El sistema electoral, los partidos ‘medianos’ y el Seat 600

Varias encuestas recientes (aquí, aquí y aquí), aunque no todas (aquí), comienzan a dibujar un escenario político en el que hasta cinco candidaturas (PSOE, PP, Ciudadanos, Unidos Podemos y Vox) podrían obtener un porcentaje de votos y escaños notable en unas hipotéticas elecciones generales. Dar por buenos esos pronósticos no deja de ser un ejercicio aventurado, especialmente con los actuales niveles de incertidumbre y volatilidad electoral. La experiencia nos dice, además, que predecir los resultados de los nuevos partidos es especialmente difícil; complejidad a la que debe añadirse la propia de aventurar el número total de escaños a partir de muestras reducidas al nivel de circunscripción. Una vez introducidas las debidas cautelas, es posible conjeturar cuáles serían los posibles efectos del sistema electoral sobre los distintos partidos.

Para ello puede resultar útil, en primer lugar, analizar qué sucedió en las elecciones de 2015 y 2016, cuyo rasgo más novedoso fue la abrupta atomización de la oferta política (la fragmentación electoral y parlamentaria en 2015 fue la más alta de nuestra historia democrática reciente) y, más concretamente, en el surgimiento de los partidos ‘medianos’. Hasta entonces, en ninguna de las 11 elecciones anteriores ningún partido había sido capaz de situarse en el intervalo de votos que va del 10,8% obtenido por el Partido Comunista de España en 1979 y el 25,7% de Alianza Popular en 1986. Estos 15 puntos suponían un espacio virgen en la historia electoral española, del que además desconocíamos su interacción con las reglas del sistema electoral. Sin embargo, en 2015 y 2016 hasta tres formaciones obtuvieron porcentajes de voto dentro de esa franja hasta entonces desconocida: PSOE, Podemos y sus confluencias y Ciudadanos.

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De entrada, el PP, que obtuvo el 28,7% y el 33% de los votos, respectivamente, disfrutó de las habituales primas que otorga el sistema electoral al partido vencedor, en especial si es conservador. Por otro lado, el PSOE, que en ambas elecciones se movió en torno al 22% de los votos, siguió beneficiándose de las primas que ese mismo sistema adjudica al segundo partido más votado, aunque de forma mucho menos intensa que al PP. Por su parte, la suma de coaliciones en torno a Podemos, que optó por trenzar alianzas con distintas confluencias, así como con IU en las elecciones de 2016 formando Unidos Podemos, obtuvo en torno al 21% de los votos en ambas convocatorias; esta estrategia le permitió amortiguar en buena medida las penalizaciones del sistema electoral, obteniendo un porcentaje de escaños prácticamente equivalente al de votos recibidos.

De este grupo de partidos, Ciudadanos fue sin duda el principal damnificado: con unos resultados que fluctuaron entre el 14% y el 13%, el sistema electoral le castigó con penalizaciones de 2,5 puntos en 2015 y casi cuatro puntos en 2016.

¿Qué implica la novedad de los partidos ‘medianos’? La principal lección del último ciclo electoral parece consistir en que, con resultados en torno al 20% de los votos válidos, el sistema electoral atribuye a cada partido un porcentaje de escaños equivalente a su porcentaje de votos. A medida que el número de papeletas aumenta a partir de este umbral, comienza a premiar en términos de escaños a los partidos con cierta sobre-representación, especialmente si esos partidos se encuentran entre las dos fuerzas más votadas en las circunscripciones de tamaño pequeño o moderado.

Por el contrario, el sistema electoral castiga duramente a los partidos con menos del 20% de los votos, y es especialmente cruel cuando el porcentaje es inferior al 15%.

Por tanto, y desde consideraciones de ingeniería electoral, la dimensión óptima de voto de estos nuevos partidos ‘medianos’ radica en obtener al menos el 20% de votos para que los sesgos no les perjudiquen. Si un partido se sitúa a medio camino entre el tamaño mediano y el pequeño (entre el 10% y el 20%, por ejemplo), es probable que el sistema electoral le penalice. Estos porcentajes deben tomarse con cautela, pues los partidos no reciben sus apoyos electorales de manera uniforme a lo largo del territorio estatal: no todos responden a una igual geografía electoral. De modo que, con un igual porcentaje de votos total, en función de dónde concentren sus apoyos, los partidos pueden resultar bonificados o perjudicados en mayor o menor medida. Todo lo demás permanece igual: tradicionalmente, los partidos de corte conservador (UCD y PP) han resultado particularmente favorecidos.

Ahora bien, aunque el escenario electoral de las generales de 2015 y 2016 ha sido el más atomizado de la etapa democrática reciente, el que proyectan las encuestas lo es si cabe más aún. Concretamente, se augura la irrupción de Vox, concediéndole algunos sondeos más del 12% de los votos a nivel nacional. Pero no sólo eso: el PP habría visto menguar sus expectativas, pasando de ser la primera fuerza política con holgura a convertirse en un partido ‘mediano’ más. Así las cosas, ¿qué consecuencias podría tener que PP y Vox pasen a engrosar ese grupo de partidos ‘medianos’ junto a PSOE, Ciudadanos y Unidos Podemos? Dicho de otro modo, ¿qué efectos desplegaría el sistema electoral del Congreso de los Diputados sobre un sistema de partidos en el que hasta cinco fuerzas políticas competirían con un porcentaje de votos semejante en buena parte de las provincias españolas?

