El eterno retorno en la historia española: recordando la Guerra Civil

Según refleja el Democracy Perception Index (2020), aunque el 80% de los españoles encuestados piensa que la democracia es importante, únicamente el 59% opina que España es una democracia. Asimismo, más del 40% sostiene que no hay suficiente (únicamente Polonia, Brasil y Chile estarían por encima de ese porcentaje; la media para países considerados libres estaría en el 31%).

En ocasiones, se tiene la sensación de que en España los atentados del 11-M en 2004 y la crisis de la Covid-19 han acentuado la polarización y la división política. Sin embargo, este aumento no es exclusivo de la sociedad española. En su excelente ‘Buena economía para tiempos difíciles’, Abhijit Banerjee y Esther Duflo señalan que el 81% de los norteamericanos que se identifican con un partido tiene una opinión negativa del otro. El 61% de los demócratas considera que los republicanos son racistas, sexistas e intolerantes, y un tercio de los estadounidenses se sentiría decepcionado si un familiar cercano se casara con alguien del otro bando. Recientemente, en una carta publicada en Harper’s (‘A Letter on Justice and Open Debate’) firmada por intelectuales anglosajones de izquierdas se alertaba sobre la intolerancia de la nueva izquierda.

Estamos ante una sociedad cada vez más egoísta que ha pasado, en palabras de Mark Lilla (‘El regreso liberal: más allá de la política de la identidad’), del nosotros al yo. Para muchas personas, lo único que importa es su autoestima e identidad (bien sea política, nacional, sexual, racial o religiosa), mientras que el bien común es secundario. En cuanto esa autoestima e identidad no se consideran plenamente satisfechas, todo lo que les rodea es anti-democrático.

Tal vez por estas razones convenga recordar algunos aspectos sobre la Guerra Civil Española (GCE), que comenzó el 18 de julio de un lejano 1936. Tras las elecciones de febrero de ese año, que supusieron la victoria del Frente Popular, conformado por una coalición de partidos de izquierda, Manuel Azaña (Izquierda Republicana, IR) se convirtió en presidente de la República (lo cual indirectamente supuso perder toda influencia en la gestión gubernamental) y Diego Martínez Barrio (Unión Republicana, UR, 37 diputados) en presidente de las Cortes. El Gobierno estuvo formado por miembros de IR, UR, dos independientes y un diputado catalán de ERC (21 diputados), siendo el presidente del Consejo de Ministros o primer ministro Santiago Casares (IR).

El PSOE decidió no formar parte del Gobierno, aunque era el partido que más escaños había obtenido (99, sobre un máximo de 473 que representaron a más de 30 partidos políticos) frente a los 88 de la Confederación Española de Derechas Autónomas (Ceda) y los 87 de Izquierda Republicana. Lo que sucedió, más bien, es que Francisco Largo Caballero bloqueó la posibilidad de que Indalecio Prieto formarse Gobierno. Tampoco entraron en éste el PCE (17 diputados) ni sus mayores antagonistas ideológicos, el Partido Obrero de Unificación Marxista (Poum, 1 diputado).

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Con el golpe de Estado en julio de 1936 y el inicio de la GCE, José Álvarez Junco (‘Dioses útiles’, 2016, pp. 184-186) subraya que el conflicto enfrentó a dos concepciones de España que la defendían de una amenaza exterior. Ambos bandos sostenían que se trataba de una nueva Guerra de la Independencia, de una defensa de España contra invasores extranjeros. Para los fascistas, los rojos eran extranjeros por ser ajenos a la tradición española; para los rojos, lo eran los fascistas por veranear en Biarritz, obtener apoyos de la banca internacional y someterse a la religión católica. De hecho, durante la GCE y la postguerra el bando republicano no renunció jamás a los símbolos que representaban la idea de España (sirva a modo de ejemplo, el nombre de los primeros blindados que entraron en París cuando fue liberada: España Cañí, Don Quijote o Guernica, entre otros).

Durante la GCE, el bando sublevado recibió la ayuda de Italia y Alemania, mientras que el republicano contó con la ayuda de la URSS de Stalin. Francia, Gran Bretaña y EE.UU. se inhibieron: las democracias occidentales carecieron del valor necesario para imponer, al precio que fuese, una paz rápida y efectiva (Vicens Vives, 2009, p. 226). Y esta inhibición es crucial, porque la no intervención de las democracias occidentales es el factor decisivo para que comience la Guerra. Además, la ayuda militar alemana e italiana decantaría –mucho más que la división en el bando republicano– el signo de la misma.

