El mundo de Biden: ¿dónde queda América Latina?

Intensa, cambiante y compleja es la relación de los países de América Latina con Estados Unidos. Y no es recíproca. La Doctrina Monroe, propuesta por el presidente estadounidense James Monroe el 2 de diciembre de 1823, sentó las bases para esa dinámica que se ha definido con el término patio trasero de Estados Unidos. El poderoso país del norte tiene una gran capacidad de influencia sobre los países del sur, desde México hasta Argentina, pero esa influencia se ha visto mermada por la fuerte entrada de capitales chinos en la región. Seis analistas responden a nuestra preguntas sobre las perspectivas de la integración americana, la influencia china y las relaciones y estrategias en Brasil, México, Cuba y Venezuela.

¿Cambian las perspectivas, actualmente pesimistas, para los distintos proyectos de integración americanos con el cambio de Gobierno en Estados Unidos?

Andrés Malamud es investigador principal del Instituto de Ciencias Sociales de la U. de Lisboa (Portugal)

No. El éxito de la integración regional en América Latina depende de dos factores: la existencia de ganancias potenciales de la escala (demanda) y la presencia de uno o más actores con recursos para afrontar los costes de la coordinación (oferta). En América Latina, con economías poco complementarias y estados débiles, el cambio de gobierno en Estados Unidos no altera las pobres perspectivas. En cuanto a la integración hemisférica, no parece estar en los planes de la nueva Administración norteamericana.

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¿Cabe esperar cambios sustantivos en la relación de América Latina con China?

Lourdes S. Casanova es profesora titular y directora del ‘Emerging Markets Institute’ (Cornell University, EE.UU). Becaria de «la Caixa».

No. El presidente Biden no va a cambiar su política internacional con respecto a China porque los americanos ven en a ese país como una amenaza para su poder global. Los aranceles para los productos chinos y las barreras a la inversión van a continuar, así como las presiones para seguirlas, más o menos fuertes, a sus aliados y vecinos. Pongamos, por ejemplo, al vecino del sur. A pesar de la retórica beligerante contra México, la Administración del presidente Trump ha mantenido una entente cordiale con Andrés Manuel López Obrador. El logro más importante fue el lanzamiento, en julio, del nuevo acuerdo de libre comercio, USMCA, el nuevo Nafta. Ese tratado escondía una cláusula que impedía a los países miembros firmar un acuerdo de libre comercio con un país cuya economía no esté clasificada como ‘de mercado’; es decir, con China. La prisa por firmar lo que parecía un acercamiento entre los vecinos era parte de la guerra comercial contra China.

Las presiones de distinto calibre son ahora ley, una ley que nadie de la nueva Administración de Biden va a cuestionar. En Sudamérica, las inversiones chinas continúan avanzando. El país asiático es el primer socio comercial y el tercer inversor directo en Brasil, después de Estados Unidos y España. Durante la pandemia, el comercio entre Brasil y China ha aumentado en términos absolutos y relativos. Los discursos contrarios al país asiático del presidente Bolsonaro no hacen mella en el avance económico de la potencia asiática en el país sudamericano, que va a seguir su camino. Las presiones del vecino del norte van a continuar, pero las inversiones chinas son a largo plazo y ya es tarde para cambiar el curso. ¿Presionará el presidente Biden a Brasil o considerará que ahí ya se ha perdido la batalla con un presidente que está en su contra? El tiempo dirá.

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Bolsonaro ha sido un aliado incondicional de Trump y ahora se queda más solo en el contexto regional. ¿Afectará el cambio de Gobierno en EE.UU. al escenario electoral de Brasil?

Daniela Campello es profesora de Política y Relaciones Internacionales en la Fundación Getúlio Vargas, Río de Janeiro (Brasil)

Sí. La derrota de Trump tendrá un impacto tremendo en el Gobierno de Bolsonaro y en sus perspectivas electorales. Un presidente estadounidense comprometido con la democracia aumentará significativamente los costes del avance autoritario del mandatario brasileño, lo que constituye un cambio muy relevante con respecto a los años precedentes. El regreso de Estados Unidos al multilateralismo obliga a un cambio de rumbo de la política exterior brasileña, por el riesgo de un aislamiento internacional jamás experimentado por el país. Lo mismo ocurre con la política ambiental, que choca con la priorización de una agenda de conservación ya anunciada por Biden.

Finalmente, sin Trump el Gobierno de Bolsonaro pierde su norte: desde el desprecio por las instituciones internacionales hasta el discurso anti-China, el presidente brasileño nunca ocultó su deseo casi infantil de imitar la figura de su homólogo norteamericano. Su manejo de la pandemia siguió paso a paso la del presidente estadounidense, ya fuera en la negación, el entusiasmo por la cloroquina o el desdén por la evidencia científica. Si el relativo éxito de Trump hasta principios de este año ha dado impulso a esta estrategia, el fracaso electoral de éste apunta a un agotamiento de la ola populista que ha devastado al mundo, alentada por Trump. Hasta las elecciones de 2022, se habrá agotado la retórica de demonización amigo-enemigo de la oposición y, al igual que Trump, Bolsonaro tendrá que responder por su gobierno y defender su legado ante los votantes. No será una tarea fácil.

