El mundo hacia la descarbonización

La victoria de Joe Biden en las elecciones presidenciales es la última noticia positiva que nos ha traído este 2020 respecto a la transición energética y la lucha contra el cambio climático. Primero fue la Comisión Europea, que propuso el aumento del objetivo de reducción de emisiones para 2030 pasando del 40% anteriormente aprobado a “al menos el 55%”, propuesta que el Parlamento Europeo pretende aumentar y llevar al 60%. Pocos días después, el presidente chino Xi Jinping declaró ante la asamblea de la ONU que su país se comprometía a llegar a las cero emisiones netas para 2060, uniéndose a la Unión Europea en esta ambición, que plantea este mismo objetivo para una década antes. En los últimos días, además, hemos escuchado declaraciones del presidente surcoreano Moon y del primer ministro japonés Yoshihide Suga afirmando que sus países también se comprometen con las cero emisiones netas para 2050.

La victoria de Joe Biden probablemente añadirá un nuevo país a este grupo de pioneros, pues el candidato victorioso ha prometido un plan para que EE. UU llegue al objetivo de emisiones netas cero a más tardar en el año 2050. De hecho, el candidato se ha comprometido vía tuit a volver a reincorporar a su país al Acuerdo de París, una vez de hizo oficial la salida de EE. UU de este.


Que los gobiernos de la Unión Europea, EE. UU, China, Japón y Corea del Sur estén comprometidos con la descarbonización para 2050 o 2060 es un paso de enorme envergadura que no podíamos ni haber imaginado hace muy poco tiempo. Estos países representan juntos alrededor del 70% del PIB mundial y más del 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global, por lo que ya estaríamos hablando de un compromiso mayoritario con la descarbonización de la economía mundial en tres o cuatro décadas.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

A pesar de este cambio en la presidencia, el proceso de descarbonización en EE. UU no depende solo de quien ocupe la Casa Blanca. Trump prometió en 2016 que haría renacer a la industria del carbón, pero ha pasado lo contrario. El presidente saliente también es declarado enemigo de la energía eólica, sin embargo, la instalación de aerogeneradores no ha parado de aumentar, y principalmente en estados gobernados por republicanos. Hay tendencias internacionales y desarrollos tecnológicos que no se pueden parar y en EE. UU el poder de los estados es muy grande y pueden impulsar su propia agenda. Además, el poder del presidente para dar ordenes ejecutivas es limitado y el congreso y el senado tienen importantes atribuciones. Si los demócratas no controlan ambas cámaras (y probablemente no tengan mayoría en el senado), sus planes se verán limitados.

El plan original de Biden es destinar 1,7 billones de dólares de inversión federal para realizar inversiones climáticas, que serían complementados con inversiones del resto de administraciones y del sector privado hasta alcanzar los 5 billones. Probablemente pueda realizar parte de este plan si controla el congreso, pero una mayoría republicana en el senado que no se muestre colaborativa podría impedir muchos cambios en la política energética, como un estándar de energía limpia o una introducción de tasas de carbono a nivel federal

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En todo caso, que los EE. UU se reincorporen al Acuerdo de París ofrece un alivio a la lucha internacional contra el cambio climático, siempre desesperadamente lenta y dificultada por algunos países que no quieren más que acuerdos de mínimos cuando no directamente declaraciones retóricas vacías de contenido. Sin el mal ejemplo norteamericano de desentenderse de los problemas climáticos, será más difícil que los países más reacios encuentren excusas para no avanzar en los acuerdos internacionales. Si Biden, gracias a sus poderes ejecutivos, recupera las decenas de reglas que Donald Trump suspendió y desarrolla otras nuevas orientadas a favorecer la transición energética, la señal para la propia economía estadounidense será clara y la proyección internacional del cambio energético en EE. UU también

Una victoria de Donald Trump no hubiese paralizado la lucha contra el cambio climático ni la transición energética, aunque hubiese representado un riesgo permanente. Por la misma razón la victoria de Biden no garantiza nada per se, pero no deja de ser una noticia positiva que abre una ventana de esperanza. No obstante, no perdamos de vista que el proceso de descarbonización es un proceso de décadas y en estos años se van a producir muchos cambios de gobiernos en los países democráticos. Generar amplios consensos políticos o, alternativamente, conseguir que las ideas a favor de la descarbonización sean hegemónicas y, así, asumidas por tus adversarios, es una necesidad política de primer orden. La extrema polarización observada en EE. UU y la fuerza demostrada por el trumpismo no hace prever un escenario así, y ese es quizá el punto más oscuro de una victoria esperanzadora. 

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