Teniendo en cuenta esta no intervención, una de las claves es hasta qué punto la lucha y resistencia contra el fascismo y el falangismo (y/o franquismo) estuvo controlada por los comunistas. Tras el golpe de Estado y el comienzo de la GCE, el PSOE decidió entrar en el Gobierno como fuerza mayoritaria. En septiembre de 1936, Largo Caballero (miembro de este partido y de la UGT) se convirtió en el presidente del Consejo de Ministros y en el ministro de Guerra, dando entrada en su Ejecutivo a los comunistas y a la CNT en un intento de unificar el bando republicano. Mientras tanto, Azaña continuó siendo presidente de la República, pero cada vez más relegado a una función secundaria.

Los anarquistas dominaron la escena revolucionaria durante casi un año, de julio de 1936 hasta los Sucesos de Mayo de 1937 en Barcelona. Se atribuyeron el mérito de la victoria sobre la insurrección militar en la Ciudad Condal y en Valencia. En la primera mitad de 1937, la República perdió Málaga (febrero), se consolidó el avance franquista en Vizcaya y tuvieron lugar los Sucesos de Mayo en Barcelona. Especialmente graves fueron los enfrentamientos en esta ciudad entre el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) versus la CNT y el Poum (hechos muy conocidos gracias a George Orwell (‘Homenaje a Cataluña’). En otras palabras, comunistas estalinistas enfrentados violentamente a comunistas trotskistas y anarquistas. Con anterioridad a lo sucedido en Barcelona, el PSUC había expulsado del Gobierno catalán al Poum (diciembre del 36). Tras todos estos hechos, Largo Caballero fue reemplazado por Juan Negrín e Indalecio Prieto se convirtió en ministro de la Guerra (recuérdese la rivalidad entre éste y Largo Caballero).

En suma, el PCE se convirtió en el actor principal de la escena republicana favorecido por la disciplina de su partido,  la ayuda soviética a la República, el papel desempeñado por las Juventudes Socialistas Unificadas y su papel en la reorganización del Ejército republicano. Desde su salida del Ejecutivo, Largo Caballero se quejará amargamente de la influencia de los comunistas en el Gobierno de la República Española. A esta queja se unirán poumistas y anarquistas.

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En junio de 1937 (ya bajo la presidencia de Negrín) se produjo en Madrid la tortura y el asesinato del dirigente poumista Andreu Nin a instancias de Moscú. Todo apunta a que el PCE quería aprovechar la GCE y una hipotética victoria republicana para imponer su dominio en España. Además, el grupo extremista del PSOE se acercó tanto al PCE que al final se identificaron por completo (Vicens Vives, pp. 222-224).

No obstante, que el PCE luchara contra el fascismo y a favor de la República Española no los convierte en demócratas. También Stalin lo hizo junto a las democracias durante la II Guerra Mundial y, desde luego, no era ningún demócrata. Y en este punto conviene recordar que los máximos representantes del comunismo en España se acabaron exiliando en Moscú (por ejemplo, José Díaz secretario general del PCE hasta 1942, y Dolores Ibárruri, secretaria del PCE entre 1942 y 1960).

En abril de 1938, tras la derrota republicana en Teruel, Prieto dimitió como ministro de la Guerra. No obstante, Negrín siguió presidiendo el Consejo de Ministros y asumió el Ministerio de la Guerra, al tiempo que la influencia del PCE vía Moscú seguía siendo máxima. Tras su dimisión, Prieto difundió la idea de que Negrín era un delegado de los comunistas. A ello contribuyeron las buenas relaciones de éste con el embajador soviético y la nacionalidad rusa de su esposa.

Independientemente de quien difundiera esta idea, una cosa parece clara: la hostilidad socialista y anarco-sindicalista hacia los comunistas había crecido considerablemente. Tras la derrota republicana en la Batalla del Ebro (julio-noviembre 1938), la Guerra estaba prácticamente perdida para los republicanos. En marzo de 1939, Negrín fue depuesto por un golpe de Estado a iniciativa del coronel republicano Segismundo Casado y apoyado por el sector más moderado del PSOE, encabezado por Julián Besteiro (véase aquí un artículo defendiéndole, y a Paul Preston y a Ángel Viñas y Fernando Hernández reprobándolo).

