El ‘Ibizagate’ y sus efectos colaterales

Un fin de semana de mayo y una isla española. No ha hecho falta nada más para provocar un escándalo político que todavía puede elevarse a movimiento sísmico en el panorama político austriaco.  

Cuando el viernes, a última hora de la tarde, Der Spiegel y Süddeutsche Zeitung publicaron el vídeo, muy pocos habrían predicho la magnitud de la protesta que se produciría. Se puede haber perdonado a los observadores expertos en los avatares de la política local que adoptaran una mirada cínica sobre las ramificaciones de un escándalo que afecta a un partido que los ha proporcionado con regularidad y en un país que los ha recibido con poco más que fatalismo. Nadie podía haber anticipado que el vídeo conduciría a la dimisión del vicecanciller Heinz-Christian Strache, que provocaría el fin del Gobierno de coalición y que dejaría al país en un estado de agitación. Nadie había previsto que la palabra Ibiza se convertiría en sinónimo de la corrupción e hipocresía de la extrema derecha.

Desde luego, Strache no lo vio venir. Durante años, la isla balear había sido su destino de vacaciones preferido, un símbolo de su vínculo con el electorado, en contraste con los políticos elitistas convencionales que preferían pasar sus vacaciones en ambientes más lujosos. Ahora se asociará para siempre con el final ignominioso de sus 14 años como presidente del Partido por la Libertad de Austria (FPÖ).  

Hay cierta ironía en el hecho de que Strache, que llevó a su partido al éxito prometiendo respuestas sencillas a problemas complejos, haya dejado al descubierto la corrupción de su partido de una manera tan descarada que todo el mundo puede entenderla. Engañado para reunirse con una supuesta millonaria rusa, y animado por –al menos– copiosas cantidades de Vodka Red Bull (la elección de la bebida energética es lo más patriótico que hizo aquella noche), procedió a ofrendar a su inversora potencial, una mujer a la que no había visto nunca, prácticamente todo lo que su país tiene para ofrecer.

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Los contratos públicos, anteriormente realizados por adversarios políticos, podían ser suyos si lo deseaba. Privatizar la empresa pública de radiodifusión ORF estaba dentro de los planes, siguiendo el magnífico ejemplo de su vecina Hungría. Y ni siquiera podía descartarse vender los suministros de agua potable de Austria, un tabú en la política del país centroeuropeo. Todo esto a cambio de una donación ilegal para la campaña de entre medio millón y dos millones de euros, como ya habían hecho otros inversores nombrados sin reparos por Strache. Quizá lo más resaltable sea que le prometió ayuda para adquirir una participación en el tabloide Kronen Zeitung, un gigante mediático y centro de poder político de largo recorrido en Austria. Si se produjera tal adquisición, supuso Strache, los periodistas críticos del diario serían reemplazados por simpatizantes y su partido podría ganar hasta siete puntos porcentuales en las próximas elecciones.

La corrupción manifiesta y el descaro mostrado en las grabaciones ocultas han generado una ola de conmoción en Europa y han dejado en shock a la población austriaca. A lo largo de este fin de semana, la palabra Ibiza se ha impuesto en cada discusión pública y privada. En los bares y cafeterías se han expuesto las mesas de discusión televisadas. Y el sábado, miles de personas se reunieron frente a las oficinas del canciller Sebastian Kurz exigiendo, con creciente impaciencia, una declaración pública. 

Kurz tampoco había previsto semejante reacción. Ha sido la primera vez que ha tenido que hacer frente a una crisis de la coalición como jefe de Gobierno. Antes de eso, los dos partidos gobernantes habían proyectado hacia el exterior un espíritu de armonía con una disciplina admirable. Al Gobierno le estaba yendo bien en los sondeos, los partidos de la oposición estaban anulados y el Partido Popular (ÖVP) había intentado explotar con astucia los inevitables escándalos habituales que surgían de la proximidad puntual del FPÖ a la ideología nazi, poniendo de relieve que el suyo era el partido presentable de la derecha. 

