El ‘lunes negro’ del petróleo

Este lunes 20 de abril nos hemos encontrado ante un hecho sin precedentes: el petróleo de referencia en los EE.UU., el West Texas (WTI), cotizaba en negativo por primera vez en su historia. Eso quiere decir que el productor de crudo paga dinero al comprador, una aparente contradicción económica que, sin embargo, no es tan extraña en los mercados energéticos en momentos concretos. En muchos mercados eléctricos, por ejemplo, hay puntualmente precios negativos cuando a los generadores les es menos costoso desembolsar dinero para que alguien les compre la electricidad generada que parar una central. La cuestión es que esto se da esporádicamente en esta industria por la naturaleza de la electricidad, que no se puede almacenar como tal y que está sujeta a ciertas restricciones debido a este hecho; pero jamás se había dado en un producto como el petróleo hasta que ha aparecido un problema similar: la falta de almacenamiento.

Por qué se ha llegado a estos precios se debe a una conjunción de elementos que podríamos denominar la tormenta perfecta. A principios de marzo, y ante la caída de la demanda de crudo, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) quiso pactar con Rusia una reducción de la producción. Ésta no quiso y, ante la negativa, Arabia Saudí comenzó a bombear más crudo para hundir el precio y hacer así daño a los rusos, como agresivo método de presión. Con este aumento se estaba produciendo más petróleo del demandado, lo que llevaba a aumentar las reservas.

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Lo que Arabia Saudí no imaginó al hacer aquella jugada es que la crisis de la Covid-19 se extendería por Occidente de la manera que lo hizo. En muy pocos días, casi toda Europa entró en confinamiento y en una semi-paralización económica, la epidemia avanzó hacia los Estados Unidos y los países de América Latina y el consumo internacional de petróleo se hundió. La previsión para el mes de abril es que la demanda de crudo caiga alrededor de un 30%, más o menos 30 millones de barriles diarios, algo sin precedentes y con mucha incertidumbre respecto a una posible recuperación los meses posteriores. Este exceso de producción llevó a aumentar todavía más las reservas, ya que no tenía sentido convertir ese petróleo en derivados invendibles.

Ante este panorama, la Opep y Rusia volvieron a la mesa de negociaciones y pactaron un recorte de 10 millones de barriles durante los meses de abril y mayo. Esa cantidad es muy inferior al hundimiento de la demanda, por lo que no corregía los desequilibrios, si acaso los minoraba, así que el precio del petróleo siguió una senda bajista fuera de algún altibajo habitual en estos casos. Se supone que otros productores que no estaban en el acuerdo, como EE.UU., apoyaban los recortes y harían su parte, pero entonces llegamos a este lunes negro.

Los precios negativos que estamos viendo son una cuestión puntual de un tipo de contrato determinado, pero muestran un problema de fondo mucho mayor. Los contratos de referencia WTI requieren una entrega física en mayo y nadie quiere ese petróleo en esa fecha porque no tiene sitio para almacenarlo. El enclave de Cushing, en Oklahoma, centro neurálgico de la industria petrolera estadounidense y donde se debe entregar físicamente el crudo, está cerca de llegar a su capacidad máxima de almacenamiento y se espera que llegue a ese punto durante el mes de mayo. La capacidad sobrante que le queda se llenaría con sólo dos días de producción petrolera estadounidense. Ni siquiera hay espacio de almacenamiento en los buques petroleros, donde los pocos que quedan se están haciendo de oro triplicando sus tarifas. En esta situación, nadie quiere llevarse el crudo en un plazo de tiempo tan corto. Contratos a más largo plazo o el Brent, que se negocia según unas reglas distintas, no han llegado a esta situación porque no están dentro de ese límite temporal que es el problema esencial, aunque también están viendo sus cotizaciones fuertemente afectadas.

En este contexto, lo lógico es pensar que los productores de petróleo estadounidense deberían reducir fuertemente su producción, pero eso no es tan fácil en un país con multitud de empresas que se dedican a la extracción y que deben pactar reducciones que satisfagan a todos. Para las grandes empresas es muy tentador dejar que el mercado se hunda por un tiempo y que esto provoque la bancarrota de sus competidores menos solventes, así que su interés por un pacto puede ser más débil. Parar la producción de un pozo tampoco suele ser fácil, reiniciarla después puede ser costoso y no recuperarse los niveles anteriores. Para colmo de males, el enorme endeudamiento de la industria petrolera estadounidense lleva a la necesidad de tener que vender al precio que sea para poder pagar las deudas. Una vez más, la tormenta perfecta.

Casi 250 pozos de petróleo han cerrado en las últimas semanas en los Estados Unidos y todo apunta a que esta situación seguirá durante un tiempo. Es pronto para saber las consecuencias de esto, pero este shock para una industria terriblemente endeudada como la del petróleo estadounidense puede ser histórico, y sus consecuencias terribles si la bajísima demanda perdura algunos meses más.

La Covid-19 está tensando todos los límites de la realidad económica que conocíamos y muchos sectores están pasando por situaciones que jamás se hubiesen imaginado. La industria petrolera no es una excepción. Y como no tenemos precedentes, ahora más que nunca somos incapaces de saber qué puede pasar. Hay quienes sueñan con que esto suponga un hundimiento del sector a nivel mundial, con pozos cerrando masivamente, quiebras generalizadas e inversores huyendo. Otros, en cambio, piensan que vamos a una larga época de petróleo barato.

La historia nos muestra una oscilación continua de los precios de esta materia prima. Los periodos de bajas cotizaciones nunca son eternos y tampoco viceversa. Al final, los productores siempre encuentran la manera de encarecerlo cuando la situación es propicia y al revés, los precios siempre acaban desplomándose por cualquier eventualidad económica como la que vivimos actualmente. No creo que esto cambie a medio plazo. El panorama actual puede ser catastrófico para la industria del petróleo, pero en cuanto la demanda se recupere y tengamos la oferta muy dañada, los precios volverán a resurgir con fuerza.

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Las cotizaciones del petróleo no se pueden estirar indefinidamente ni mantenerse cualquier precio. Existen costes de extracción que hay que cubrir, y un precio de la materia prima por debajo de ellos de forma duradera llevaría al cierre masivo de pozos y, quizá, a su abandono. Hay muchos países productores muy dependientes de los ingresos del crudo para cubrir sus presupuestos, y eso llevará a que las maniobras para encarecerlo sean constantes. Mientras dure la crisis de la Covid-19 el precio se mantendrá bajo, pero después subirá. Quien espere un futuro de petróleo barato durante mucho tiempo, creo que se equivoca; y también, quien crea que éstos pueden condicionar la transición energética.

Es más, como en tantos otros aspectos, es posible que uno de los efectos de la crisis del coronavirus sea acelerar dinámicas que ya se observaban antes. La desinversión en petróleo era algo que estaba sucediendo, y ante este panorama es probable que aumente. Tendencias como una mayor penetración del teletrabajo y, por tanto, una reducción de la movilidad laboral y su consecuente descenso de consumo de combustibles fósiles tiene bastantes visos de convertirse en algo estructural y creciente. La transición energética ya era tendencia antes de esta crisis y un crudo temporalmente barato no sólo no va a abortarla, sino que probablemente desate dinámicas inesperadas que la consoliden.

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