El mundo de Biden: Estados Unidos, la democracia y los asuntos globales

Donald Trump ha rechazado las políticas contra el cambio climático y ha atacado a los medios de comunicación, denunció fraude electoral (sigue haciéndolo) y ha denunciado un discurso en redes sociales que éstas han censurado. Los medios de comunicación y el cuestionamiento de las encuestas también entran en esta bolsa de contradicciones y ataques al sistema. ¿Qué perspectivas de cambio hay y qué lecciones nos deja este proceso electoral?

La nueva Administración promete dar la vuelta a los ataques a las políticas contra el cambio climático de la Administración Trump. ¿Se espera que lo haga?

Isabella Alcañiz es profesora asociada y subjefa del Departamento de Gobierno y Politica, Universidad de Maryland (EE.UU.)

Durante su campaña, el ahora presidente electo hizo pocas promesas electorales. Se comprometió, ante todo, a no ser el presidente Trump y brindar una alternativa anti-racista y tolerante. Prometió también atacar de inmediato la emergencia de salud pública creada por la pandemia y volver a gobernar apoyado en la Ciencia. Por último, prometió dar la batalla contra el cambio climático.

Con un Senado en contra, como se espera que ocurra, Joe Biden dependerá de los decretos presidenciales, ya que cualquier reforma legislativa le será vedada por el Partido Republicano. Hay dos medidas que el Gobierno demócrata señaló como prioridades. Primero, volver a los Acuerdos de París sobre cambio climático y reestablecer la cooperación internacional en el área. Segundo, restituir las protecciones ambientales que el presidente Barack Obama pasó por decreto. Éstas regulaban las emisiones de la industria energética y fueron desmanteladas por el Gobierno de Trump. Dadas las necesidades electorales de mantener contentos a los estados del cordón industrial y energético en la Costa Este y el Medio Oeste del país, se espera que el Gobierno de Biden se asemeje a la Administración Obama en el área ambiental; esto es, mucha cooperación internacional, con reforma moderada en casa y dejando en manos de los estados muchos de los detalles de los decretos federales de protección ambiental. Claro que en los cuatro años que han pasado entre administraciones demócratas, el clima ha acelerado su trayectoria de deterioro. Dado que la emergencia climática es cada vez más urgente, es poco probable que políticas moderadas den respuesta inmediata a los ciudadanos estadounidenses, quienes sufren a diario los efectos catastróficos del cambio global.

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Para muchos, la iniciativa de Twitter censurando mensajes de Trump ha sido una proeza; para otros, un verdadero ataque a la libertad de expresión. ¿Deben las redes sociales privadas controlar los contenidos?

Joan Barata es ‘Intermediary Liability Fellow’ en el Center for Internet and Society de la Stanford Law School (EE.UU.)

Sí. Las plataformas controlan los contenidos, en primer lugar, en la medida en que éstos se encuentran sujetos a los límites legales aplicables a cualquier otro mecanismo de distribución. Evidentemente, lo importante en este caso es que el juicio de ilegalidad no deba hacerlo la plataforma por sí misma, sino en virtud de un mandato procedente de la autoridad competente y sobre la base de un procedimiento adecuado. En todo caso, existe un consenso mayoritario sobre que, en casos excepcionales de manifiesta ilegalidad (retransmisión en directo de un ataque terrorista, pornografía infantil, etc.), las plataformas pueden y deben actuar expeditivamente y por iniciativa propia.

En segundo lugar, las plataformas establecen, más allá de los límites legales, sus propias normas y mecanismos internos de moderación de contenidos. Esta práctica es consecuencia de la importante presión a la que éstas están sujetas por parte de instituciones públicas, la sociedad civil y los usuarios, a fin de que eliminen contenidos indeseables (si bien no necesariamente ilegales): desinformación, spam, determinadas formas de hostigamiento, promoción de conductas socialmente indeseables, etcétera. En este segundo ámbito, la discusión se centra en la necesidad de que dicha moderación de contenidos (que se considera inevitable e incluso deseable) se lleve a cabo sobre la base de criterios tales como la transparencia, la claridad y la previsibilidad, la no-discriminación entre usuarios y la posibilidad efectiva de recurrir o cuestionar las decisiones de las plataformas por parte de los usuarios.

[Escuche el ‘podcast’ de Agenda Pública: ¿Peligra la democracia en Estados Unidos?]

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Lo ocurrido durante el proceso electoral, ¿refuerza el prestigio de los medios de comunicación como actores centrales en las democracias? ¿O alimentará la grieta en Estados Unidos?

No. Debe destacarse el esfuerzo de muchos de los medios por moderar las expectativas de la ciudadanía respecto a un proceso electoral con diferencias específicas por la lentitud con que se obtendrían los resultados debido al escrutinio de más de 60 millones de votos por correo; y también por enfatizar la falta de evidencia de los clamores de fraude manifestados por el presidente Donald Trump. Pero existen varios factores que posiblemente afectarán a la ya deteriorada confianza en el rol de los medios y favorecerán la polarización político-social.