Kurz no tenía motivos para sospechar que ese fin de semana de mayo iba a ser diferente. Así, mientras Strache anunciada su dimisión y el público se iba impacientando, Kurz intentó sacar provecho de la desgracia de su compañero de coalición. Según los ministros del FPÖ, exigió la renuncia del ministro de Interior Herbert Kickl, el principal responsable de muchos de los escándalos antes mencionados y cuyas políticas reflejan la misma concepción de las libertades democráticas que manifiesta Strache en el vídeo de Ibiza. A cambio, Kickl podía tener cualquier otro ministerio, mientras que el ÖVP se haría cargo del de Interior. Si sus demandas se cumplían, Kurz estaba dispuesto a continuar con la coalición

En esto, parece que el estratega –por lo general, impecablemente astuto– ha cometido un grave error de cálculo. La presión procedente de las calles, así como la ejercida por otros políticos europeos, particularmente de la CDU/CSU alemana (donde es venerado como la personificación de la alternativa al conservadurismo de Merkel), pronto dejaron claro que seguir adelante con la coalición era una propuesta insostenible. El ambicioso Kurz no estaba dispuesto a poner en riesgo su posible futuro en la política europea por una coalición plagada de escándalos. Al contrario, el sábado por la noche, más de 24 horas después de la publicación del vídeo, anunció que no tenía más remedio que poner fin a la coalición con el Partido de la Libertad y convocar elecciones anticipadas. 

Desde entonces, Kurz ha tratado de mitigar las consecuencias de este paso en falso. Actuando como el jugador que es (al igual que su ídolo político, el ex canciller austriaco Wolfgang Schüssel), dobló su apuesta insistiendo en la destitución de Kickl, provocando así la dimisión de otros ministros del FPÖ y exponiéndose a una moción de censura contra el propio Kurz.

Independientemente del resultado de la votación, el caos político causado por estos sucesos ciertamente no es positivo en un país que valora la estabilidad y el consenso. Algunos observadores se preguntan si Kurz ha perdido su toque de ‘rey Midas’ y su aura de invulnerabilidad. 

No obstante, todavía puede salir victorioso de esta situación. En 2002, Schüssel se las arregló para hacerlo cuando la lucha interna en el Partido de la Libertad le valió el 42% de los votos y redujo los del FPÖ al 10%. Es evidente que Kurz, poniendo el énfasis en la estabilidad, usará esta estrategia de atraer a votantes decepcionados con el FPÖ. Respaldado por el Kronen Zeitung y otros medios de comunicación sensacionalistas –incluido el Bild alemán–, y enfrentándose a una oposición más bien dócil, Kurz es, en este momento, el candidato con más posibilidades; aunque podría estarse quedando sin compañeros de coalición después de que los dos últimos ‘matrimonios’ acabaran en ásperos ‘divorcios’.

Mientras tanto, parece que el FPÖ está decidido a arrastrar a Kurz al abismo al que se enfrenta. Continuará presentándose a sí mismo como víctima de una fuerza oscura, señalando lo sospechoso del momento elegido para revelar un vídeo de hace dos años y el hecho de que fuera publicado por un medio alemán. Si verdaderamente el objetivo había sido que el vídeo dañase a la extrema derecha en las elecciones europeas del próximo domingo, el efecto ha sido re-nacionalizar el debate político en Austria. En el clima actual, las elecciones a la Unión Europea parecen poco más que una ocurrencia. 

El sentido común y las primeras encuestas sugieren que los votantes del FPÖ descontentos pasarán el próximo fin de semana de mayo en casa, conduciéndolo a una dolorosa derrota electoral y asestando un duro golpe a la alianza de la derecha europea en uno de sus bastiones. También es cierto que ahora el Kronen Zeitung está llevando a cabo una campaña muy dura contra el FPÖ, que podría costarle al partido siete puntos porcentuales o más.

Sin embargo, es prematuro celebrar la desaparición del Partido de la Libertad. Tiene una organización eficaz sobre el terreno, en Norbert Hofer a un candidato que, en 2016, obtuvo casi la mitad de los votos para ser presidente y, según las confesiones de Strache en Ibiza, también cuentan con donantes de bolsillos llenos y bocas cerradas. Un fin de semana y una isla no serán suficientes para superar la amenaza que representa la extrema derecha. Ni en Austria, ni en Europa.  

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