Elecciones en Israel: otro resultado no concluyente

Tras las terceras elecciones generales en menos de un año, Benyamin Netanyahu se encuentra algo más cerca de un quinto mandato (sería un récord) como primer ministro de Israel… pero no tanto como hacían pensar los sondeos a pie de urna, que habían hecho que declarase “la mayor victoria” de su vida. Después de dos comicios en los que el partido conservador Likud y la coalición centrista Azul y Blanco habían prácticamente empatado, aquel a quien sus admiradores apodan el mago ha logrado obtener 36 escaños, cuatro más que en septiembre pasado, distanciándose así de su principal rival, Benny Gantz, que se ha quedado en 33. Por su parte, los aliados electorales del Likud, los partidos religiosos Shas, Yahadut Hatorah y Yamina, han obtenido nueve, siete y seis escaños, respectivamente, dejándole a tres de la mayoría absoluta.

Se vaticinaba que la fatiga electoral y el miedo al coronavirus afectarían la participación, pero ésta alcanzó niveles no vistos en más dos décadas, rozando el 71%. Esta alta cota se ha atribuido al propio Netanyahu, cuya intensa campaña logró movilizar a partidarios que en se habían quedado en casa en convocatorias previas, y a la afluencia a las urnas de los palestinos israelíes, que habrían reaccionado así al plan de paz anunciado recientemente por el presidente estadounidense Donald Trump. Por otra parte, los 5.600 israelíes en cuarentena por coronavirus pudieron votar en colegios electorales especialmente habilitados y su índice de participación fue similar al de sus conciudadanos.

Las claves

La remontada de Netanyahu puede parecer sorprendentes tras su imputación en tres casos de corrupción el pasado noviembre. Se le acusa de soborno, fraude y abuso de confianza por haber aceptado regalos de un hombre de negocios y por ofrecer favores a cambio de cobertura mediática favorable. Está previsto que comparezca ante los tribunales el próximo 17 de marzo, y se enfrenta a la enventualidad de una condena de hasta 10 años de cárcel. De hecho, es probable que la Corte Suprema tenga que pronunciarse sobre si la ley permite que un imputado forme Gobierno, aunque de lograrlo no tendría que renunciar al puesto de primer ministro hasta agotar el proceso de apelación.

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Netanyahu, que niega todos los cargos en su contra, se ha referido al proceso como una ‘caza de brujas’ y ha embestido contra las elites y los medios que presuntamente estarían conspirando en su contra. El resultado de las elecciones muestra que un porcentaje significativo de los israelíes está de acuerdo (o al menos cree) en que, a pesar de sus fallos, Bibi sigue siendo el mejor candidato para asegurar su seguridad y prosperidad. En esto, como en otros aspectos, se asemeja a su aliado y amigo Trump, que durante la campaña le hizo un regalo cuando, el pasado 28 de enero, anunció su tan cacareado acuerdo del siglo durante una comparecencia conjunta en la Casa Blanca.

En verdad, tanto Netanyahu como Gantz reflejan la opinión imperante en Israel desde la Segunda Intifada acerca de la imposibilidad de alcanzar un acuerdo con los palestinos. Ambos apoyan el plan de Trump, y ambos han prometido anexar los 140 asentamientos judíos en Cisjordania, donde viven más 600.000 colonos, y el Valle del Jordán. Para diferenciarse, Netanyahu ha ido más allá, anunciando la construcción de nuevas colonias al este de Jerusalén que terminarían de rodear los barrios palestinos de la ciudad. En cualquier caso, y contrariamente al énfasis en el proceso de paz (o la ausencia del mismo) de las noticias internacionales, los israelíes votan pensando, sobre todo, en los asuntos que afectan su día a día. También en esta cuestión, las divisiones dentro de Azul y Blanco han impedido que la coalición presente un programa socio-económico coherente capaz de atraer a los descontentos con el liberalismo del Likud.

Ante la imposibilidad de proponer una alternativa ideológica a Netanyahu, Gantz intentó presentarse como una versión más aceptable del primer ministro. Durante la campaña, lo acusó de dividir a la sociedad israelí y de dañar la crucial relación con EE.UU. al alejarse del bipartidismo y renunciar al apoyo del partido demócrata. Netanyahu, por su parte, describió al antiguo jefe del Ejército como demasiado débil para ser primer ministro debido a los desafíos a los que se enfrenta Israel, y afirmó que su dependencia de los partidos árabes para gobernar permitiría a éstos dictar su política en cuestiones de seguridad.