En primer lugar, las encuestas fallidas que muchos de ellos produjeron o reprodujeron (otorgando márgenes sobredimensionados a la fórmula Biden-Harris), han hecho que los republicanos, especialmente, se cuestionen si aquéllas ayudaron a desmovilizar o desmotivar a los votantes de su partido. En segundo lugar, la descoordinación en la declaración de ganador en estados como Arizona (mientras Fox News y AP otorgaron el triunfo a Biden el miércoles siguiente a la jornada electoral, el resto de los medios tardó varios días) hizo a votantes de ambas filas –y por diversas razones– preguntarse por los motivos de tales diferencias de criterio. En tercer lugar, el hecho de que sea precisamente una agencia de noticias como AP la que declarara al ganador de la elección (aunque de manera no oficial), en un contexto en el que se ha satanizado a los medios y en el que un 86% de los estadounidenses (Gallup-Knight Foundation) considera que son parciales, favorece que el electorado del partido derrotado dude de la veracidad y neutralidad de los resultados anunciados y se genere mayor resentimiento. Tres cuartos de los republicanos manifiesta tener una visión desfavorable o muy desfavorable de los medios de comunicación. 

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¿Fallaron las encuestas?

Alberto López es doctorando en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Zúrich (Suiza)

No, si el objetivo era acertar el ganador. Todas predecían que Joe Biden sería el próximo presidente y así será. Además, con la excepción de dos estados (Florida y Carolina del Norte), los estados se pintaron del color que apuntaban la mayoría de modelos. Esto explica por qué la sensación generalizada es que no se ha repetido el escenario de 2016. Los encuestadores respiran tranquilos.

Si comparamos el error medio de las encuestas con los resultados provisionales, la historia es distinta. Las encuestas han fallado más que hace cuatro años. Mientras las más rigurosas daban en 2016 una ventaja de cuatro puntos a Hillary Clinton (ganó el voto popular por dos), esta vez daban a Biden como ganador por más de ocho puntos. Aunque aún no se han terminado de contar los votos (los resultados de Alaska no se han sabido hasta hoy; los de Georgia se van a recontar manualmente, uno a uno), los mejores modelos auguran que el margen de victoria definitivo de Biden no superará los cinco puntos. Esto es, tres puntos, uno más que con Clinton. Este año, el error se dispara hasta los seis puntos si nos fijamos en los estados republicanos. Entonces, ¿por qué los ‘pollsters’ han vuelto a infraestimar el voto a Trump? El error ya no puede atribuirse a que las encuestas no incluyan a los votantes no educados (tras el fracaso de 2016, han incluido esta vez pesos y cuotas) ni una alta tasa de indecisos (ha sido especialmente baja en 2020).

Los encuestadores respiran tranquilos, han acertado el ganador, pero el contador está en marcha para dilucidar los errores de este año (¿dificultad para sondear votantes hispanos?). Es hora de volver a refinar la herramienta.

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¿Sale perjudicada la imagen de Estados Unidos de esta contienda electoral?

Gonzalo S. Paz es profesor adjunto del Center for Latin American Studies de la Universidad de Georgetown (EE.UU.)

Sí. La indefinición de las elecciones, las alegaciones de corrupción son, sin duda, un muy mal ejemplo para los procesos electorales en países democráticos de todo el mundo, ya que todo se pone en tela de juicio. Sostener la confianza de los ciudadanos en la integridad y credibilidad deseos procesos es una tarea muy importante, y el Estado es el que tiene la principal responsabilidad en esta tarea de generar, y no minar, la confianza. En la democracia norteamericana, esa confianza y credibilidad electorales se habían construido durante más de dos siglos.

Las recientes diferencias entre el ganador del voto popular y los miembros elegidos para el Colegio Electoral (Gore vs. Busch, en 2000, y Hillary Clinton vs. Trump, en 2016) y los eventos de estos días erosionan ese capital de credibilidad en la integridad del proceso electoral acumulado laboriosamente. No existe la elección perfecta. En vez de encontrar evidencia y acudir a los tribunales, se legitima el litigar random, a ver si se encuentra algo, en aras de una épica personal a cualquier precio. Y ello no sólo se convierte en un problema doméstico, sino que repercute en la política exterior y en el valor de la democracia a lo largo y ancho del mundo. Muchos estarán tentados de razonar que si allá hacen así, entonces aquí...

En efecto, a los estadounidenses les gusta mucho la idea de la singularidad del experimento político histórico que encarnan, reflejado en aquella frase bíblica de “una ciudad que brilla en lo alto de la colina”, un verdadero faro que guía, ilumina y reconforta. El soft power, parte del capital de su política exterior, se desbarata a ojos vista.

(Acceda aquí a la cobertura de Agenda Pública sobre las elecciones estadounidenses, con análisis y datos exclusivos)

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