El Perú político al desnudo

Las elecciones congresales extraordinarias de este 26 de enero, sin estar acompañadas por unas presidenciales, han sido una oportunidad única para poner a prueba la fortaleza de las organizaciones partidarias en el Perú. La última elección no contó con locomotora, como se dice en la jerga política para referirse a la candidatura presidencial, que facilite el arrastre del voto. El resultado es el que uno podía esperar: un Congreso más fragmentado que el anterior.

No obstante, este resultado ha sorprendido a muchos. Llama la atención, en especial, lo obtenido por algunas agrupaciones como el Frente Popular Agrícola Fia del Perú (Frepap) y Unión Por el Perú (UPP), que una semana antes de las elecciones no se encontraban en el pool de listas con posiblidades de pasar la barrera electoral del 5%.

La novedad de esta jornada, por consiguiente, proviene en parte del espejismo de mayor continuidad y organización del precario sistema de partidos que proyectaban los últimos congresos, gracias a algunas reglas electorales; particularmente, la simultaneidad de la votación congresal y la presidencial y la no regulación sobre contratación de publicidad electoral privada. Lo que normalmente ‘ordenaba’ el sistema partidario peruano era la continuidad de ciertas candidaturas presidenciales más que la vigencia o empuje de colectividades políticas con arraigo en el territorio y vida orgánica. Al no haberlas en esta ocasión, como tampoco publicidad electoral, la política peruana ha quedado al desnudo.

Más aún: a diferencia de la votación del Congreso Constituyente de 1992 (elección extraordinaria post autogolpe, no coincidente con una presidencial), en 2020 el presidente Martín Vizcarra no ha contado con una lista parlamentaria en la contienda, como sí tuvo Alberto Fujimori. En aquella ocasión, la existencia de una lista oficialista ayudó mucho a ordenar la convocatoria, al plantearla como plebiscito presidencial. La popularidad del entonces presidente facilitó la concentración del voto en torno al oficialismo, que obtuvo el 49% de los votos válidos. No obstante, la resultante fue un Congreso casi tan dividido como el actual, en tanto que el voto se dispersó entre otras listas pequeñas, dada la decisión de la mayoría de los principales partidos de entonces de no presentarse a la contienda. Sin barrera electoral, nueve agrupaciones obtuvieron escaños en esa Cámara Constituyente.

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Pero, más allá la especificidad de esta elección, otros dos factores nos ayudan a comprender la composición del Congreso electo. Primero, los peruanos han castigado mayoritariamente a los partidos que, en la Cámara disuelta, lideraron el obstruccionismo político al Ejecutivo en relación a las reformas judicial y política, además de blindar a personajes cuestionados. Sin duda, el Apra y Fuerza Popular son los grandes derrotados. El segundo ha pasado de 73 a 12 congresistas electos. El primero no pasó la valla electoral por primera vez en su historia.

Incluso los ex oficialistas que retuvieron y renombraron el otrora vehículo gubernamental (Peruanos Por el Kambio) fueron castigados por su complicidad con el fujiaprismo en el momento de mayor confrontación política. Lo mismo sucedió con Solidaridad Nacional, que aceptó las candidaturas de emblemáticos ex fujimoristas responsables del obstruccionismo; particularmente, Rosa Bartra. Si bien congresistas de Acción Popular (AP) y Alianza Por el Progreso (APP) fueron aliados coyunturales del fujiaprismo y desempeñaron un rol nefasto poco antes de la disolución del Congreso, hubo líderes partidarios que les criticaron (AP) o que fueron parte del Ejecutivo (APP), lo que posiblemente diluyó su responsabilidad frente a la ciudadanía. A ello se suma que, entre los partidos nacionales, sus símbolos partidistas fueron los que más capitalizaron las elecciones regionales y municipales de 2018.

Esto nos lleva al siguiente punto: el comportamiento de la mayoría del Congreso disuelto contribuyó a minar más la legitimidad de esta institución y, en general, del ‘establishment’ político. Aparece como obstruccionista, inútil, corrupto y encubridor para gran parte de la ciudadanía (el 85% aprobó la disolución decidida por Vizcarra) y alimenta también la apatía y desafección de los electores, evidenciada en la falta de interés que concitaron estos comicios, el alto número de indecisos hasta la última semana y un aparentemente elevado número de votos blancos y nulos (hay que recordar que el voto en Perú es obligatorio y su incumplimiento es sancionado).

