El voto de los desapegados

En ciertos países europeos la extrema derecha crece a base de movilizar a los abstencionistas. Así ha venido sucediendo últimamente en diferentes elecciones regionales en Alemania. En las del länder de Turingia hace dos semanas, el 31% de sus votantes no había acudido a las urnas en la anterior cita electoral. Así sucedió también hace un año en los comicios de Baviera, donde el 26% de los votantes de Alternativa por Alemania (AfD) procedían de la abstención. En ambos casos, el principal caladero de votos se encontraba más ahí que en cualquier otro partido.

Es cierto que la actual extrema derecha en Europa se nutre en parte de la vieja clase obrera industrial. Sin embargo, se tienden a exagerar las transferencias de voto desde los partidos socialdemócratas hacia la extrema derecha. De hecho, como hemos visto estos años en Austria, Holanda o Dinamarca, los partidos socialdemócratas suelen perder más votos hacia otros partidos de izquierda (verdes o nueva izquierda) que hacia la extrema derecha. En cambio, se suele pasar por alto el hecho de que sea en ocasiones la extrema derecha quien mejor conecta con los sectores políticamente más desapegados. ¿Puede suceder así en el caso de España con Vox?

Según la encuesta de 40dB para El País, Vox es la segunda fuerza entre quienes no votaron la última vez. Una de las virtudes de los partidos populistas es, precisamente, su capacidad para representar a una parte del electorado que previamente no participaba. Eso es lo que consiguió Podemos en 2014, al devolver la ilusión por la política a un sector amplio de la juventud que no se había sentido hasta entonces apelado por los partidos. Podría ser ahora la extrema derecha, cuatro elecciones después de la ruptura oficial del bipartidismo, la encargada de re-politizar a los desencantados en España.

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En las democracias liberales, unos altos niveles de abstención se vinculan con un desapego o distanciamiento de los ciudadanos con respecto al sistema político, lo cual es problemático cuando se acaba poniendo en duda la legitimidad del mismo sistema. Al contrario, una democracia donde los ciudadanos se involucran más en los asuntos públicos, como indica por ejemplo un alto nivel de participación electoral, es a priori una democracia que goza de buena salud. Sin embargo, el hecho de que la abstención se reduzca a veces gracias al crecimiento de fuerzas excluyentes cuestiona la idea de que toda participación se traduce siempre en resultados socialmente óptimos.

Una vez planteado el dilema normativo, cabe explorar la posibilidad de que Vox sea capaz de absorber el voto de los antiguos abstencionistas, o incluso de aquellos que votaron en su día a partidos de izquierdas. Desde su aparición, este partido ha bebido principalmente del electorado del Partido Popular y, más recientemente, también de Ciudadanos. Su campaña, con tintes eurófobos y propuestas de corte proteccionista y chovinista, nos confirma su objetivo de expandir su electorado más allá del espacio de la extrema derecha. La estrategia de intentar penetrar en los barrios obreros, incluso entre antiguos votantes de la izquierda, no es nueva y hasta ahora no les ha funcionado.

Según el último CIS, los españoles sitúan a Vox en el 9.4 de la escala ideológica (donde 0 es extrema izquierda y 10 extrema derecha), lo que limita sustancialmente su crecimiento. La actitud de Abascal en el debate, más calmada y menos estridente que en el pasado, sugiere que el partido está llevando a cabo una estrategia de normalización, similar a la que en su día pusieron en marcha Salvini o Le Pen, intentando acercar sus propuestas (al menos en las formas) a la centralidad.

Por otro lado, en España el PSOE, a diferencia de otros partidos socialdemócratas al norte de los Pirineos, todavía es el partido preferido entre la vieja clase obrera industrial, así como entre los ciudadanos estructuralmente más proclives a la abstención. Este electorado convive con las clases medias urbanas que el partido logró recuperar el 28 de abril. Esta coalición con intereses y preferencias tan diversas, en peligro de extinción en otros países, sólo será posible mientras el debate sobre políticas públicas y política económica permanezca ausente en nuestro país y la economía funcione a duras penas. La irrupción de una recesión en los próximos años podría romper el actual equilibrio por la fuerza, haciendo más visibles las diferencias entre estos grupos y abriendo una ventana de oportunidad para la nueva extrema derecha.

De momento, la abstención puede estar sirviendo como rito de paso para antiguos votantes de la izquierda antes de decantarse por la extrema derecha. Es también posible que los cambios en la composición del electorado se cocinen a fuego lento, y que se materialicen más a través del recambio generacional que de las transferencias directas de voto. En este contexto, sería una buena idea que el resto de partidos planten cara a Vox en la batalla por los abstencionistas, ya que es ahí donde puede encontrarse el germen de su futuro crecimiento.

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