El muro de los lamentos

Uno de los detalles más reveladores sobre el muro de Donald Trump es que fue concebido como un truco nemotécnico. Según ‘The New York Times’, en 2014 varios asesores de campaña llegaron a la conclusión de que el hoy presidente, caótico y deslavazado, sólo sería capaz de expresar un mensaje anti-inmigración aferrándose a una idea simple, contundente y ligada a su experiencia en el sector de la construcción. La idea fuerza de un inmenso muro en la frontera sur de Estados Unidos serviría para estructurar la mente errática del candidato y centrar sus intervenciones públicas.

Precisamente por eso la iniciativa, cargada de simbolismo, carece de sentido práctico. Ya existen vallas y barreras parciales entre EE.UU. y México. En múltiples puntos de los 3.000 kilómetros de frontera que comparten, los obstáculos naturales –desiertos, montañas– hacen redundante la construcción de un muro. La principal fuente de inmigración irregular en el país continúan siendo los visitantes que prolongan su estancia una vez que sus visados expiran. Incluso varias organizaciones que abogan por controles migratorios más estrictos insisten en que el muro no debiera ser una prioridad.

Con todo, también sería obtuso concluir que la idea es desdeñable por estúpida. Aunque fraudulenta, la noción de un muro que detiene una oleada migratoria amenazante funciona como un resorte poderoso en el imaginario del ‘trumpismo’. Para muchos seguidores del presidente –blancos empobrecidos que, sin ser los estadounidenses más vulnerables, tienen motivos para sentir inquietud respecto al futuro–, su valor simbólico es difícil de exagerar. También para una oposición que ve en él la culminación del proyecto de Trump; al margen de que muchos demócratas, incluidos Barack Obama y Hillary Clinton, apoyasen la construcción de vallas fronterizas en el pasado.

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Así las cosas, la humillación que Trump sufrió la semana pasada, cuando cedió ante el Congreso y permitió la reapertura del Gobierno federal sin obtener un solo dólar para el muro, amenaza con resquebrajar el núcleo duro de su apoyo electoral. Hasta ahora, el presidente ha mantenido una base pequeña pero compacta: índices de aprobación del 80% al 90% entre votantes republicanos, que representan un 40% del país. A juzgar por las críticas de comentaristas de derechas hasta ahora leales al presidente, como Ann Coulter o varios tertulianos de Fox News, Trump no seguirá contando con su apoyo incondicional si posterga la construcción del muro. Necesita resultados tangibles cuanto antes.

El problema es que no dispone de medios para obtenerlos. Tras perder la mayoría legislativa republicana en noviembre, Trump ha confirmado que es un negociador torpe y un pésimo operador en política. Se tendió una trampa descomunal a sí mismo al proclamar, en una extraña negociación televisada, que si no obtenía financiación para el muro se responsabilizaría de un cierre del Gobierno federal que ha terminado siendo el más largo en la historia de EE.UU. (35 días: del 22 de diciembre al 25 de enero). Una vez iniciado el shutdown, su Administración se pegó varios tiros en el pie, ninguneando a los 800.000 funcionarios que no estaban siendo pagados o presentando sus servicios –en línea con la tradición ultraliberal del Partido Republicano– como prescindibles. Cuando los controladores aéreos se negaron a continuar trabajando gratis, la Administración se vio obligada a rectificar.

A la ineptitud del presidente y la exitosa (des)movilización de empleados federales hay que añadir el talento de Nancy Pelosi. La demócrata californiana, que vuelve a presidir la Cámara Baja (ya lo hizo entre 2007 y 2011), ha demostrado ser una negociadora consumada, manteniendo unida a su bancada y anticipando los traspiés de presidente. Su éxito plantándose frente a Trump refuerza una idea que los demócratas ya tenían interiorizada: de cara a las elecciones presidenciales de 2020, realizar una oposición sin concesiones es atractivo tanto para las bases demócratas como –cada vez más– para el público general.

En teoría, Trump está a tiempo de reconducir la situación. Ha cedido ante Pelosi, pero sólo durante tres semanas, tras las cuales el Gobierno federal volverá a quedarse sin financiación. Pero nada augura que el siguiente tira y afloja le vaya a resultar menos ingrato. Tampoco declarar una emergencia nacional y recurrir a fondos militares para la construcción del muro parece una opción viable, en vista tanto de lo excepcional de la medida como de lo poco popular que es el proyecto, especialmente en muchas comunidades fronterizas con México.

