El plebiscito y la inmensidad del mar

Decía el volador Antoine de Saint-Exupéry que, si quieres construir un barco, no reúnas a gente para recoger madera ni les asignes tareas, debes enseñarles a añorar la infinita inmensidad del mar. En Cataluña, la construcción de un barco propio está ocupando un espacio protagonista que traslada a un segundo plano todo lo demás. Cualquier debate, cualquier cuestión, parece encajarse en la figura preponderante en el panorama político: el proyecto de construir un barco, la añorada infinita inmensidad del mar. El viaje hacia Ítaca.

El eje tradicional izquierda-derecha –el que “funciona” en la mayor parte de democracias– dejó de ser el esquema principal en la política catalana, hace ya tiempo, cediendo su paso al eje “más-menos catalanismo” y, posteriormente, al “más-menos independencia”. Este proceso no ha parado de aumentar hasta encontrarnos con unas elecciones inéditas. Para una gran parte de la población y de las fuerzas políticas estamos ante unas elecciones plebiscitarias, por primera vez en España (quizás, tras las del 14 de abril de 1931). No se debaten, prácticamente, temas políticos fuera de uno: sí o no. Construimos o no el barco. Nos vamos o nos quedamos.

La encuesta de GESOP publicada ayer por EL PERIODICO refleja con claridad el momento extraordinario que vive la política catalana. En primer lugar, es destacable la diferente movilización electoral que existe en ese eje continuo “independencia-no independencia”. Los individuos que se identifican con ambas posiciones se muestran más movilizados que los que se sitúan en posiciones más intermedias. Son, por lo tanto, los partidos que plantean posiciones intermedias, la reforma del encaje de Cataluña en España pero no su secesión, los que poseen un electorado más indeciso. Este es el caso, especialmente, del electorado de Catalunya Sí que es Pot (CSQEP) y PSC. Una baja participación electoral, pues, beneficiaría a los partidos con un electorado más movilizado. Sin embargo, no parece que este vaya a ser el caso. Todo apunta a que los ciudadanos con posiciones intermedias, que actualmente se muestran más indecisos, van a acabar participando en las elecciones.

Lo que nos lleva a la extraordinaria importancia de esta campaña electoral. Se trata de una campaña fuera de lo común, casi-monotemática, atravesada por una Diada que escenificará la capacidad de movilización de los sectores pro independencia. Cuanto más monotemático sea el debate (independencia sí o no), mayor será el carácter plebiscitario de las elecciones y más indecisos tenderán tanto a uno como a otro lado del debate. Los principales interesados de que esto suceda, pues, son Junts pel Sí, CUP, PP y C’s. Este último ha capitalizado de manera extraordinaria la movilización de quienes se oponen al proyecto independentista y, por lo tanto, se verá beneficiado por una mayor concentración del debate en torno a este único punto.

En cambio, tanto Catalunya Sí que es Pot (CSQEP) como el PSC buscarán una campaña que plantee un debate político más amplio, en un intento contracorriente de reducir el carácter plebiscitario de las elecciones del 27-S y al mismo tiempo, insistirán (o deberían insistir para movilizar a su electorado) en propugnar las bondades y la viabilidad de una reforma del encaje de Cataluña dentro de España. Rehuir el debate será, precisamente, lo que llevará a su electorado potencial a decantarse por uno de los dos polos. La aparición de nuevas formaciones como Podemos generó expectativas entre el “electorado intermedio” en el eje “independencia-no independencia” como una forma de canalizar su malestar por las relaciones con el gobierno central. Sin embargo, no está claro que estas expectativas se encuentren satisfechas para parte de su electorado potencial que esperaría una mayor definición de sus propuestas en esta cuestión.

La aparente quiebra de la ambivalencia

La opinión pública, como nosotros mismos, está de manera natural sumida en la ambivalencia. Nos puede gustar nuestro trabajo, nuestra ciudad o la vivienda en la que vivimos, pero podemos identificar aspectos con los que no nos sentimos nada cómodos. Esto sucede igualmente en nuestras actitudes políticas, nuestras preferencias electorales o la opinión que tenemos sobre tal o cual personaje político. Decenas de quilos de investigaciones de sociología y ciencia política ponen de manifiesto cómo los ciudadanos viven con (y necesitan) opiniones (aparentemente) contradictorias entre sí. Al parecer, nada puede ser totalmente blanco o negro. Ni en nuestras relaciones personales, ni en nuestras actitudes políticas. La opinión pública catalana ha sido, tradicionalmente, profundamente ambivalente ante ella misma. Sus identidades, en general, son múltiples. Apenas el 6% de quienes viven en Cataluña se siente solo español y cerca del 20% solo catalán. La mayoría comparte identidades.

El deseo de independencia ha estado presente en las instituciones catalanas siempre que ha habido democracia en la que expresarla. Sin embargo, esta expresión nunca había sido tan numerosa. En la era pre-sentencia de inconstitucionalidad del Estatut, la proporción de independentistas en Cataluña se situaba en torno al 30%. Lo ocurrido desde entonces en la política española no ha hecho sino alimentar la añoranza de la infinita inmensidad del mar. Hoy la sociedad catalana, por primera vez desde la Transición, se muestra profundamente divida. 

El deseo de independencia alcanzará la mitad de los escaños el 27-S. La otra mitad estará, a su vez, dividida. Las elecciones que plantean una decisión ante la ambivalencia arrojarán un Parlament lleno de contradicciones. La ambivalencia sigue viva.

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