo es un rasgo casi innato de los políticos, no sólo los nuestros, y lo mejor que puedo hacer es recomendarles que se lean el libro de los psicólogos sociales Carol Tavris y Elliot Ornonson ‘Mistakes were made (but not by me)’.

Vayamos por el primero, que es la limitación que todo jugador de ajedrez debe superar. No es un rasgo nuevo y del que ya hemos sufrido nefastas consecuencias. Algunos ejemplos: si en septiembre del 2012 Artur Mas hubiese calculado cuál era la probabilidad de que Cataluña fuese un ‘estado independiente de la Union Europea’ –digamos en 2032 (cero)– no se habría puesto al frente de la manifestación que marcó el inicio del procés. Cierto, es posible que pensase que la probabilidad era muy baja, pero que valía la pena: el valor de la independencia es inmensurable y las ganancias inmediatas estaban en la calle; sería CiU y no ERC la cabeza visible. ¡Sería él, Artur, quien llevaría a la Cataluña estimada a las puertas de la independencia! Y así nos ha ido, así le ha ido. Ningún error reconocido.

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Si, por su parte, Mariano Rajoy hubiese calculado cuál era la probabilidad de que el problema catalán se solucionase, que el suflé se desinflase dejando pasar el tiempo –digamos de su legislatura (cero)– , quizás habría hecho algo más para abordarlo políticamente.

Si, en el 2016, Pablo Iglesias hubiese calculado cuál era la probabilidad de que, haciendo naufragar el abrazo del oso entre Pedro Sánchez y Albert Rivera, él se convirtiese en el líder de la izquierda (muy cerca de cero), quizás se habría contentado con desalojar a Mariano Rajoy de la Moncloa.

Si, a su vez, en 2018 Pedro Sánchez hubiese calculado cuál era la probabilidad de que los independentistas catalanes le apoyasen en algo más que no fuese desalojar a Mariano Rajoy de la Moncloa y aceptasen negociar algo menos que el referéndum de independencia –digamos, cero con el proceso del procés de por medio–, nos podría haber ahorrado casi un año de agonía prolongada (y a él, y a su equipo, un año de terapia de diálogo a ninguna parte; es decir, al ridículo). Cierto, él se ha paseado por el mundo de estadista y ha mejorado las perspectivas electorales del PSOE: ha habido ganancias a corto plazo; ¿para quién?

No digo que nuestros políticos no hagan deducción retrospectiva, sino que si la han hecho, no parece que en estos casos hayan respetado tres normas básicas de este ejercicio de lógica: a) las probabilidades subjetivas no deben estar muy alejadas de las objetivas, que definen el curso de la historia; b) no se debe sobrevalorar la fuerza propia ni subvalorar la ajena; c) no se puede decir que la valoración –de costes y beneficios– se hace pensando en la sociedad, o en el país, cuando se esta pensando en el beneficio propio o, como mucho, el del partido.

Una deducción retrospectiva que viola alguna de estas normas simplemente no es de fiar y, lo que es más probable, conduzca a tomar decisiones equivocadas –a menudo, como hemos visto, incluso para quienes las han tomado– aunque, evidentemente, el error no se reconozca (bien, hay que dar crédito a Pablo Iglesias por haberlo reconocido, un poco y tarde).

Lo que nos lleva al último ejemplo de pre-campaña: la decisión de Albert Rivera –y, por extensión, del Comité Ejecutivo de Ciudadanos– rechazando cualquier acuerdo post-electoral con Pedro Sanchez, o con el PSOE, a pesar de que los sondeos publicados en el momento del anuncio decían que un acuerdo de legislatura PSOE-C’s es una opción con mucho apoyo y podría alcanzar la mayoría necesaria y que, como reconocía Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia (18/02/2019), es la peor opción para los independentistas. Ciertamente, con la personalización de la política y dada la degradación de la relación personal entre los dos actores principales, esto parece un abrazo del oso, con sangre.

Pero estoy hablando de la lógica de la ‘deducción retrospectiva’ y esta tiene dos perspectivas. Una es la de Ciudadanos que convocó a la plaza Colón. O bien se parece mucho a la de Pablo Iglesias —  sí se cambia el NO a Rajoy por el NO a Sanchez – y se espera que con este corta-fuegos pre-electoral él, Albert Rivera, se convierta en el líder de la plaza Colón (digamos, probabilidad muy cerca de cero), o bien – como dicen ‘los expertos en demoscopia’ —  se trata solo de frenar  la perdida de votos a Vox (una probabilidad más alta). Pero a muchos nos gustaría pensar que lo de la plaza de Colón fue un error. Es decir, que ‘Ciudadanos’ no ha cambiado el nombre a ‘Españoles’ y que se sigue pensando como el ‘partido reformista’ constitucional de España, el que se va a presentar a las elecciones Europeas con ‘La République en Marche’ de Macron. Pero en esta perspectiva el cálculo de la ‘deducción retrospectiva’ me sale peor.

Sin este nombre, y sin organización, el ‘partido reformista’ (PR) ha existido en España de mucho tiempo. Eso sí, históricamente, ha sido un Guadiana de apariciones esporádicas. De hecho, sus orígenes se podrían remontar a los tiempos de la Ilustración que, como es sabido, fue de existencias históricamente esporádicas en el tiempo y en el espacio (Cataluña incluida). En estos cuarenta años de democracia el PR lo han formado los reformistas independientes, que han apoyado (por ejemplo, con su voto) las reformas, a menudo involucrándose en ellas (funcionarios, expertos, etc.), y también los reformistas en los partidos tradicionales – si, tanto en el PSOE, como en el PP, como en partidos regionalistas y nacionalistas, en un tiempo constitucionalistas. De hecho, estos reformistas han visto como, a menudo, la propia miopía y electoralismo de sus partidos frustraba sus aspiraciones. Es por esta razón que muchos reformistas hemos visto – o hemos creído ver — en Ciudadanos la emergencia del PR o, al menos, el partido de referencia para todos los miembros potenciales del PR.

La perspectiva del PR va más allá de la demoscopia electoral. Supongamos que ésta tenga razón y que la ‘deducción retrospectiva’ (versión coalición Colón) esta vez funcione, incluso que acabe llevando a Albert Rivera a la Moncloa. En este caso (poco probable), ¿cuál es la probabilidad de que las reformas importantes que necesita nuestro país vayan adelante en la próxima legislatura? Yo creo que es muy baja por dos razones. Primero porque reformas importantes requieren apoyos importantes, lo que difícilmente se consigue en un país en el que los constitucionalistas están radicalmente divididos y los anti-constitucionalistas reforzados; sino que se lo pregunten a Macron. Segundo, porque muchas de las reformas importantes – en particular, la de pasar de un estado disfuncional a un estado adecuadamente descentralizado — son incompatibles no solo con Vox, sino también con los ‘compatriotas’ (así habla Rivera hoy en día) que no saben distinguir entre Vox y el PR. En resumen, una probabilidad (poco probable) y (muy baja) es casi cero. Eso sí, también esta vez me gustaría equivocarme.

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