En Bolivia no hay polarización, pero sí incertidumbre

El proceso electoral boliviano presenta algunos rasgos destacables. Para empezar, las elecciones del domingo día 20 se llevarán a cabo sin mayores sobresaltos, algo impensable hace 10 meses, aunque en los últimos días se ha crispado el ambiente político y se han producido algunos actos de violencia.

En primer lugar, se trata de elecciones competitivas porque, a diferencia de los dos anteriores comicios presidenciales, el resultado de la votación es incierto. En segundo lugar, la polarización política e ideológica es tenue, porque no existen contradicciones estructurales que dividan la sociedad. Luego, predomina una convergencia centrípeta de las principales candidaturas. En cuarto lugar, se han manifestado indicios de una crisis de representación política. Finalmente, la elección se definirá con el voto de un tercio del electorado que optará entre la continuidad y el cambio; o bien, entre la estabilidad y la incertidumbre. Veamos.

Estas elecciones son competitivas porque no existe certeza respecto al vencedor en la contienda presidencial. Hace una década que no ocurría tal cosa. Evo Morales, del Movimiento al Socialismo (MAS), sale vencedor en todas las encuestas, pero no alcanza la mayoría absoluta; y, en algunos casos, no obtiene una diferencia mayor de 10 puntos respecto a Carlos Mesa, candidato de Comunidad Ciudadana (CC), lo que implicaría la celebración de una segunda vuelta. En ese supuesto, los vaticinios son también inciertos. De esta manera, si bien Morales es favorito para vencer por cuarta vez consecutiva (lo hizo en 2005, 2009 y 2014 con mayoría absoluta), existe un margen de incertidumbre respecto al desenlace de la contienda.

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Este proceso electoral se caracteriza por la ausencia de una nítida polarización política e ideológica. A diferencia de lo acontecido en Brasil y Colombia en las elecciones de 2018, o de los comicios que pronto se celebrarán en Argentina (que estuvieron y están signados por una evidente polarización), el caso boliviano presenta rasgos disímiles. Si bien existe una división de las preferencias entre dos candidatos –aunque es preciso resaltar que Morales tiene una nítida ventaja sobre Mesa–, dicha división no expresa una confrontación entre propuestas programáticas ni posiciones irreconciliables entre los actores políticos relevantes.

Estamos lejos de la contraposición entre proyectos políticos antagónicos que caracterizó la primera gestión gubernamental de Evo Morales (2006-2009) y que se expresó en una aguda polarización ideológica y una alta conflictividad social. En esa oportunidad estaban en disputa dos proyectos –Estado plurinacional y autonomías departamentales– que enarbolaban poderosas coaliciones con capacidad de movilización callejera y recursos institucionales. Las discrepancias de tipo regional y étnico, y el clivaje mercado versus Estado, marcaron esa coyuntura, que se resolvió con la nacionalización de los hidrocarburos y la aprobación de la Constitución Política del Estado Plurinacional.

En la actualidad, no existe un clivaje estructural que se traduzca en polarización política ni en una coalición de fuerzas opositoras, que han entrado en la contienda electoral divididas en media docena de candidaturas.

Este panorama se ha traducido en el predominio de una convergencia centrípeta, puesto que prevalece una tendencia de carácter moderado en los principales contendientes, desplazados al centro del espectro político en busca del votante medio; sobre todo de los indecisos, que rozan el 15%.

Los principales candidatos opositores, el citado Mesa y Óscar Ortiz, de Bolivia Dice No –que bordea el 10%– no ahorran críticas a la gestión gubernamental de Morales, pero se centran en cuestionar la calidad de la gestión pública, marcada a su juicio por la corrupción, o el funcionamiento deficitario de las instituciones, sobre todo en el sistema judicial. En suma, no plantean una transformación del modelo económico.

En el caso de Morales, se percibe algo análogo por su apertura a los sectores empresariales y su llamamiento a las clases medias citadinas, resaltando los logros del crecimiento económico para ampliar su base de apoyo popular, que se mantiene incólume.

