El gran estilo Ginsburg

En 1993, el presidente Bill Clinton presentaba a la nueva jueza del Tribunal Supremo Ruth Bader Ginsburg afirmando que se trataba de alguien que ya tenía asegurado su lugar en la historia del país. Desde luego no por ser la segunda mujer que accedía a la institución, ni por su excelente desempeño en la Corte de Apelaciones de Washington, sino porque se trataba de la abogada formidable que, dos décadas atrás, había conducido a ese mismo Tribunal a revisar su interpretación de la Enmienda XIV, la que garantiza la “igual protección ante la ley”, para incluir a las mujeres. En los años 90, Ginsburg ya era una estrella del mundo jurídico estadounidense. Su posición en el Tribunal Supremo simplemente le iba a permitir tener mayor proyección y andado el tiempo, en sus últimos años, gozar de una inmensa popularidad –“tengo más de 80 años y todo el mundo quiere hacerse una foto conmigo”, contaba divertida en una entrevista.

En estos días, todos los medios se han hecho eco de lo que supone la pérdida de la jueza Ginsburg –“jurista de leyenda”, “icono feminista”, “Notorious R.B.G.”–, dedicando un espacio a la noticia que, visto desde fuera de Estados Unidos, y por muy importantes que sean The Supremes, resulta desproporcionado. Ginsburg era una jurista fuera de serie, representante de una generación de pioneras y que alcanzó metas impensables para las mujeres de su época, todavía hoy fabulosas. Pero con 87 años y una salud muy quebrada desde hace tiempo, su fallecimiento difícilmente podía calificarse de inesperado. ¿Por qué este extraordinario impacto? Lo que sucedió es que la campaña electoral ha entrado en tromba en la noticia de su fallecimiento y, de modo paradójico, este contexto arrollador que ha puesto en primerísima plana la noticia resta protagonismo a lo que de singular se pierde con la desaparición de esta jueza, que era mucho más que un voto progresista del Tribunal Supremo.

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En estos momentos, todo el interés se dirige hacia la candidata que el presidente Donald Trump propondrá para ocupar cuanto antes la vacante en el Tribunal Supremo. Sea quien sea, se sabe de antemano que no podrá resistir la comparación con Ginsburg (¿quién podría?). Pero, al fin y al cabo, no parece que lo que esté en juego sea la sustitución de una jueza brillante. En un libro reciente (When at Times the Mob is Swayed), Burt Neuborne lo explicaba de esta manera: “La verdad es que tenemos dos constituciones que compiten –una roja y otra azul–, que se encienden y apagan como luces de neón, dependiendo de qué partido político controle el Tribunal Supremo”. Desde el principio de la República, todos los presidentes han aspirado a configurar un Poder Judicial federal que no obstaculice sus políticas e, idealmente, un Supremo colaborador.

Los demócratas perdieron su oportunidad de volver a controlarlo –no lo hacen desde 1972– cuando el Senado impidió a Barack Obama cubrir la vacante del juez Antonin Scalia con el argumento de que era año electoral. Los republicanos no la dejarán pasar, ahora que el Senado republicano ha dejado de ver el problema del año electoral. En general, los juristas americanos dedican el tiempo justo a lamentar la contaminación política del proceso de elección de jueces del Supremo (es una condición irreversible, al menos desde la frustrada nominación de Bork), pero sí consideran sumamente perjudicial que los ciudadanos no tengan en cuenta hasta qué punto el proceso está politizado a la hora de votar, o de no votar (la abstención fue del 45% en la anterior elección presidencial). La omnipresente noticia del fallecimiento de Ginsburg en el final de campaña habrá servido para concienciar a los electores de que cuando votan en las presidenciales no sólo eligen a la persona que será el presidente de EE.UU. por cuatro años, sino a la persona que durante ese periodo designará jueces federales vitalicios (con el advice and consent del Senado).

Ginsburg era un voto progresista en el Tribunal Supremo, sin duda, pero antes, y por encima de eso, era una jueza con un estilo argumental inconfundible y distinguido. Algunos estudiosos del Supremo han dicho de ella que era una “jueza de jueces”. Es una descripción apropiada y es una buena manera de explicar el efecto de su gran estilo: en un sistema jurídico en el que los jueces están vinculados por los precedentes, nada es más apreciado que una sentencia con argumentos poderosos y que fija estándares claros para la decisión de casos futuros.

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Ese estilo quedó impreso en una de sus primeras sentencias, ‘United States v. Virginia’, un caso decidido en 1996 en el que el Supremo, siguiendo la ponencia de Ginsburg, decidió que el criterio de admisión de la Academia Militar de Virginia, restringida sólo a hombres, era inconstitucional y vulneraba la enmienda XIV. La sentencia es un modelo de argumentación en el área minada y llena de matices de los tests de igualdad (Virginia aducía que ya había una institución de iguales características para las mujeres, el Instituto de Virginia de Liderazgo para Mujeres). La conclusión de la sentencia es rotunda y así se traslada al fallo.

Ginsburg consideraba que United States v. Virginia era la sentencia de su vida. En el litigio se denunciaba una vulneración de la igualdad de trato y no discriminación por razón de sexo y era ella quien, hablando por el Tribunal Supremo (“speaking for the Court” es la fórmula para introducir al ponente), tenía la oportunidad de declarar la radical contradicción con la Constitución de una vulneración de este tipo. Toda su carrera profesional, como académica, como abogado, hasta llegar al Tribunal había estado inspirada por la reivindicación de la igualdad para las mujeres. Había experimentado en persona la discriminación durante sus estudios de Derecho (Harvard y Columbia) y después, para conseguir su primer trabajo. Al liderar en la ACLU el Women’s Project, su propósito había sido encontrar el caso que permitiera llegar al Tribunal Supremo en reivindicación del reconocimiento de la igualdad “con independencia del sexo”, del mismo modo que el abogado Thurgood Marshall había hecho (y conseguido) con la raza. En 1971, con ‘Reed versus Reed’, lo consiguió. En el caso de United v. Virginia, la denuncia de la vulneración de la igualdad de las mujeres, la presentaban “los Estados Unidos”. Ésa era la increíble transformación jurídica que había tenido el privilegio de conducir hasta el final.

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