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Andrés Manuel López Obrador ha tenido una relación contradictoria con Trump, quien había amenazado con construir un muro que finalmente no hizo. ¿Cambiará la relación entre EE.UU. y México?

Alberto J. Olvera es investigador del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana (México)

Si. Las relaciones ya se han complicado por la decisión de López Obrador de no reconocer el triunfo de Biden y asumir una posición de espera que lo iguala con la actitud asumida por los autócratas del mundo. La elección de Joseph Biden representa un duro golpe para el Gobierno mexicano. Su mandatario parecía haber establecido un acuerdo informal, transaccional, con Trump: a cambio del control mexicano de su frontera sur para detener la migración centroamericana, y de aceptar la expulsión a la frontera norte desde Estados Unidos de todos los migrantes ilegales, el presidente norteamericano Trump aceptaría, primero, la firma del nuevo Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México; y, segundo, no instaría a su aplicación estricta, obteniendo una licencia discrecional para no cumplir con los estándares laborales y ambientales que impone el tratado, inalcanzables para el Gobierno mexicano.

Probablemente, la Administración Biden intentará una aplicación progresiva del pacto comercial, que es también laboral y ambiental, y a cambio relajará sólo un poco la presión fronteriza. Esta nueva disposición será problemática en ambos campos. De un lado, dada la magnitud de la crisis económica y humanitaria que está causando la pandemia de la Covid-19, es esperaba que la migración centroamericana y mexicana aumenten exponencialmente, y detenerla será cada vez más complejo y políticamente costoso. De otro, la absoluta carencia de capacidades operativas del Gobierno mexicano en los campos ambiental y laboral causará inevitablemente fricciones constantes con los ejecutivos de Canadá y Estados Unidos.

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¿El régimen de Nicolás Maduro se queda más solo sin Trump como enemigo al que atribuir todos sus males? ¿Cambia algo en la situación y expectativas de recuperación de la democracia en Venezuela?

Margarita López Maya es profesora titular (jubilada) del Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) de la Universidad Central de Venezuela (UCV)

A medias. Para Maduro, el imperio es el imperio, y la cara de quien lo preside no modifica demasiado su uso de las teorías conspirativas y las batallas épicas. El discurso seguirá funcionando bien hacia dentro. Sus grandes aliados afuera también seguirán con él, por ahora. Pero, si bien la política estadounidense hacia Venezuela es bipartidista, por las declaraciones en campaña de Joe Biden y su equipo podríamos ver cambios graduales que harían sentir a Maduro más sólo, porque prometieron cambiar las estrategias para liderar y/o acompañar los esfuerzos de la comunidad internacional para responder a la crisis humanitaria y producir las condiciones para unas elecciones libres.

EE.UU. es un actor clave en el destino venezolano; sin embargo, no es el único ni el decisivo. Ese cambio se está retrasando por la debilidad de la lucha interna en el país, atribuible a muchos factores. La estrategia opositora de Juan Guaidó no ha funcionado y, apoyada por Trump, terminó produciendo una extrema dependencia de esa lucha de las directrices y los recursos norteamericanos. Ahora surge la oportunidad de rectificar. El Gobierno de Biden debiera apoyar los esfuerzos de los actores que están buscando en Venezuela construir un movimiento nacional robusto y plural, que encuentre las condiciones para una salida electoral negociada.

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En la narrativa del régimen cubano, el enemigo exterior siempre ha funcionado como una pieza central. ¿Influye sobre la estrategia del Gobierno cubano el cambio de Administración en EE.UU.?

Jorge Dezcallar es diplomático fue embajador de España en Estados Unidos entre 2008 y 2012

Sí. A la nomenklatura cubana le pasa lo mismo que al régimen iraní de los ayatolás, que contra los EE.UU. viven mejor. Y es posible que eso sea bueno para los gobernantes de ambos países, pero no para los pueblos, que sufren las sanciones primarias y secundarias que Washington les impone, un bloqueo internacional particularmente grave en época de pandemia, y que encima tienen que soportar la excusa de que la mala relación con Estados Unidos es la causa de sus problemas. Cuba no será una prioridad para la Administración Biden. Y no lo será porque las prioridades del futuro presidente estadounidense serán inicialmente domésticas: la lucha contra la pandemia, las injusticias raciales y la mala situación económica.

Cuba tampoco figura en una lista internacional donde la relación con China, las negociaciones de desarme nuclear con Rusia, el problema de Irán o la nuclearización de Corea del Norte tienen prioridad. Como la tiene también la restauración de un mundo multilateral, con reglas e instituciones que las mantengan. Además, la minoría cubana de Florida es muy fuerte y lo acaba de demostrar en las últimas elecciones votando a favor de Trump. Cualquier presidente norteamericano cuida mucho ese frente interno y Biden no será una excepción, porque deberá tener en cuenta voces en su propio partido, como la del Senador Bob Menéndez, contrarias a la normalización. Biden irá despacio y con mucha prudencia; pero dará al Gobierno cubano menos excusas que su predecesor para justificar la asfixiante falta de libertad y la nefasta gestión de la economía.

(Acceda aquí a la cobertura de Agenda Pública sobre las elecciones estadounidenses, con análisis y datos exclusivos)

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