La GCE finalizó el 1 de abril de 1939. Los republicanos que cruzaron la frontera hacia Francia se encontraron con campos de internamiento o concentración, siendo el más famoso el de Argelès-sur-Mer, que llegó a albergar casi 100.000 refugiados en tiendas cavadas en la arena y sin las menores condiciones sanitarias. Otros muchos acabaron en Angulema (Les Alliers), que, tras la caída de Francia en junio de 1940, fueron deportados hacia los campos de exterminio nazis (véase el denominado ‘Convoy de los 927’).

Según numerosos autores, el objetivo primordial de Negrín era obtener armas de los soviéticos y alargar-resistir (el PCE estaba de acuerdo con esta idea), con el fin de evacuar y salvar al mayor número de políticos, militares y civiles afines a la República. Con ello, se evitaría que sufrieran una fuerte represión por parte de las tropas franquistas. Por último, confiaba en que comenzase la II Guerra Mundial para que la GCE se convirtiera en un frente de batalla más de una contienda a escala mundial.

Sin embargo, la mayoría de los políticos republicanos coetáneos de Negrín no pensaban lo mismo (únicamente los comunistas españoles defendieron las políticas del político canario) y creían que el político canario era un agente de Moscú. Al finalizar la GCE, republicanos (incluido Azaña), socialistas cercanos a Largo Caballero, Besteiro y Prieto, antiguos poumistas, republicanos anticomunistas y anarquistas se alinearon contra Negrín. Las memorias y los numerosos testimonios escritos por todos estos políticos durante el exilio así lo atestiguan. Julián Gorkin, uno de los más influyentes durante el exilio republicano, señaló que la República Española durante la Guerra Civil fue un ensayo de lo que Moscú haría en los países del Este (las dictaduras conocidas como democracias populares), basándose en los hechos de Barcelona, en el asesinato de Nin o, incluso, en lo sucedido en Paracuellos. Esta hipótesis argumental fue desarrollada por Burnett Bolloten y difundida por historiadores conservadores como Stanley Payne y Rasdoh.

¿Cuál es el problema de todos estos testimonios? Básicamente, que la mayoría de estas memorias se elaboró en plena Guerra Fría, y resulta que hay documentación muy exhaustiva donde queda demostrado que la CIA financió a varios de estos grupos para debilitar al comunismo y para captar intelectuales que se alejaran del marxismo (véase la opinión de Gorkin en 1979 y la página de la CIA sobre el Congreso para la Libertad de Cultura).

Al mismo tiempo, este suministro de recursos financieros de la CIA hacia los exiliados republicanos españoles (a veces, sin que ellos mismos tuvieran constancia, ya que la transferencia se hacía a través de terceros y/o sociedades interpuestas) fue decisivo para que perdieran crédito entre las generaciones posteriores (véase La red de Julián Gorkin, de ‘La Primavera de Múnich’, escrito por Jordi Amat). Probablemente Negrín tuviera un escaso margen de maniobra para hacer algo diferente a lo que el PCE y los soviéticos pretendiesen, básicamente porque el dinero y las armas procedían de Moscú.

A pesar de todo, casi todos los testimonios y las memorias publicadas durante la postguerra son muy críticas con el papel desempeñado por él. Parece plausible que, en un contexto de Guerra Fría, todas estas opiniones se exagerasen no tanto para debilitar a Negrín, sino para evitar un aumento de la influencia comunista en ambientes intelectuales. Así podría entenderse la financiación de la CIA hacia el Congreso por la Libertad de la Cultura, del cual formaban parte muchos exiliados republicanos.

Ahora bien, esto no significa que todos los testimonios fueran falsos. Probablemente, el caso de Negrín sea parecido al de José María Gil-Robles cuando escribe en sus Memorias que «no estaba al tanto del golpe de Estado”. En definitiva, solo hay dos posibilidades: o bien mentía todo el mundo y únicamente Negrín decía la verdad; o, por el contrario, gran parte de los republicanos no estaban desencaminados del todo cuando afirmaban que existía una relación demasiado cercana entre Negrín y Moscú. Cabría, no obstante, una tercera posibilidad: que Negrín se creyera lo bastante fuerte para someter al comunismo sirviéndose de éste y de la URSS. Esto hablaría bien de la persona, pero nos situaría ante un político ingenuo y pésimo gobernante.