¿Hay vida después del ‘trumpismo’?

Esta impopularidad se corresponde con la del propio presidente. Las encuestas sitúan el índice de aprobación de Trump en torno al 37%, más bajo que el de cualquiera de sus predecesores recientes en el ecuador de su mandato. La excepción es Ronald Reagan, que en 1983 cosechaba una valoración idéntica a la de Trump, pero terminó por convertirse en el paradigma del presidente republicano exitoso.

Trump quisiera emular la hoja de ruta de Reagan con políticas fiscales expansivas: un recorte de un billón y medio de dólares en impuestos, combinado con un aumento del gasto militar. Como advierte Paul Krugman, nada indica que la receta de los años 80 vaya a funcionar en 2019, con una economía recalentada, tipos de interés bajos y proyecciones económicas agoreras a medio plazo. La oficina presupuestaria del Congreso, una de las pocas agencias federales que mantiene su neutralidad política, estima que EE.UU. cerrará el año fiscal con un déficit del 4,2% del PIB: 900.000 millones de dólares, que en 2022 podrían ascender al billón. También limita las previsiones de crecimiento del 3,1% de 2018 a un 2,3%. Un descenso agravado por el impacto de las tarifas comerciales (0,1% del PIB) y las pérdidas asociadas al shutdown: 8.000 millones de dólares, de los cuales 3.000 millones no se recuperarán tras la reapertura.

Cabe recordar que Trump ha vendido un crecimiento boyante y la euforia bursátil como logros exclusivos de su Presidencia, y que la situación económica del país es uno de los pocos indicadores con que tanto demócratas como republicanos se muestran relativamente satisfechos. Por esa regla de tres, un deterioro podría interpretarse como un fracaso personal del presidente, anulando la condición más decisiva para su reelección. Sin crecimiento económico ni muro fronterizo, el ‘trumpismo’ puede convertirse en un proyecto político agotado a mitad de mandato.

¿Qué vendrá después de Trump? El Partido Republicano no puede desentenderse de una personalidad que, pese a ser ampliamente rechazada por la mayor parte del país, es extremadamente popular entre sus bases. Y que, a la hora de la verdad, mantiene un discurso similar al del resto del partido, si bien más directo y vulgar. Lo difícil será encontrar candidatos con las cualidades que convirtieron a Trump en un fenómeno rompedor (estatus de celebridad, reputación de magnate exitoso, escasa identificación partidista, unidas a un programa de derecha radical). Por encima de todo, no pueden desentenderse del muro y lo que simboliza –protección para su electorado, xenofobia desbocada para la mayor parte del país–, por más que a muchos republicanos no les interese construirlo. Ocurre que los muros pueden proteger ante amenazas externas, pero también encerrar y asfixiar a quienes los erigen.

En el Partido Demócrata se multiplican los aspirantes a suceder a Trump. Aumenta también la tentación de encontrar al nuevo Barack Obama: un político carismático, moderno, articulado y razonable que reunifique al país. El centro-izquierda, como los monarcas franceses según Talleyrand, no olvida ni aprende nada. Pese a sus mejores intenciones y una etiqueta impecable, Obama presidió sobre un país profundamente polarizado, que tras su Presidencia optó por la de Trump. Ante la sacudida de consensos básicos y la impresión de que los partidos políticos se desvanecen aumentan también las veleidades de candidatos independientes como Michael Bloomberg o Howard Schultz, que quisieran contrarrestar la imagen de Trump con la de un multimillonario bueno.

Sólo el sector financiero estadounidense parece tener un diagnóstico coherente del cuadro que se avecina. A sus directivos les entusiasman las rebajas de impuestos y la desregulación de esta Administración, pero les desagrada la volatilidad del presidente, al que cambiarían gustosamente por un demócrata moderado. Su peor escenario no es la reelección de Trump, sino un triunfo del ala izquierda del Partido Demócrata, liderada por Elizabeth Warren o Bernie Sanders. Dos candidatos que representan una ruptura con el statu quo previo a 2016, y que plantean soluciones ambiciosas a muchas de las dinámicas (desigualdad, precariedad, volatilidad económica) que propiciaron la elección de Trump.  

Tanto Sanders como Warren –que ya ha anunciado su candidatura– contarían con el apoyo de la incipiente facción socialista en el Partido Demócrata. En una periodo de polarización en que los políticos destacan más por cultivar enemigos que por sus propuestas, la condena de Wall Street representa un espaldarazo formidable para los demócratas progresistas.

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