Elecciones en la niebla

Este martes el Centro de Investigaciones Sociológicas hizo públicos los datos de su tradicional macroencuesta (16.194 entrevistas domiciliarias) pre-electoral. De la cantidad ingente de cifras interesantísimas que nos sirve el CIS, destaca una: 41,6%. Éste es el porcentaje de entrevistados que declaran no tener decidido aún el voto, lo que equivale a unos 15 millones de electores, suficientes para echar por tierra cualquier previsión sobre el resultado final de la elección.

¿Son muchos? ¿Son pocos?

Quince millones de indecisos en la pre-electoral del CIS nos sitúan en un escenario de fuerte incertidumbre, muy similar al registrado antes de la convocatoria de 2015, cuando aparecieron por primera vez Podemos y Ciudadanos en el tablero electoral estatal. La coincidencia entre ese año y ahora es total: gran incertidumbre y muchas ganas de participar (el 76% de los encuestados dicen que votarán con toda seguridad).

Electores sin el voto decidido, según censo electoral

Encuestas pre-electorales CIS

Si observamos el caso de los comicios de 2015, la gran cantidad de indecisos a un mes de la convocatoria implicó una cifra mayor de voto tardío, aquél que se decide en la última semana o en el mismo día de las elecciones. Según los datos de la encuesta post-electoral del propio CIS para esas elecciones, más de nueve millones de electores decidieron su voto durante la semana previa al día de votación. De éstos, cuatro millones lo hicieron el mismo día de la elección.

Nunca antes de 2015 había habido tanto voto decidido en el último minuto, y nunca después se repitió en esa magnitud… hasta hoy, lo que indica tal vez que el escenario de alta volatilidad de 2015 no es un hecho extraño, sino la pauta de normalidad propia de un escenario más competitivo, con más partidos involucrados. Hace cuatro años podría parecer que la indecisión masiva se explicaba por la aparición de nuevas formaciones (Podemos y C’s), que obligaban de alguna manera a los electores a re-situarse ante un escenario nuevo.

Momento de decidir si votaba y a qué partido

Encuestas post-electorales CIS

La repetición de las elecciones generales en 2016 venía a validar esta idea, puesto que el volumen de indecisos cayó hasta los 12 millones, un número similar a los registrados en las convocatorias de 2008 y 2011. Y también bajó con fuerza la cifra de electores que decidieron su voto durante la última semana de campaña: seis millones, cuatro menos que seis meses antes.

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De alguna manera, los datos del CIS de esta semana vienen a desmentir ese escenario de apaciguamiento, que respondería más a la naturaleza de la convocatoria de 2016 (fueron elecciones repetidas). Es cierto que para la del 28-A la oferta electoral ha cambiado, con la incorporación de Vox al elenco de fuerzas políticas, pero esto solo no puede explicar que hoy haya más de tres millones más de electores sin el voto decidido que hace tres años.

¿Entre quienes dudan?

Si observamos los partidos entre los cuales dicen dudar los indecisos nos encontramos con todas las fuerzas. Está Vox, claro, pero sólo lo menciona el 5% de todos los que declaran no tener aún el voto. El resto señala formaciones políticas que ya estaban presentes en la oferta en 2016 y 2015. De hecho, los segmentos de indecisos se distribuyen de forma bastante similar a lo que han ido marcando los diferentes sondeos pre-electorales.

El mayor número de voto por decidir dudaría entre las tres fuerzas de la derecha, haciendo de este espacio el foco central de estos comicios. De hecho, si se comparan los indecisos de este año con los de 2015 en función de su ubicación en el eje izquierda-derecha, se percibe un claro incremento de indecisión en los espacios del centro a la derecha, y una merma en la izquierda.

En concreto, casi tres millones de electores estarían hoy dudando entre votar a PP, C’s o Vox. La frontera más poblada sería la de los dos primeros, con casi dos millones de votos en disputa, mientras que Vox tendría a su alcance casi un millón de votos, la mayoría en la frontera con el PP.

En este espacio, el mayor suministrador de voto no decidido es el PP, puesto que la mayoría de los que declaran dudar entre las fuerzas de derecha habrían votado a los populares en 2016.

Electores sin voto decidido, según ubicación en el eje izquierda-derecha

Encuestas pre-electorales CIS 2015 y 2019

En la izquierda habría casi dos millones de electores indecisos entre el PSOE y Unidas Podemos, mientras que los socialistas se disputarían con Ciudadanos más de un millón de votantes. Y habría otro millón dudando entre depositar la papeleta de los socialistas o del PP. A todo ello, y por si no fuera poco, habría que añadir más de cuatro millones de indecisos que no son capaces (o no quieren) decir entre qué fuerzas están dudando.

De los votos en el aire en la izquierda, la mayoría habrían votado a UP en 2016, mientras que los que bailan entre PSOE y C’s proviene a partes iguales de ambos partidos. Por lo que respecta a los que dudan entre los socialistas y el PP, la mayoría fue votante popular hace tres años. Podría sospecharse, aunque es imposible de comprobar, que pudieran ser antiguos votantes socialistas pasados al PP en 2011, votantes de C’s en 2015 y que retornaron al PP en la repetición de 2016. La vida del voto puede ser más divertida de lo que imaginamos.

Magnitud de los grupos de electores sin el voto decidido, según partidos entre los que dudan

Encuesta preelectoral CIS 2019

Obviamente, tal cantidad de electores sin el voto decidido en todas las fronteras entre todos los partidos, y considerando la posibilidad que no se decanten hasta el último minuto (y no es una frase hecha), da a la campaña que empieza hoy una gran transcendencia, hasta el punto de que lo que pase desde ahora hasta el 28 de abril marcará hacia dónde acaba yendo un grupo de electores que, por su magnitud, tendrá en sus manos decidir el color del próximo Gobierno de España.