Con el paso de los años, surgieron nuevas aportaciones historiográficas para reivindicar la figura de Negrín (H. R. Southworth, Preston y Viñas, entre otros). En este sentido, tal vez el texto más influyente sea el libro escrito por el primero, ‘El mito de la cruzada de Franco’, donde trata de desmontar las tesis que señalan a Negrín como agente al servicio de Moscú. La historia nos dice que fue expulsado del PSOE en 1946, siendo su figura rehabilitada por los socialistas en 2008.

En cualquier caso, comparar a la República Española con los países del Este de Europa a finales de los años 40 es un tremendo error. El poder e influencia soviéticos en 1938-39 en el bando republicano era muy inferior al que tenían los soviéticos en el frente oriental en 1944-45. Justificar el golpe de Estado franquista como algo preventivo para evitar una dictadura comunista es algo carente de lógica, por muy inestable que fuera la II República (sirva, a modo de ejemplo, la Revolución de Asturias en 1934). Paradójicamente, si en algo coinciden franquistas y comunistas estalinistas es en sobrevalorar el papel del PCE en la creación del Frente Popular. En otras palabras, unos exageran la importancia (17 escaños sobre 473 en las elecciones de 1936) y la brutalidad del PCE para justificar un golpe de Estado preventivo, y otros exageran su papel antifascista para convertirse en demócratas.

En el fondo, el problema es que ambos bandos no tuvieron grandes héroes; sólo los hubo anónimos: los que no pudieron contar nada, los que acabaron en Argelès-sur-Mer o los que sufrieron en silencio el exilio o la Dictadura (a veces, no tan en silencio debido a los sangrantes campos de concentración, los batallones disciplinarios de soldados trabajadores) y los que están enterrados en fosas olvidadas.

Según Preston, durante la GCE murieron más de 500.000 personas, sin contar las que lo hicieron por desnutrición y/o enfermedad. De este medio millón, casi 300.000 personas perdieron la vida en los frentes de batalla y cerca de 200.000 fueron asesinadas lejos del frente, ejecutadas tras dudosos procesos legales. De estos últimos, alrededor de 150.000 civiles fueron asesinados por los falangistas y franquistas (unos 20.000 de ellos en la postguerra) y otros 50.000 por los anarquistas y comunistas. Existe un número indeterminado de los que fallecieron de hambre y enfermedades en prisiones y campos de concentración franquistas al terminar la Guerra, donde se hacinaban en condiciones infrahumanas. Casi otras 500.000 personas huyeron y se exiliaron. Muchos perecieron en los campos de internamiento franceses; otros, en los campos de exterminio nazis. La mayor parte no volvió.

En la actualidad, España, con más de 114.000 desaparecidos, sigue siendo el segundo país del mundo, tras Camboya, con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados ni identificados. Esto no es admisible bajo ningún punto de vista.

En el bando nacional, cualquiera que hoy en día defienda el comportamiento de Franco sería equivalente al alemán que justifique al psicópata de Hitler o al italiano que justifique a Mussolini. Creo que sobra añadir cualquier comentario. Gil-Robles suscita muchas (demasiadas) dudas. En el bando republicano, los actores principales tuvieron grandes claroscuros. El carácter pusilánime y la falta de valentía de Azaña, el radicalismo de Largo Caballero, la incoherencia de Besteiro, la ambición convertida en torpeza de Prieto, la actitud permisiva o ingenuidad (en el mejor de los casos) de Negrín con los comunistas (y con Stalin) y la extrema violencia de comunistas y anarquistas. La República no fue ni es algo exclusivo ni propiedad de la izquierda radical, y de ninguna manera de la ideología comunista: comunismo y fascismo, las dos caras del totalitarismo, son todo lo contrario a Democracia y República.

Mi sensación final es que absolutamente todos los implicados escribieron sus memorias para justificarse ante los demás. En una guerra civil, absolutamente todos acaban perdiendo y los políticos/comunicadores/académicos que polarizan la sociedad para obtener réditos personales son unos irresponsables.

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