El Indo-Pacífico: ¿un conflicto en ciernes entre China y EE.UU.?

Ningún espacio del mundo tiene estos días tan latente la competencia China-Estados Unidos como el Indo-Pacífico. Ni Europa, ni Medio Oriente, ni mucho menos América Latina son capaces de disputar el protagonismo a esa vasta región. Las visiones más pesimistas, encarnadas en el icónico académico estadounidense realista John Mearsheimer, postulan la posibilidad de un enfrenamiento directo entre ambas potencias. Sin dudas, el escenario más posible de conflicto entre las potencias es el Indo-Pacífico. El punto más sensible, el Mar de China Meridional. Es indudable que las tensiones se encuentran en aumento y sus consecuencias podrían ser impredecibles de cara al escenario global de la era pos-pandemia. Pero, ¿es la política militar China una amenaza inminente a la estabilidad mundial, pateando el tablero en el Indo-Pacífico? ¿Estamos en ciernes de un conflicto directo?

Los avances militares de la República Popular en las disputadas aguas del Mar de China Meridional, emplazadas en el corazón marítimo del este de Asia, llegaron a los titulares del globo en medio de la pandemia. Y es que la visibilidad que la propia Beijing ha dado a sus ejercicios militares y avances políticos en el territorio que disputa con otros cinco países de la región no pasó desapercibida ni por sus vecinos ni por Washington. Muestra de ello fue el anuncio del Gobierno chino en abril pasado sobre la creación de dos nuevos distritos como partes de la ciudad de Sansha, ubicada en la isla de Hainan, al sur del gigante asiático. Vietnam y Filipinas, cuyas reclamaciones territoriales se superponen con los de Beijing, no tardaron en reaccionar. Pero la asimetría evidente, así como su dependencia económica sobre el gigante asiático, imponen límites a su capacidad.

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Por su parte, Washington, que no tiene reclamos territoriales en la región, ha tenido un rol tradicionalmente clave en las disputadas aguas. De acuerdo con el discurso oficial de la Administración Trump, su objetivo es contribuir a la estabilidad y la seguridad de la región, en la que algunos socios son aliados de larga data, como Filipinas y Singapur. Además, se esgrime desde Washington, la fuerza naval norteamericana opera para mantener un compromiso con un “Indo-Pacífico abierto y libre”. La zona es comercial y económicamente estratégica. Allí tiene lugar el 60% del comercio internacional por mar, y circula una tercera parte del tráfico marítimo mundial. Posee grandes recursos petroleros y gasísticos, mientras que sobre su entorno costero vive nada más ni nada menos que el 27% de la población mundial.

De todas maneras, es indudable que ambas potencias están midiendo sus capacidades en este territorio; más allá de los alegatos de derechos históricos de soberanía o de la pretendida defensa de la libertad de navegación en el mar. Lo que distingue esta coyuntura de otros contextos anteriores es que, por primera vez desde el establecimiento del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, emerge en el este de Asia un poder que disputa la primacía geo-económica y geopolítica de Estados Unidos en el Asia Pacífico. Mientras que, para Bejing, la región efectivamente es su patio trasero, como América Latina para Washington. La reciente incorporación de un miembro de nacionalidad china al Tribunal Internacional del Mar se inscribe en la lógica de no dejar espacios vacíos en foros multilaterales en áreas estratégicas; más aún recordando el fallo de 2016 a favor de la reclamación de Filipinas en la disputa marítima, que Beijing ni acató ni reconoció.

El gigante asiático está determinado a responder a los avances de Estados Unidos en la región. Xi ha resuelto no enfrentarse abiertamente a Trump ni recrudecer su posición respecto de la guerra comercial. No obstante, el ascenso militar chino, que coincide con su consolidación como una de las principales potencias económicas del mundo, pone en alerta a los expertos en Seguridad Nacional cercanos a Washington. A su vez, Beijing está resuelto a adoptar una postura férrea frente a las demostraciones pro-democracia en Hong Kong o sus históricas reivindicaciones respecto de Taiwán. La política exterior china tiene muy claro hacia donde ir y con qué recursos económicos, diplomáticos y militares cuenta.

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Desde lo económico, la balanza se inclina claramente hacia China, que tiene vínculos profundos y dinámicos con todas las economías del Indo-Pacífico. Esto incluye a India, a pesar de su acercamiento a Estados Unidos. Desde lo estratégico, EE.UU. aún mantiene su superioridad, pero en declive. El Quad (su asociación con Japón, Australia e India) es la principal apuesta de Washington para mantener a sus aliados bajo su égida, pero tiene grietas. Al igual que todas las economías de la región, India, Australia y Japón se están enfrentando al dilema de la dependencia económica sobre China. Se niegan a aplicar la contención que anhela Mike Pompeo y añoran, en parte, la política más cooperativa del ex presidente Barack Obama, que, a diferencia de la Administración Trump, buscaba comprometer a Beijing en la construcción de un orden multilateral en el área del Asia Pacífico.

Sin lugar a dudas, el escenario actual en el Indo-Pacífico ya no es el mismo que hace tres años. Es mucho más competitivo, más conflictivo e, incluso, más inestable. La contienda se despliega en todas las dimensiones en esa región. A pesar de las preocupaciones y de la Administración Trump, el Gobierno de Xi está convencido de que la vía más importante para la consolidación del ascenso chino es el camino pacífico. Un conflicto militar abierto no le reportaría ningún beneficio en esta etapa de su desarrollo. Todo parece indicar que, muy a pesar de los pronósticos agoreros, de las muestras de poderío y de las profecías de la China threat que emanan constantemente de las fuentes más alarmistas de Washington, el conflicto militar directo es aún improbable.

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