El subterfugio financiero de Irán y la UE contra las sanciones de EE.UU.

El triángulo de amor y odio entre Estados Unidos, Irán y la Unión Europea ha subido un escalón más de tensión. En este caso, el conflicto surge de las visiones contrapuestas de Washington frente a Bruselas y Teherán sobre el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, en sus siglas en inglés), el acuerdo de 2015 liderado por la Administración Obama para controlar el programa nuclear iraní. A cambio de la retirada de sanciones económicas, Irán se comprometía a reducir drásticamente sus reservas de uranio y su capacidad para producirlo y enriquecerlo. De esta manera, renunciaba a cualquier capacidad para fabricar armas nucleares, mientras que la agencia de la ONU correspondiente –el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA)– verificaría al detalle todo el proceso.

No obstante, todo cambió cuando Donald Trump reemplazó a Obama en la Casa Blanca en 2016, un año después de la entrada en vigor del acuerdo. A pesar de que el OIEA certificó que Irán lo estaba cumpliendo, Trump lo calificó como «el peor acuerdo jamás firmado», porque consideró que no limitaba el desarrollo de misiles balísticos ni el expansionismo iraní en la región. Tras dos años de infructuosas negociaciones, Estados Unidos anunció en mayo de 2018 que abandonaba el JCPOA y, en consecuencia, reimponía todas las sanciones económicas a Irán que Obama había revertido; sanciones que incluyen la denegación de acceso a los mercados financieros estadounidenses para cualquier empresa que haga negocios en Irán y el bloqueo de las importaciones o exportaciones de múltiples bienes como el petróleo, metales preciosos o las manufacturas.

Esto supuso un duro varapalo para la Unión Europea porque, en implementación del JCPOA, sus empresas ya habían empezado a invertir en Irán siguiendo la retirada de sanciones económicas. Por ejemplo, gracias a la retirada de las que pesaban sobre las manufacturas aeronáuticas, la europea Airbus había firmado fabricar 100 aviones para la principal aerolínea iraní por valor de 20.000 millones de dólares. De igual manera, el fin de las sanciones para el sector automovilístico se tradujo en contratos con Peugeot para inversiones de 400 millones de euros en una joint-venture, o con Renault para aumentar en un 75% sus exportaciones al país asiático. La petrolera francesa Total acordó inversiones en el sector energético iraní por valor de 2.000 millones, en aras de aprovechar el enorme potencial petrolífero de Irán. La retirada de sanciones económicas abría para Europa un mercado de 80 millones de personas, privilegiado por su cercanía geográfica y su potencial de crecimiento.

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Sin embargo, la decisión de Trump de romper el acuerdo nuclear en 2018 ha llevado al filo del abismo esta nueva era de relaciones europeo-iraníes. Aunque la Unión Europea quisiera mantenerse en el JCPOA, el control norteamericano del sistema de transacciones financieras internacionales impide que las empresas europeas comercien con las iraníes. El comercio global se desarrolla a través de telecomunicaciones financieras entre bancos. Las organizaciones encargadas de este sistema –fundamentalmente, la Sociedad para las Comunicaciones Interbancarias y Financieras Mundiales (SWIFT, en sus siglas en inglés)– están ubicadas en Estados Unidos. De este modo, están sujetas a la re-imposición de sanciones del presidente Trump, impidiendo con ello que los bancos iraníes puedan realizar transacciones para financiar las importaciones y exportaciones a la UE.

Como era de esperar, el cierre de SWIFT para la operativa con Irán ha tenido un efecto demoledor en sólo unos meses. La producción de petróleo ha caído de 2,5 a 1,1 millones de barriles al día. Una reducción similar supuso pérdidas de 160.000 millones de dólares en seis años durante el periodo pre-acuerdo. De pasar de crecer un 7% en 2017-2018, el PIB va a contraerse un 5% en 2018-2019, de acuerdo a los pronósticos del Fondo Monetario Internacional. La inversión europea se ha batido en retirada: Airbus, Renault, Peugeot, Siemens, las navieras Maersk y MSC, British Airways, Total… la mayoría de grandes empresas europeas ha cancelado sus inversiones, con pérdidas millonarias para la economía del Viejo Continente.