¿Qué les hace decidir?

Según los datos del CIS post-electoral de 2015 los entrevistados que declaraban antes de las elecciones no tener claro su voto declaraban después que habían decidido su voto en función de criterios de utilidad; principalmente, para evitar que ganase otro partido. Los que sí lo tenían antes de la campaña, en cambio, razonaban su decisión con argumentos que muestran mayor conexión con el partido por el cual optaron («es mi partido, siempre le voto», «el es más preparado para gobernar»).

Teniendo en cuenta las razones que esgrimen los indecisos, el elemento que emerge como esencial para hacerles optar parece ser el escenario post-electoral, es decir, quién se supone que puede ganar las elecciones; para evitar que gane algún partido, o lo que es lo mismo, para asegurar la victoria de otro.

Hay dos elementos que complican esto. En primer lugar, la cantidad de partidos con capacidad aparente para decidir quién gana y quién pierde. No es lo mismo un escenario con dos únicos ganadores que dependen de sí mismos para alcanzar el Gobierno que otro con dos únicos ganadores, pero que dependen totalmente de sus posibles apoyos para gobernar. Y, en segundo lugar, ¿cómo se puede saber antes de las elecciones cuál va a ser el resultado y, en función de esto, decidir el voto? Y aquí es donde entran en juego las encuestas, convertidas en el único medio a través del cual poder vislumbrar los posibles resultados y, a partir de ellos, decantar a los indecisos.

Pongamos un caso práctico: ¿cuántos de los que dicen dudar entre C’s y el PSOE se acabarán decidiendo en función no ya de la posibilidad de una victoria socialista, sino de que esa victoria no lleve aparejado el pacto entre Sánchez y los partidos independentistas catalanes? ¿Cuántos de los votantes que dudan entre PP y Vox no terminarán decantándose en función de las posibilidades de conseguir escaño de una u otra fuerza, o de impedir que la división del voto acabe beneficiando a un tercero, sobre todo en las circunscripciones pequeñas? ¿Cuántos votantes de izquierda que dudan entre UP y PSOE no dudarían si supieran que no hay posibilidad de que las tres derechas lleguen a la mayoría absoluta en el Congreso?

¿Cómo pueden saber todos estos electores, ‘a priori’, cuál va a ser el resultado, y partir de ahí decidir su voto? No lo pueden saber, así de simple. Pero necesitan ‘saberlo’ para decidirse. Éste es el nudo de estas elecciones.

Hay un número muy significativo de electores que necesitan saber cuál puede ser el resultado para, con su decisión, (intentar) imposibilitarlo. De ahí que la batalla principal la estén librando las encuestas y la utilización de sus pronósticos por parte de unos y de otros para convencer a los 15 millones de indecisos de que las derechas no pueden o sí obtener mayoría absoluta, o que el PSOE ya tiene las elecciones ganadas, o que sólo es posible un Gobierno del PSOE con ERC y JxCat. El objetivo de informaciones de este tipo no es el de definir el panorama electoral o hacer un pronóstico ajustado de cuál va a ser el resultado final de los comicios; es, simple y llanamente, el de poder convencer a los indecisos de la posibilidad de un escenario determinadao para que éstos lo hagan imposible.

El futuro ya está aquí

Más allá de estas elecciones concretas, y de sus posibles resultados, hay elementos para la reflexión pausada. Propongo algunos, pero habría muchos más.

  • La gran cantidad de indecisos no responde a un cambio en la oferta política, sino a una mutación de la demanda. Un electorado sin vínculos fuertes se comporta en el proceso de decisión electoral como lo hace en todos los otros ámbitos de la vida: escogiendo entre un abanico de opciones cada vez más amplio y cambiante. Y los partidos suministran al votante una oferta coincidente con sus nuevos gustos.
  • A la vez, la ampliación de la oferta implica la desorientación creciente del votante, sobre todo del no decidido (cada vez más numeroso). Ante este escenario indescifrable, el elector busca certidumbres y cree encontrarlas en las encuestas, convertidas en las únicas brújulas de este mar ignoto en el que se han convertido las elecciones. De ahí la importancia creciente de los sondeos y de ahí, también, la tensión a la que son sometidos los institutos demoscópicos.
  • De hecho, todos los actores del mundo político están sometidos a esta tensión creciente: partidos, medios, instituciones. Todos al servicio de un votante que parece cada vez más imprevisible y volátil, que actúa por impulso en función de no se sabe muy bien qué. Hay una especie de disfunción entre una política en campaña permanente y un votante que toma cada vez menos tiempo para decidir. La exposición de la política en los medios sería inversamente proporcional al tiempo de atención que le presta un votante acostumbrado a tomar decisiones de forma compulsiva.
  • Este tipo de toma de decisión pudiera fomentar un tipo de comunicación basada en las sorpresas de última hora, en ‘noticias’ espectaculares capaces de sacar al elector de su letargo pocos días antes de la cita con las urnas, o en el mismo día de la votación. Estaríamos ante una política de electroshock’ que busca la reacción instantánea, tal vez visceral, de ese elector sumido en la duda.
  • Finalmente, es posible pensar que existe una cierta correlación entre el tiempo que se emplea en tomar una decisión y el compromiso que uno siente con ella. A menor tiempo para decidirse, y al hacerlo en virtud de elementos cada vez más coyunturales, menos comprometido se puede sentir uno con ella; e incluso pensar que sue elección desaparece en el mismo momento que ha surtido efecto (porque han evitado que ganase tal partido o han contribuido a que ganara tal otro). ¿Cómo es posible aguantar durante una legislatura de cuatro años un Congreso que es fruto de millones de decisiones que se agotan en sí mismas la misma noche electoral?

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