El populismo y la paradoja del libre comercio

El libre comercio se ha convertido en uno de los grandes debates de la política internacional de los últimos tiempos, un ámbito central de aplicación de la geoeconomía, entendida como el uso de instrumentos económicos para defender intereses nacionales, entendidos especialmente en términos de seguridad o geopolíticos. Un ámbito que, hasta hace poco, estaba reservado, aparentemente, a la esfera de una élite política que tomaba una serie de decisiones basándose en un cierto consenso sobre su conveniencia y resultados positivos y su crítica de una izquierda antiglobalización más o menos radical, y que hoy se ha vuelto un asunto recurrente y central en el debate político sobre el orden internacional actual y está marcado crecientemente por las divergencias. Líderes políticos como Donald Trump lo han convertido en una de sus principales banderas y un importante punto de unión con su base.

En los últimos días el debate sobre el libre comercio ha estado marcado por dos supuestos concretos. En primer lugar, la reunión del G-20 en Osaka donde, como viene siendo habitual, las importantes divergencias entre sus miembros solo hicieron posible una declaración de mínimos. Las diferencias en el ámbito medioambiental o en la cuestión del proteccionismo, pese a los esfuerzos de la delegación japonesa, no han permitido llegar a más.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

En segundo lugar, la adopción de un nuevo acuerdo de libre comercio por parte de la Unión Europea con uno de los bloques económicos más relevantes en lo que a integración regional se refiere: el Mercosur. Este acuerdo, que llega después de veinte años no ha estado exento de polémica ni de divisiones.

Al menos cuatro o cinco Estados encabezados por un país tan importante en el marco europeo como Francia han mostrado sus reservas y han abierto la posibilidad de no aprobarlo en caso de que Brasil saliese del Acuerdo de París pero, especialmente, por las consecuencias negativas que podría tener en el sector agrario francés y, también, en el de otros Estados miembros incluyendo España. Asimismo, una parte de los diputados del Parlamento Europeo y diferentes organizaciones agrarias se han mostrado abiertamente en contra del mismo y han pedido que no se suscribiese. Estos antecedentes auguran un proceso de ratificación por los diferentes Estados miembros con numerosas resistencias y cierta oposición, especialmente en Francia, donde Marine le Pen ya ha comenzado a abanderar su rechazo.

El caso de España tiene cierto interés por el importante apoyo diplomático aportado, en un importante giro de 180 grados en relación a la posición crítica original del presidente del gobierno respecto del CETA, dado que los argumentos en contra del acuerdo anterior servirían igualmente y, a mayor escala, respecto del acuerdo suscrito con el Mercosur.

Uno de los principales argumentos de los partidarios de este acuerdo como Alemania o España, además de resaltar los sectores económicos que se verían beneficiados por el acuerdo frente al rechazo inicial de Francia, fue el de que “no se podía ceder el paso a argumentos populistas y proteccionistas sobre la política comercial”. Este argumento encierra una paradoja y es que, en numerosas ocasiones, los acuerdos de libre comercio no se han convertido en un antídoto frente al populismo. Por el contrario, estos acuerdos se han convertido en uno de los principales argumentos esgrimidos por los líderes populistas cuando los resultados del mismo han incidido en la pérdida de riqueza y empleos para determinados sectores de la población local o, cuanto menos, así ha sido percibido por estos. El caso estadounidense es un ejemplo de manual a este respecto.

Desde los años 90 y siguiendo el optimismo de aquella década y las concepciones positivas de los líderes políticos sobre la globalización, Estados Unidos suscribió una serie de acuerdos de libre comercio con diferentes Estados. El NAFTA fue uno de estos ejemplos. Más tarde, la Administración Obama defendió la negociación de acuerdos comerciales a gran escala, tanto en el ámbito del Pacífico como del Atlántico. Parte de las razones que justificaban estas propuestas, como se ha hecho notar, eran razones políticas, especialmente en el caso del TPP, que excluía a China del acuerdo, en lo que ha convertido a dicho tratado en uno de los casos más claros de aplicación de instrumentos geoeconómicos.

Los acuerdos de libre comercio fueron un tema central del debate en las elecciones primarias estadounidenses y presidenciales del año 2016. Contra lo que se podría pensar por los planteamientos en algunos medios, no fue uno de los principales elementos de disenso entre candidatos de partidos diferentes. La crítica de estos acuerdos unía a Donald Trump con representantes de la izquierda demócrata como Bernie Sanders e incluso obligó a Hillary Clinton a matizar su discurso en la materia, dada la percepción negativa de diversos sectores de la población estadounidense sobre los resultados de los mismos, traducidos en desindustrialización y pérdida de empleos.

Una vez llegado al poder y, en el marco de su política jacksoniana, el presidente Trump retiraría a Estados Unidos del TPP y renegociaría el NAFTA, así como acuerdos bilaterales como el suscrito con Corea del Sur en su objetivo de frenar el déficit comercial estadounidense. El libre comercio, pues, se mostró como un instrumento del ascenso del populismo antes que como un antídoto frente a él.

El ejemplo estadounidense nos enseña que la adopción de los acuerdos de libre comercio debe basarse en criterios pragmáticos de coste-beneficio cuyos resultados deben ser evaluados cuidadosamente y sus efectos en los sectores perdedores analizados y revertidos en la medida de lo posible. En ningún caso pueden fundarse de manera exclusiva en criterios ideológicos basados en la bondad innata de su naturaleza como si de una panacea se tratase, pues como todo instrumento político su naturaleza positiva o negativa depende de las consecuencias que produce. De lo contrario, la paradoja antes mencionada resultaría en un fortalecimiento del populismo en lugar de su debilitamiento, revirtiendo los objetivos declarados de aquellos que, con buenas intenciones, promovieron dicho fenómeno.

Autoría

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.