El malestar difuso de las derechas españolas

Poco a poco empieza a clarificarse qué es y de dónde proviene la revuelta originada en Andalucía y personificada por Vox. El Barómetro de enero y los diversos sondeos publicados en las últimas semanas reflejan el ascenso paulatino del nuevo partido. Además, los datos del CIS aportan ya más que indicios sobre el origen de los apoyos que están aupando al nuevo partido.

Vox empieza a dibujar las fronteras de su espacio político, que se extiende desde la derecha radical hasta zonas más moderadas (Gráfico 1). Ya es el primer partido en la posición más ultra (10), disputa la primera plaza en la posición 9 y supera a Ciudadanos también en la posición 8. En las zonas de centro y centro-derecha tiene un apoyo menor (aunque obtenga más votos en ellas porque son zonas electorales muy densas), pero suficiente para interferir en la competición Ciudadanos-PP.

Sin embargo, Vox apenas penetra en espacios de izquierda. Tal como hemos apuntado en artículos previos, eso disiparía (por el momento) el escenario de una ‘metamorfosis lepenista’ que achicase los apoyos de la izquierda y, en cambio, convierte la capacidad de movilización del electorado de izquierdas en la variable clave para el mantenimiento de la actual mayoría política de apoyo al Gobierno de Pedro Sánchez.

Los apoyos a Vox reflejan su capacidad para representar el malestar político difuso acumulado durante esta década en el electorado de derechas (Gráfico 2). Se trata de un malestar político y no económico, alimentado sobre todo por la insatisfacción por cómo el PP ha gestionado algunos desafíos políticos de estos años, como el pulso del independentismo en Cataluña, el papel desempeñado por los nacionalismos en la política española, las disfunciones del Estado autonómico y las percepciones de amenazas tradicionales como la inmigración. Esto ha producido una insatisfacción creciente con la política y su capacidad de garantizar el orden.

Algunos trazos: para los votantes de Vox, el paro no es un problema tan importante (apenas señalado por cuatro de cada 10 de sus votantes), mientras que a muy poca distancia se identifica la política, los políticos y los partidos como el principal problema (al que también podríamos añadir la preocupación por partidos concretos). También la preocupación por la corrupción, la inmigración y el papel de los nacionalismos es mayor que entre los votantes del PP e incluso de Ciudadanos.

Sin duda, el indicador que mejor demuestra y resume ese malestar difuso es el apoyo mayoritario (51%) a una España, sin descentralización ninguna, sin autonomías, a las que se percibe como las culpables del desgobierno y la amenaza al orden dentro de España (Gráfico 3). No está de más recordar cómo fue el propio Gobierno del PP, algunas autoridades de instituciones del Estado y la prensa conservadora madrileña quienes, en medio de la Gran Crisis, se encargaron de señalar las autonomías como el gran chivo expiatorio de los males que en aquel momento amenazaban con hundir la economía española en la quiebra y el descrédito. Un discurso emitido desde la derecha española precisamente cuando ésta acababa de conseguir el mayor nivel de poder autonómico y municipal de este período democrático. Aquel discurso caló en una parte del electorado menos convencido con la descentralización autonómica, y hoy se vuelve contra quienes lo alimentaron.

Las bases sociales de ese malestar político son significativamente distintas de los votantes que hace cuatro años impulsaron a PP y Ciudadanos (Gráfico 4). Según los primeros datos del CIS (diciembre de 2018), el voto de Vox proviene sobre todo de hombres maduros, sin dificultades económicas, con educación media y situados entre sectores bien establecidos de la clase media de capitales de provincias y entornos urbanos medios de la geografía española. 

Como ya hemos explicado previamente, parece mayor allí donde el PP se ha debilitado por crisis internas o problemas con la corrupción: Castilla-La Mancha, Murcia, Madrid, Extremadura, la Comunidad Valenciana o Baleares. Es una geografía que apunta asimetrías territoriales en la lucha por el voto conservador que podrían alterar la implantación electoral popular en buena parte de España tal como lo habíamos conocido hasta ahora.

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Este retrato nos ayuda a clarificar mejor algunas tramas de la competición electoral de los próximos meses.

Por un lado, Vox ha venido a intensificar la disputa entre la izquierda y la derecha, en claro contraste de los intentos por difuminarla por los nuevos partidos hace cuatro años.

Es más que irónico que su aparición pille en el peor momento a su oponente más alejado por el otro extremo, Podemos, algo que el PSOE probablemente no deje pasar. Hay, pues, margen para intensificar las estrategias de polarización por ambos lados.

Esa disputa polarizante puede descolocar a Ciudadanos, cuyo desafío ahora es salvaguardar su identidad como partido moderado. Acabadas sus aspiraciones para ocupar el espacio mayoritario del PP puede, sin embargo, erigirse como primer partido del centro-derecha si consolida sus votantes actuales. No hay que olvidarse de que después de las tormentas centrífugas llegan las calmas centrípetas, aunque no sabemos cuánto van a durar aquéllas.

Por el contrario, el PP se encontrará en un creciente dilema estratégico: siendo aún un partido orientado a mantenerse como fuerza central y mayoritaria, esa línea puede chocar con la necesidad de responder a la amenaza creciente de Vox desde la derecha dura. Una imagen vale más que mil palabras: ¿cómo competir contra Vox, el partido que promulga el retorno a la centralización del Estado, cuando casi la mitad de los actuales votantes del PP (y toda la elite del partido en posiciones de poder institucional) es favorable a mantener el Estado de las Autonomías tal como lo conocemos hoy? ¿Haciendo concesiones reaccionarias en esa cuestión o disputando el discurso y defendiendo con convicción el actual modelo territorial? No es sólo el qué, sino el quién: Casado y Núñez Feijóo son más convincentes cuando transmiten discursos casi opuestos en esta cuestión crucial.

En el fondo, como le sucede al PSOE en otros espacios, ése es el dilema al que el PP, y en menor medida, Ciudadanos, se van a ver abocados para contener la expansión Vox: ¿absorbiendo la esencia de su programa o deslegitimándolo rotundamente? Para lo primero se bastan las estrategias de campaña; para lo segundo hacen falta principios y convicciones. Los partidos mayoritarios tienen ambas cosas, pero no está claro cuáles prefieren priorizar cuando la agitación predomina sobre el orden.

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