Muchos ciudadanos decidieron su voto cuando ya estaba prohibido publicar encuestas. La revisión de las cifras de Ipsos revela, además, que las papeletas de estos indecisos no las capitalizaron los partidos con mayor representación en el Congreso disuelto, sino más bien opciones de fuera de este establishment, particularmente las populistas (de mano dura, nacionalistas y hasta xenófobas). Esto podría explicar particularmente el apoyo por plataformas como las encarnadas por el ex ministro del interior Daniel Urresti (Podemos) y el etnocacerismo vinculado a Antauro Humala (UPP).

En tercer lugar, sin publicidad electoral contratada de forma privada por los partidos en la radio y televisión de cobertura nacional, los medios tradicionales (cara a cara) de hacer política y los virtuales se han vuelto más importantes para la movilización del voto. Ésta fue la primera elección después de que los peruanos aprobaran, por referéndum en 2018, la prohibición de compra de espacios publicitarios en radio y televisión durante las campañas. Sin ellos, estos comicios se pelearon, fundamentalmente, en las calles y las redes. Quienes tuvieron mayor oportunidad de disputar palmo a palmo el apoyo de los indecisos durante la última semana fueron, por un lado, aquellos que lograron una mejor proyección de sus candidaturas en redes sociales y, por otro, las agrupaciones con mayor capacidad instalada a nivel local para realizar el tradicional trabajo de campaña.

Por ello, no extraña que figuras más conocidas como Martha Chávez (Fuerza Popular) y con gran actividad de redes, como Alberto De Belaúnde (Partido Morado) o Daniel Urresti (Podemos Perú), obtuvieran un alto respaldo en una plaza como Lima. Por otro lado, la necesidad de apoyarse en redes preexistentes de activistas que facilitaran la organización de actividades de campaña cara a cara resultó clave. De ahí que las maquinarias nacionales que más y mejor se movieron en las sub-nacionales del 2018 (AP y APP) tuvieran una ventaja relativa: estaban más engrasadas.

Pero este factor explica también dos sorpresas: UPP y el Frepap. El primero es, en la práctica, lo que se conoce popularmente en Perú como una franquicia electoral: un registro partidario en el que un grupo propietario políticamente insignificante negocia, en cada elección, la incorporación de candidaturas eventuales pero sin inscripción vigente. A cambio de esta alianza electoral, coloca algunos de sus pocos miembros y espera mantener vigente su inscripción. UPP fue, por ejemplo, el vehículo electoral de Ollanta Humala en 2006. Esta vez, se alió con su hermano (Antauro Humala) y su movimiento de etnocaceristas para prestar su logo y permitirlos participar en la contienda. Compuesto por varios ex licenciados del servicio militar obligatorio, el movimiento etnocacerista tiene bases locales bastante organizadas (en términos comparados) en el sur del país.

(Finalmente, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) excluyó la candidatura de Antauro por la sentencia firme, a 19 años de prisión, por los delitos de rebelión, homicidio simple, sustracción de armas de fuego y secuestro agravado tras el asalto a la comisaría de Andahuaylas que el mismo liderara en el 2005).

Por su parte, el Frepap es una organización política con más de 30 años de vida que cuenta con un soporte orgánico firme en la iglesia de los Israelitas del Nuevo Pacto Universal. Como el antropólogo Abdul Trelles resaltara en un reciente ‘post’, esta agrupación mantiene una actividad notable. Con todo, queda investigar más lo que le ha permitido a este grupo alcanzar una votación tan alta.

Para terminar, y volviendo al punto inicial, vale hacer una última apreciación sobre la elección. El desempeño de todas las agrupaciones políticas ha sido penoso. Ningún partido sobrepasa el 10%-12% de los votos válidos. Los partidos premiados con su reelección mantienen en el mejor de los casos la proporción de papeletas que obtuvieron en 2016 (APP) o la incrementan ligeramente (AP). Sumando los sufragios válidos de la izquierda, que este año se presentó dividida (Frente Amplio y Juntos Por Perú), no alcanzan el casi 14% que obtuvieron hace tres años. A ello se suma el evidente castigo de Fuerza Popular, el Apra y Contigo (ex PPK).

Por su parte, las nuevas agrupaciones elegidas tampoco muestran resultados impactantes (cerca del 9% en el caso del Frepap y un 8% para Podemos Perú y el Partido Morado). Observamos una disputada lucha entre hormigas, con hormigueros poco efectivos. No lo olvidemos cuando, en 2021, las candidaturas presidenciales seguramente vuelvan a ocultar esta debilidad.

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