El reto de la movilidad laboral europea (y española)

Está cerca de cumplirse un año desde que la Comisión Europea presentara su hoja de ruta para la profundización de la Unión Económica y Monetaria, la cual giraba principalmente en torno a propuestas de carácter financiero y fiscal, algo entendible dada la importancia en tal cometido de medidas tales como la creación de un fondo monetario europeo o la consolidación de una auténtica Unión Bancaria. No obstante, se echa de menos por parte de la Unión Europea medidas igualmente ambiciosas para reforzar uno de los pilares básicos de cualquier área monetaria: la movilidad laboral.

Tal y como ya sostuvo a comienzos de los 60 Robert Mundell en su Teoría de las Áreas Monetarias Óptimas (que más tarde le valdría el Premio Nobel), la elevada movilidad interna de los trabajadores es uno de los factores a tener en cuenta en el buen funcionamiento de un área monetaria, pues facilita la amortiguación de los ‘shocks’ asimétricos. Sin embargo, esta amortiguación se ha producido de manera deficiente en la crisis de la eurozona, dando lugar a una década de improvisaciones, austeridad y continuas tensiones políticas entre el norte y el sur del continente (el penúltimo capítulo, Italia). Sirva de ejemplo que mientras el porcentaje de residentes europeos en edad laboral que en 2015 se mudaron a otro Estado miembro comunitario fue del 0,4%, el ratio de residentes estadounidenses en la misma franja de edad que lo hicieron a otro Estado del país alcanzó el 1,75%. No en vano, sólo el 3,9% de los europeos en edad de trabajar vive en un Estado miembro distinto al de su nacimiento, ratio que palidece frente al 28,4% en el caso estadounidense. Y aun resultando obvia la injusticia de esta comparativa por los siglos de historia común de los Estados Unidos frente a las pocas décadas de libre circulación de trabajadores europeos, no deja de ser pertinente puesto que el dólar y el euro, como divisas de referencia mundial que son, se enfrentan a los mismos desafíos.

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¿Pero cuáles son los motivos concretos por los que las migraciones dentro de la Unión Europea son todavía tan limitadas? Dejando al margen que, en ocasiones, son los propios países quienes no lo ponen fácil, en el último Eurobarómetro monográfico dedicado a esta cuestión (de 2010; quizás va siendo hora de una actualización), el 63% de los encuestados no se mostraba dispuesto a emigrar a otro país europeo en caso de estar desempleados y con dificultad para encontrar trabajo en su lugar de residencia, siendo de carácter personal los tres principales motivos esgrimidos para rechazar la mudanza, todos ellos por delante de la barrera lingüística.

Principales motivos que desaniman a trabajar en otro país (2010)Fuente: ‘Special Eurobarometer 337’, Comisión Europea, junio de 2010.

Que las principales dificultades sean más personales que prácticas podría explicar que la movilidad intraeuropea no sea únicamente baja entre diferentes países, sino también dentro de la mayoría de éstos. De hecho, el 63% citado en el párrafo anterior tan sólo baja al 45% cuando se trata de emigrar a otra región del mismo país.

Porcentaje de la población que ha cambiado de residencia dentro del país entre 2007 y 2012Fuente: ‘381 Million Adults Worldwide Migrate Within Countries’, Gallup, 15 de mayo de 2013.

En el caso de España, tras las décadas de los 60 y 70, en las que un importante flujo migratorio se dirigió a los polos industriales en pleno desarrollo, la intensidad de los movimientos interprovinciales ha ido decayendo paulatinamente en términos relativos, estabilizándose en los últimos años en torno al 1,5%. De tal manera, puede observarse cómo en las dos últimas décadas el porcentaje de españoles en edad laboral residentes en una provincia distinta a la de su nacimiento es de tendencia inequívocamente descendente.

Índice de ‘aloctonía’ provincial de españoles en edad laboral (1998-2017)Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística.

Y efectivamente, según el último Barómetro del CIS en el que se preguntaba por esta cuestión (de 2012; tampoco estaría de más una nueva oleada), entre los principales motivos por los que el 59,1% de los españoles se mostraban poco o nada dispuestos a trasladarse a otra zona del país también predominaban los de naturaleza personal; lo que puede ayudar a entender que actualmente coexista una tasa de paro del 24,7% en Cádiz con una del 8,3% en Huesca.

Principales motivos por los que se muestra poco o nada dispuesto a trabajar en otro lugar de España (2012)Fuente: Barómetro de febrero de 2012, Centro de Investigaciones Sociológicas.

A pesar de lo difícil que puede resultar el fomento de la movilidad cuando las principales barreras son de esta índole, hay ámbitos como el de la portabilidad de derechos (tales como las pensiones) o el del reconocimiento de las cualificaciones profesionales en los que hay margen para avanzar hacia una mayor integración del mercado laboral europeo. Igualmente, una mejora de las redes de transporte que redujese la duración y/o el coste de los viajes también impulsaría la búsqueda de trabajo fuera por parte de todos aquellos reacios a alejarse de su tierra y de sus seres queridos.   

Una vez expuestos los datos, me gustaría acabar el artículo con una reflexión un poco más personal. Aunque en términos macroeconómicos sea deseable una elevada movilidad laboral intraeuropea, desde un punto de vista social, muy probablemente, la Unión Europea no deba converger a largo plazo en un modelo nómada como el de Estados Unidos, en el que la gente se muda más de 11 veces a lo largo de su vida, las familias apenas se juntan en Navidad y Acción de Gracias y se producen despoblaciones masivas de los territorios en crisis. Por el contrario, a lo que habría que aspirar es a alcanzar un punto intermedio que permita una mejora en el funcionamiento de la ‘eurozona’ sin llegar a tales niveles de desarraigo personal y de desmantelamiento de tejidos urbanos y rurales en problemas. Esperemos que se consiga.

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