Por otra parte, los candidatos opositores enarbolan la dicotomía democracia/dictadura como factor de interpelación electoral, señalando que la postulación de Morales es ilegítima, pero ese argumento ha perdido fuerza porque el MAS, desde hace meses, entró a disputar el sentido de la democracia. Por un lado, la oposición maneja la consigna de defensa del 21-F, en referencia al respeto de los resultados del referendo constitucional realizado en febrero de 2016 y en el cual, con el 51% de votos, se rechazó la modificación de un artículo de la CPE que permitía la repostulación del binomio oficialista, algo que finalmente ocurrió en noviembre de 2017, mediante una sentencia del Tribunal Constitucional. En rechazo al plan oficialista, la oposición esgrimió una defensa de la democracia en torno a los valores de alternancia, pluralismo, vigencia del Estado de derecho y respeto a la soberanía popular expresada en el referendo.

El MAS, por su parte, articuló otros valores con el lema ampliación de la democracia, tales como la inclusión, participación, representación, paridad e interculturalidad, resaltando la equivalencia entre democracia y justicia social, como resultado de la estabilidad política, el crecimiento económico y la redistribución social impulsados por el Gobierno de Evo Morales en los últimos 13 años.

Así, para el MAS la democracia es ante todo igualdad, y libertad para el discurso opositor. Durante un par de años, las fuerzas de oposición parlamentarias y extra parlamentarias movilizaron a amplios segmentos de la población urbana y sectores de clase media bajo esa consigna, aderezada con el enunciado retórico de No queremos otra Venezuela, pero en la actualidad carece de eficacia interpelatoria frente al discurso oficialista que se apoya en los logros de la economía.

Precisamente, el caso venezolano es un ejemplo para destacar otro rasgo notable del proceso electoral boliviano: la ausencia de incidencia de actores externos. No existen declaraciones, y menos acciones, de Donald Trump o de Jaïr Bolsonaro respecto a Bolivia, a la que no incluyen en sus invocaciones para eliminar a los gobiernos que representan el socialismo del siglo XXI. Tampoco el Grupo de Lima, muy activo en los casos de Venezuela y Nicaragua, ha emitido ninguna posición sobre las elecciones bolivianas. Y la Organización de Estados Americanos (OEA), que al principio cuestionó la legalidad de la postulación de Morales, ha terminado apoyando los comicios de manera explícita a través de su secretario general. Estos factores de tipo geopolítico han contribuido a que no se den las condiciones para la polarización.

También se ha generado una postura anti-política en algunos sectores sociales que consideran que la reelección de Morales niega la democracia. Y, aunque con un peso inferior al de otros países, existe un descontento respecto a los partidos y políticos tradicionales. Se puso de manifiesto cuando, de manera casual debido a la renuncia de un candidato, surgió la figura de Chi Hyun Chung, de ascendencia coreana, vinculado a la iglesia evangelista y con posiciones ultraconservadoras en temas sociales. Este candidato escaló al 6% en las preferencias en las últimas dos semanas y es la sorpresa del proceso electoral. Es un outsider que cuestiona a sus rivales sin distinciones –porque la mayoría son políticos de larga trayectoria–, pero su desempeño en las urnas puede definir la contienda al dividir el voto opositor.

Con todo, la definición de la elección depende de cuál será la antinomia o contradicción que predomine estos últimos días. Respecto a las antinomias, (estabilidad versus incertidumbre, por un lado, y continuidad versus cambio, por otro), Evo Morales representa la estabilidad política y económica (su lema de campaña es Futuro Seguro) y Carlos Mesa expresa la incertidumbre y el riesgo de crisis. En sentido contrario, éste representa el cambio frente a la continuidad de Evo Morales; por eso, su lema de campaña (Ya es demasiado) apunta la alternancia.

El predominio de una antinomia u otra definirá la orientación del voto de los indecisos y de los electores moderados en estos días cruciales. Se supone que tiende a imponerse un cálculo racional de coste/beneficio antes que una postura ideológica. La grave situación económica en Argentina, así como los recientes acontecimientos en Ecuador, proporcionan más fuerza a la candidatura de Morales, que se apoya en la estabilidad, crecimiento económico y sus efectos redistributivos. La duda es si ese apoyo será suficiente para que acceda a la Presidencia en primera vuelta. La moneda está lanzada.

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1 Comentario

  1. SILVIA GOMEZ TAGLE
    SILVIA GOMEZ TAGLE 10-20-2019

    EXCELENTE TEXTO DE FERNANDO MAYORGA, PARA LOS LATINOAMERIANOS INTERESADO EN BOLIVIA, ACLARA MUCHAS INTERROGANTES..

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