El gran lodazal iraní de Trump

La muerte del general iraní, Qasem Soleimani, como consecuencia del ataque por parte de un dron estadounidense, ha incrementado por enésima vez las tensiones que afectan a la relación entre Estados Unidos e Irán. Esta decisión se justificó sobre la base de los recientemente sufridos por sus instalaciones militares y la propia Embajada en Irak y en previsión de ulteriores ataques en éste y otros estados de la región.

Todos estos incidentes hicieron temer en diferentes instancias políticas de Washington el desencadenamiento de un nuevo Bengasi, tal y como se conoce al ataque al Consulado estadounidense de la ciudad libia que condujo al asesinato del embajador, Christopher Stevens, en 2012 y desató una notable controversia política que enfrentó a los republicanos con la Administración Obama.

Desde el punto de vista del proceso decisorio, este ataque fue posible por el alineamiento de las preferencias de Donald Trump con la de los halcones en materia iraní, que no son pocos en Washington, empezando por el secretario de Estado, Mike Pompeo, quien contó en esta ocasión con el apoyo del secretario de Defensa, Mark Esper, ante el temor del presidente estadounidense de mostrar una imagen vacilante ante las recientes acciones. La falta de contrapesos a esta postura, antaño representada por decisores de línea realista como Mattis, McMaster o Tillerson, ha facilitado la toma de esta decisión.

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Las posibles consecuencias de esta acción sobre los intereses estadounidenses en la región ya han sido puestas de manifiesto por diferentes analistas. Más allá de un posible conflicto, en el que la confrontación directa sería poco probable, Irán ya anunciado el abandono de los términos del acuerdo nuclear firmado en 2015. De igual forma, las fuerzas políticas pro-iraníes en Irak han logrado la aprobación de una resolución no vinculante en el Parlamento iraquí que reclama la salida de las tropas estadounidenses, y al mismo tiempo se ha puesto en peligro el mantenimiento de la coalición contra el Estado Islámico.

Hablando claro, una nueva confrontación regional no estaría tampoco en el interés de Irán, cuyo comportamiento cada vez más irreflexivo podría terminar de alienar a aquellos estados que se ofrecieron como garantes del cumplimiento del acuerdo nuclear, devolviendo a este país a su pasada condición de Estado paria.

Sin embargo, más allá de las consecuencias inmediatas en términos de inestabilidad regional, la muerte del general iraní pone de manifiesto el fracaso de la política iraní puesta en marcha por la actual Administración estadounidense. Irán fue siempre, y desde la campaña electoral, uno de los asuntos que el presidente Trump enfocó desde una perspectiva claramente ideológica y donde más coincidía con las posiciones neoconservadoras, muy críticas con sus posturas en política internacional en otros aspectos, tal y como se ha puesto de manifiesto en sus diferentes discursos, documentos estratégicos o decisiones. 

El abandono del acuerdo nuclear de Irán fue, sin ninguna duda, uno de los mayores errores que la actual Administración cometió en materia de política internacional, y la política de máxima presión que lo sustituyó sobre la base de los 12 puntos anunciados por el secretario de Estado, Mike Pompeo, a efectos de modificar la política de Irán, no consiguió los resultados esperados.

Es éste un asunto en el que no hay soluciones fáciles. De hecho, el propio acuerdo nuclear de la Administración Obama tuvo efectos negativos en la relación de la potencia norteamericana con sus principales aliados regionales, que perciben a Irán como una amenaza vital, desarrollando en consecuencia una política más independiente y no necesariamente para bien, como demostraría la intervención saudí en Yemen. Sin embargo, la salida del acuerdo ha demostrado ser el catalizador de una serie de acontecimientos que han incrementado la tensión entre las dos potencias y ha puesto en riesgo los objetivos estratégicos estadounidenses en la región y fuera de ella. 

La operación llega en el peor momento posible y constituye una decisión políticamente arriesgada. Se produce justo cuando los efectos del impeachment empezaban a orientarse en favor del presidente y cuando parecía posible, por primera vez en décadas, que Estados Unidos no se viese envuelto en una nueva intervención militar directa durante el primer mandato de un presidente; que, además, en este caso, trataba de dar cumplimiento a una de sus principales promesas electorales y una de las pocas compartidas con gran parte de los candidatos demócratas: el fin de las guerras interminables. No por casualidad se ha llegado a plantear que, precisamente, un conflicto con Irán podría ser uno de los factores potenciales que, eventualmente, podría provocar que Trump no fuese reelegido. 

Cabe destacar que, en pasadas encuestas, la opinión pública (incluyendo a los votantes republicanos) ha responsabilizado a la Administración de la escalada de tensiones con Irán en un momento en que se mantiene baja la apetencia por nuevas intervenciones militares. A pesar de que las cuestiones de política exterior no suelen ser determinantes en la elección de un candidato, si la decisión lleva a un nuevo conflicto no deseado, el presidente corre el riesgo de perder el apoyo de parte de su base, lo que resultaría perjudicial en una carrera electoral tan reñida como la que se prevé de cara a las elecciones de noviembre.

De hecho, la eliminación de Soleimani, a pesar de la responsabilidad que se le atribuye en la muerte de soldados estadounidenses y aliados en los diferentes conflictos regionales, ha sido recibida con cierta división en Washington. Su defensa ha venido de destacados líderes republicanos, partidarios de una política enérgica hacia Irán (como el senador Lindsey Graham), en tanto ha sido criticado por su carácter arriesgado y su falta de prudencia en el ámbito demócrata, tanto por los candidatos que han mantenido una cierta visión ortodoxa de la política internacional (caso de Joe Biden) como por aquéllos que se oponían a la presencia estadounidense en los conflictos de la región; caso de Bernie Sanders, Tulsi Gabbard o de la propia Nancy Pelosi.  

De igual modo, aliados de Trump en el campo republicano como Rand Paul, que defendieron la reducción de la presencia estadounidense en Siria, han criticado el movimiento por considerar que podría implicar una mayor inestabilidad regional y han puesto de manifiesto que el presidente estadounidense ha preferido escuchar a los halcones en la materia.

Esta acción, además, podría llevar a que Estados Unidos se empantanase de nuevo en un conflicto de Oriente Próximo, tal y como ya sucedió a sus dos inmediatos predecesores, detrayendo recursos y atención de la potencia norteamericana de regiones estratégicamente más relevantes como Asia-Pacífico, permitiendo a China consolidar una posición regional preeminente y a Corea del Norte proseguir con un programa nuclear cuya reactivación ya ha anunciado. 

La política iraní de la Administración, de este modo, quedaría convertida en el gran lodazal que impediría que Estados Unidos acometiese los objetivos estratégicos más importantes de su política exterior, poniendo en riesgo incluso la pervivencia en el poder del propio presidente Trump. 

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