En defensa de Holanda

Al poco tiempo de la adhesión española a las Comunidades Europeas, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez, resumió la estrategia nacional a desarrollar en Bruselas de forma muy gráfica: “Hablar los quintos, actuar siempre con Alemania, y nunca contra Francia”. Medio en serio, medio en broma, un diplomático muy sénior solía completar la idea con un mordaz: “En caso de duda, votar lo contrario que los Países Bajos”

Más de 30 años después de aquello, y en plena negociación de la respuesta económica de la UE a la crisis del coronavirus, se diría que el panorama sigue siendo muy parecido, más allá de que el Brexit nos permita ahora hablar los cuartos. Madrid (o Roma, Lisboa y Atenas) nunca han visto a La Haya como aliado de referencia y, desde luego, parece que la falta de seducción es mutua. Para llegar a esa conclusión no hace falta escuchar al ultra Geert Wilders profiriendo consignas supremacistas. Basta fijarse en los protagonistas recientes de la política europea de Holanda en las tres grandes familias: el liberal Mark Rutte, el democristiano Wopke Hoekstra o el socialdemócrata Jeroen Dijsselbloem. Cuando este último dijo que el Sur “no podía gastar todo su dinero en vino y mujeres para luego pedir ayuda”, algunos estuvimos incluso tentados de sentir cierta simpatía por Yanis Varoufakis.

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Pero si algunos estereotipos absurdos dominan el relato de las élites neerlandesas con respecto a sus supuestos socios meridionales, nosotros no vamos a la zaga y tendemos a asociar de forma perezosa a todo ese gran país con la rigidez política e intelectual que representan algunos de los líderes citados. Y no es sólo un prejuicio del Sur, alimentado por algunas realidades objetivas como su más que discutible modelo tributario o el hecho de ser uno de los países más beneficiados de las dinámicas del Mercado Interior. Los propios holandeses tienden a burlarse de ellos mismos por su espíritu secular de tenderos o de contables antiguos, siempre dispuestos a ponerse manguitos negros, colgarse un lápiz en la oreja y empezar a repasar créditos y débitos. Por no hablar de aquellas infames tarjetas que resumían los tópicos del perfecto europeo y que venían a decir que ser generous as a Dutch era un oxímoron.

Esa falta de empatía, esa tendencia a la brocha gorda, y esa visión mutua de los estados miembros (o de los bloques geográficos-culturales) como actores homogéneos de valores e intereses, es uno de los mayores males de la actual política europea. Pero es que, además, no hay nada más injusto con la realidad objetiva que presentar a los Países Bajos como un país extremadamente inflexible, poco imaginativo o que ha dado menos a Europa de lo que ha recibido.

De hecho, si se mira a la historia del continente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial más bien lo que sorprende es el poco crédito que hemos dado a las numerosas aportaciones tangibles que han hecho a la historia del proceso de integración. No hay nadie con esa nacionalidad entre los grandes padres fundadores (Monnet, Schuman, Adenauer, Spaak, De Gasperi, incluso Churchill) y, sin embargo, los grandes avances de cada década han estado marcados siempre por un holandés.

El federalismo utópico de los años 40 apenas dejó como legado el Colegio de Brujas que fundara el intelectual Hendrik Brugmans. La primera gran crisis comunitaria, cuando el Parlamento francés rechazó ampliar la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (Ceca) al campo de la defensa, se salvó gracias al diplomático Wim Beyen que, en 1955, redactó un memorando que acabó elevado a Tratado de Roma. En la década de los 60, fue Sicco Mansholt, que había nacido en una granja, quien ideó la principal política común de todos los tiempos: la Política Agraria Común (PAC). En 1977, con la oposición de todos los grandes estados miembros, el Gobierno de La Haya impulsó la presencia de la Comisión en el G-7 como primer paso de la acción exterior europea. A mitad de los 80, fue el presidente de Phillips, Wisse Dekker, quien pergeñó desde el ‘lobby’ de la industria en Bruselas lo que luego sería el Libro Blanco para el Mercado Interior. Y aun en 1992, el primer ministro Ruud Lubbers pudo unir el nombre de la ciudad de Maastricht al Tratado que dio origen a la actual Unión.

(Escuche el ‘podcast’ de Agenda Pública: ¿Qué pasa con la solidaridad en la Unión Europea? )

Es verdad que ese impulso decayó con el cambio de siglo y, aunque aún hubo un Tratado de Ámsterdam, los holandeses remataron en un referéndum celebrado en 2005 la Constitución que habían dejado herida de muerte los franceses. Fue entonces cuando el espíritu genuinamente pro-europeo que hasta entonces había animado a los Países Bajos, aunque fuera con el toque siempre pragmático que se desprende de las contribuciones arriba mencionadas, empezó a cambiar. Pero es interesante recalcar que lo hizo sobre bases democráticas, porque la propia opinión pública había dejado de sentir ese célebre consenso permisivo hacia los avances de la integración y porque su Parlamento nacional decidió vigilar con mucho más celo las atribuciones competenciales y la transparencia de las políticas europeas. Y, siendo verdad que se benefician enormemente de ellas, no hay que olvidar que también son sus principales contribuyentes netos en términos relativos.

No se puede, pues, resumir la compleja posición holandesa hacia Europa identificándola con la irritante postura de su Gobierno en la actual negociación presupuestaria con respecto al montante (‘frugal’ en vez de solidario), la modalidad (créditos y no transferencias), la gobernanza (la unanimidad en vez de la mayoría) y los contenidos (imponiendo reformas laborales y de pensiones). La Unión Europea va mucho más allá que una de suma de estados miembros. Es también un espacio común donde diluir o amortiguar estereotipos mutuos, donde interpelar a las élites y las ciudadanías en su conjunto explicando la importancia que tiene para todo aquél que valore la democracia y los libros de contabilidad en orden que esas reformas no sean impuestas desde fuera ni sometidas a vetos intergubernamentales.

Y, por el mismo motivo europeísta que resulta injusto considerar a los holandeses en su conjunto como un pueblo en esencia calculador, egoísta y falto de imaginación (tópicos por cierto incompatibles con la visión dominante que tenemos de sus innumerables cracks en el fútbol), es posible criticar con dureza y rigor la posición de su actual Gobierno. No es previsible que podamos cerrar esta década con un nuevo rescate holandés de la integración, pero sería imperdonable que los compatriotas contemporáneos de quienes tantas veces la salvaron e impulsaron no supieran ver el momento histórico al que Europa se enfrenta.

Nada de lo anterior debe ser leído en clave indulgente hacia España. Hay incluso muchos elementos de la postura holandesa (su escepticismo hacia la sinceridad del ánimo reformista en los estados endeudados, el exquisito celo de su Parlamento por la rendición de cuentas, el modo transparente de fijar y comunicar la estrategia, o su desconfianza hacia el rodillo franco-alemán) de los que deberíamos tomar buena nota. Y, si hacemos caso al analista holandés Adriaan Schout, estamos en mejores condiciones que otros países del Sur de convencerles de que ahora merece la pena intercambiar solidaridad por solidez. Ojalá pronto poder votar, en caso de duda, como los Países Bajos; Holanda, para los amigos.

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