Ante esta situación, el 31 de enero de 2019 la Unión Europea respondió rápidamente con la creación del Instrumento para el Fomento de los Intercambios Comerciales (Instex, en sus siglas en inglés). Se trata de un nuevo sistema de transacciones internacionales europeo, que funcionará de forma independiente y ajena a los canales controlados por Estados Unidos. Es decir, Instex supone la primera alternativa real al hegemónico SWIFT norteamericano, permitiendo con ello que las empresas europeas e iraníes puedan financiar sus relaciones comerciales y realizar inversiones evadiendo las sanciones estadounidenses.

Si bien Instex abre una nueva puerta a las transacciones internacionales europeas con Irán, cabe esperar que ésta sea una alternativa sólo para las pequeñas y medianas empresas, pues las multinacionales del Viejo Continente que tienen negocios en Estados Unidos no se arriesgarán por miedo a las multas que sus filiales podrían sufrir en suelo norteamericano. De hecho, los primeros sectores que podrán acceder a Instex para comerciar en Irán serán los de productos esenciales, como los farmacéuticos o agroalimentarios, dada la emergencia social en el país, pero la intención de la Unión Europea es ir expandiéndolo al resto de sectores de la economía.

Estos serían los aspectos, casi formales, de Instex. Sin embargo, en este caso no estamos hablando de un mero sistema de pagos, sino que muestra implicaciones geopolíticas fundamentales. En primer lugar, consigue salvar el acuerdo nuclear con Irán, al menos por el momento. Que Irán no obtenga el arma atómica es clave para la estabilidad de un ya caótico Oriente Medio. Con la retirada de Estados Unidos del acuerdo, Irán amenazó con romper sus compromisos, ya que sin Washington el resto de relaciones comerciales está prácticamente condenadas ante su control de SWIFT. Esto cambia con Instex, que además podría llegar a abrirse a otros países aparte de los europeos. Así, este mecanismo parece haber relajado las amenazas de reactivación nuclear de Teherán; por ahora.

En segundo lugar, Instex representa la primera semilla contra la hegemonía financiera estadounidense y el poder ilimitado de sus sanciones. Su creación es un hito revolucionario, puesto que ningún otro mecanismo de pagos internacional existía como alternativa viable al SWIFT norteamericano, lo que da al Gobierno estadounidense un control casi completo sobre las transacciones convencionales globales. Este poder ahora se resquebraja. Es cierto que Instex ha sido ideado como un vehículo con cometido especial, es decir, destinado solo para el caso iraní. No obstante, una vez puesto en marcha puede, potencialmente, utilizarse como medio para evadir las sanciones estadounidenses en otros casos donde Bruselas disienta del dictamen de Washington. En otras palabras, con Instex la Unión Europea ha abierto la caja de Pandora contra el poder financiero estadounidense.

Por último, Instex encarna una herida abierta en la alianza más importante del mundo. Las acusaciones de traición se lanzan a lo largo del charco. En Europa indigna el unilateralismo de la Administración Trump, que toma decisiones sin consultar a sus aliados. El nuevo sistema representa un golpe en la mesa por la independencia de la política exterior europea. Mientras, en Estados Unidos, Instex es recibida como una puñalada por la espalda y un motivo más para el desprecio de Trump por las relaciones con Bruselas, ya de por sí dañadas por la guerra arancelaria del año pasado. El debilitamiento de la alianza más poderosa del mundo será, sin duda, aprovechado por potencias al acecho.

Quedan por desarrollar los detalles técnicos, pero la creación de Instex va a transformar radicalmente la forma en la que la Unión Europea se relaciona económicamente con otros países. Quién pensaría que un sistema de pagos podría hacer tambalear la geopolítica global.

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