El mundo de fantasía de Trump

La Convención Republicana (RNC) simboliza la actual disyuntiva americana entre democracia y autoritarismo. Como representación de la segunda opción, los actos de festejo y elevación de la persona de Donald Trump plantean una pregunta impensable hace pocos años para el caso estadounidense: ¿puede el populismo devenir en fascismo?; ¿puede la democracia autodestruirse y convertirse en dictadura? Como realidad signada por la propaganda y centrada en la lealtad a un líder mítico que lo sabe todo y que se presenta como dueño del Estado, la RNC fue atípica en muchos sentidos.

El principal es que fue planteada como una versión de fantasía de la realidad. Pensada entonces como evento en su conjunto, la capacidad de una técnica fascista de propaganda para negar la realidad e, incluso, crear universos alternativos marcó y definió la Convención como un gran acto de representación de la realidad; pero no como ésta se refleja en la percepción empírica y los hechos, sino más bien como la construcción del mundo ideal del trumpismo. El mundo no es como es, sino como a Trump y a sus seguidores les gustaría que fuera.

En este marco, muchos asistentes y participantes no utilizaron máscaras, pues la crisis de la Covid-19 no tiene lugar en el país exitoso y sin enfermedad que propone el caudillo norteamericano. Si un marciano hubiese visto la Convención no se hubiera imaginado que el virus representa el gran peligro de estos días. Los asuntos principales fueron, además de la bonanza económica de fantasía y el peligro del socialismo (también una fantasía), la bondad y la sabiduría del Trump íntimo que no vemos en público. La lealtad al líder y la necesidad de confiar en su promesa de que todo será extremadamente mejor fue el tema central. En suma, la Convención rompió con el molde tradicional para convertirse en un ritual del culto al líder, mas típico de las dictaduras fascistas que de las democracias representativas.

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En su discurso final, Trump mintió 20 veces en poco más de una hora, y entre sus mentiras figuraron datos incorrectos sobre la cifra de muertos, la extensión de la enfermedad y la rápida posibilidad de una vacuna, aunque el virus ocupó una parte mínima de su soliloquio. Lo mismo pasó con los discursos que le precedieron.

El país vive una crisis económica, política y social, pero en la versión trumpista pasa todo lo contrario: de lo que se trata es de tapar el sol con las manos, para luego negar su misma existencia. Creer en la versión alternativa no implica sólo cerrar los ojos y negar lo que uno ve, sino aprender a mirar y lograr ver lo que en realidad no existe. En este marco, agudos observadores, como la socióloga de la Cornell University Mabel Berezin, han presentado la Convención como «el triunfo de la voluntad de Trump 2.0». Los paralelismos con los festejos y los documentales del nazismo no son exagerados, pues a la propia ilegalidad del acto (el lugar elegido para finalizar la Convención, la Casa Blanca, nunca se había usado para actos políticos) se le suma el hecho de que los discursos y la propaganda racista encubierta fueron impactados también en la práctica por la represión policial a mansalva y por actos terroristas de sus seguidores paramilitares, como el caso de un joven armado con un rifle de asalto que decidió asesinar a sangre a fría dos manifestantes en Kenosha, Wisconsin.

La Convención Republicana marca un punto de inflexión en la historia misma del Partido Republicano, que se ha convertido lisa y llanamente en el partido de Trump. Como analizaron los politólogos Steve Steve Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro sobre cómo mueren las democracias, una vez que los partidos políticos abandonan sus compromisos y responsabilidades civiles y legales para convertirse en vehículos de la voluntad del líder, la democracia sufre grandemente. Esto es lo que esta pasando en Estados Unidos.

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En este punto, la Convención representa la prueba más contundente, y asimismo, el clímax de esta transformación de un partido programático en vehículo caudillista. Si el partido propuso históricamente una conjunción de valores conservadores, neo-liberalismo y libre comercio, hoy día se ha convertido en pasivo receptor del racismo, la xenofobia y las medidas plutocráticas y proteccionistas de Trump.

La Convención se inscribe en la mentira, la ilegalidad y el nepotismo. Por primera vez en la historia de las convenciones, la familia del candidato ocupó la mitad de los discursos. Pero lo más notable es la ausencia de un programa, que fue reemplazado por la idea de que Trump personifica lo que la gente quiere, incluso cuando los votantes no saben bien qué quieren. En ese sentido, la falta de propuestas concretas fue sustituida por la reiteración hasta el hartazgo, en los discursos, de la persona del caudillo Trump como propuesta central. El presidente estadounidense es el pueblo y el país y, por lo tanto, su voluntad es de la de todos. Esta idea trinitaria de ‘un hombre, un pueblo, una nación’ tiene raíces fascistas, pero fue luego retomada históricamente en clave democrática por los populistas. Es decir, éstos, como el argentino Juan Perón o Getulio Vargas en Brasil después de 1945, la desvincularon de la dictadura para darle un marco personalista electoral, que fue a la vez autoritario y democrático. Esa dimensión democrática de que el líder minimiza, pero no destruye, el marco legal y constitucional es la que Trump, y sus secuaces globales como Viktor Orbán en Hungría, Narendra Modi en la India, Rodrigo Duterte en Filipinas y Jair Bolsonaro en Brasil están dejando detrás. Su populismo se acerca cada vez más al fascismo.

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