Lo primero que cabe subrayar es que el orden en el que se sitúen los cinco partidos en cada circunscripción –y especialmente en los 41 distritos en los que se reparten entre tres y ocho escaños– va a ser más determinante que nunca para su fortuna electoral. Por utilizar una imagen gráfica, en algunas circunscripciones no va a haber pedazos de tarta suficientes para todos, por lo que aquellos que se sitúen en los últimos lugares se quedarán sin comer. Y en otras circunscripciones habrá pedazos de tarta para todos, pero aquellos partidos que queden en las primeras posiciones, aunque sea por unos pocos votos, tendrán derecho a repetir del pastel.

Pensemos en las provincias que pertenecen al llamado “subsistema mayoritario” (ver Tabla), y, concretamente, a las diecisiete provincias españolas donde sólo se reparten tres o cuatro escaños. Se trata de distritos en los que, aunque los porcentajes de voto entre los cinco partidos sean muy ajustados, es matemáticamente imposible conceder un escaño a cada uno de ellos. Por eso, el orden en ese tipo de provincias va a ser un factor crucial, pues uno o dos partidos pueden ver cómo sus votos pueden resultar insuficientes para transformarse en un escaño: pueden convertirse en votos desperdiciados (wasted votes).

Subsistemas electorales en el sistema electoral del Congreso de los Diputados en la actualidadFuente: Actualizada hasta 2016 en función de los criterios de Alberto Penadés (1999: 293).

Una de las claves, por tanto, va a consistir en saber cuál es la capacidad de resistencia de los partidos tradicionales (PP y PSOE) en las provincias del interior de la península (las dos Castillas, pero también La Rioja, Cantabria, Navarra, la Galicia oriental y las provincias andaluzas y aragonesas con menor densidad demográfica); territorios en su mayoría donde las bases electorales de estos partidos han sido hasta ahora particularmente sólidas.

Desde otra perspectiva, cabe preguntarse cuál va a ser el rendimiento de Ciudadanos, Podemos y Vox en la Meseta Central para, al menos, evitar ocupar las posiciones cuarta y quinta. En este punto, surgen varias incógnitas. ¿En qué medida Vox va a ser capaz de medirse al resto de partidos en estas provincias con una precaria estructura organizativa? ¿Conseguirá despojar al PP y Cs de un número suficiente de electores para poder ser competitivo en estos distritos? ¿Podrá incluso aspirar a arrebatar votantes de clase trabajadora a los partidos de izquierda, tal y como está sucediendo en otros países europeos con partidos populistas de extrema derecha? Y qué decir de Cs y Podemos: ¿lograrán superar su perfil urbano para disputar los escaños en estas provincias con mayor carácter rural?

Aunque reiteramos lo aventurado de hacer este tipo de afirmaciones, los datos disponibles apuntan a que sería Podemos el principal perjudicado en este particular juego de las sillas:al interrumpirse la música, sería la formación morada la que podría verse sorprendida sin ningún asiento en un buen número de provincias. El sistema electoral español podría comportarse con Podemos como el ‘sheriff de Nottingham’, el villano en la leyenda de Robin Hood que entregaba a los ricos lo que robaba a los pobres, y sustraer escaños a la formación morada de los que le habrían correspondido en un reparto perfectamente proporcional.

Esta última impresión podría reforzarse si en el espacio político de la izquierda opera la lógica del llamado ‘voto útil’ o ‘estratégico’. Podemos es un partido cuyo apoyo electoral es significativamente mayor en las grandes ciudades y en las zonas costeras que en los pueblos y la España interior; esto es, compite mejor en las circunscripciones grandes que en las pequeñas. Este perfil urbano podría alentar al PSOE a concentrar especialmente sus esfuerzos en las circunscripciones de tamaño pequeño y mediano para tratar de atraer para sí al electorado progresista de estas provincias y evitar así desperdiciar los votos. Está por ver si los socialistas serán capaces de coordinar en torno a sus siglas al electorado progresista de estas provincias y amenazar así la débil posición de Unidos Podemos en algunas de estas circunscripciones. Pero lo cierto es que puede producirse un contexto electoral proclive para ello, en la medida en que la expectativa del sorpasso parece haberse sustituido por una menguante evolución electoral de Podemos; debida, en parte, a un retorno al PSOE de parte de su electorado perdido. El fenómeno del voto estratégico, a diferencia de lo que pudo suceder en las elecciones de 2016, se antoja más difícil en un espacio como el de la derecha actual donde compiten con brío hasta tres organizaciones políticas, y dónde la lógica de este efecto psicológico puede quedar difuminada.

Hay un viejo chiste en el que se pregunta cómo meter cuatro elefantes en un Seat 600. La respuesta era: “Dos delante y dos detrás”. Lo que a algunos quizás les haga menos gracia sea saber que, a través de un importante número de circunscripciones del sistema electoral español, no hay forma humana de meter cinco elefantes en el Congreso.

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1 Comentario

  1. Pablo
    Pablo 01-08-2019

    Muy interesante

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