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Según la campaña avanzaba, también lo hacían las descalificaciones personales y la desinformación, especialmente desde el campo de Netanyahu y sus allegados. Los trucos sucios no son una novedad en la vida política israelí, pero en lugar de mantenerse a una distancia prudencial de las alegaciones más escandalosas, como había hecho en el pasado, el primer ministro las ha legitimado. Así, expresó su preocupación por los rumores sobre que los iraníes habían hackeado el teléfono móvil de Gantz y podían utilizar para chantajearlo supuestos contenidos de carácter sexual. El líder de Azul y Blanco sólo pudo responder acusando a Netanyahu de comportarse como un mafioso.

Los palestinos israelíes, ¿nueva fuerza electoral?

Uno de los titulares en la prensa israelí tras los comicios ha sido la alta participación de los ciudadanos israelíes de ascendencia palestina, que constituyen un 20% de la población del Estado. En las elecciones de abril de 2019, dicha participación había descendido a mínimos históricos, superando apenas el 49%. En cambio, en las de septiembre aumentó a cerca del 60% como reacción a la campaña racista de Netanyahu, que incluyó perlas como una publicación en su página de Facebook en la que insistía en la necesidad de impedir un Gobierno débil de izquierdas apoyado por los árabes, “que quieren destruirnos a todos (mujeres, niños, y hombres) y permitir que un Irán nuclear nos borre del mapa”. El primer ministro afirmó que no la había escrito él, pero la cuenta fue suspendida 24 horas por incitación al odio.

En esta ocasión, la participación de los árabes israelíes ascendió al 67%, y el revulsivo parece haber sido el acuerdo del siglo. La propuesta de Trump establece no sólo que el Estado hebreo se anexe grandes extensiones de Cisjordania y mantenga un control de seguridad permanente sobre los palestinos, sino también la cesión de varios núcleos de población árabes en Israel a la Administración palestina, lo que conllevaría que sus habitantes perdiesen la nacionalidad israelí y pasasen a compartir la poco envidiable suerte de los palestinos en Cisjordania.

La inmensa mayoría de los ciudadanos árabes (más del 88%) votó por la Lista Conjunta, que incluye a comunistas, socialistas, islamistas y nacionalistas árabes. En virtud de este apoyo, la alianza se ha afianzado como la tercera fuerza en el Knesset, donde ha pasado de 13 a 15 escaños. Su cabeza de lista es el carismático Ayman Odeh, líder de la coalición comunista Hadash, que considera a Martin Luther King Jr. un ejemplo a seguir y tiene un sueño de igualdad de judíos y árabes en Israel. Bajo su liderazgo, la posibilidad de que parlamentarios palestinos participen en un Gobierno israelí parece menos descabellada que en el pasado.

De hecho, los partidos árabes se están convirtiendo en una alternativa viable al Partido Laborista, que en las últimas décadas ha pasado de ser la fuerza dominante en la política israelí a tener que formar lista con otras formaciones para alcanzar el umbral del 3,25% del voto necesario para estar representado en el Knesset. Sus aliados son el socialdemócrata Meretz y Gesher, una escisión del partido de derechas Israel Beitenu que se centra en cuestiones económicas (la sociedad israelí es una de las más desiguales entre los países desarrollados). La alianza de izquierdas ha obtenido siete escaños, aparentemente uno más que en las elecciones anteriores pero, en realidad, tres menos: entonces, Meretz se presentó aparte y obtuvo cuatro escaños.

Sin embargo, la participación de los palestinos en el Gobierno sigue siendo un tabú para muchos israelíes, incluidos los votantes del muy sionista Israel Beitenu, que a pesar de haber perdido un escaño, pasando de ocho a siete, sigue siendo una pieza clave en las quinielas postelectorales. Su líder, el controvertido Avigdor Lieberman, ha ocupado diversas carteras en gobiernos de Netanyahu, incluidas Exteriores y Defensa, pero lo abandonó en noviembre de 2018 tras la firma de un alto al fuego con Hamás y desde entonces se ha negado a apoyarlo. A las diferencias personales con el líder del Likud se une el fiero anticlericalismo de su partido, cuyo programa incluye poner fin a los privilegios de los que gozan los judíos ultraortodoxos (en particular, la posibilidad de evitar el servicio militar), lo que le enfrenta a los aliados electorales de Netanyahu.

¿Será posible formar un Gobierno en esta ocasión? Las matemáticas no acompañan a ninguno de los principales partidos. Ante el aparente fracaso de las tentativas para atraer a prófugos de la coalición de Gantz y sus aliados se baraja la posibilidad de una gran coalición, aunque la acritud de la campaña electoral lo dificulta. Unos cuartos comicios parecen probables.

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