Encomio de la mesura

En una carta a Tomás Moro, Erasmo dejó escrito que iba a rechazar una invitación del Cardenal Cisneros para dar clase en la Universidad de Alcalá porque “no le gustaba España”. Esa frase se hizo célebre en nuestro país y a menudo se cita en la historiografía, últimamente más lucrativa que rigurosa, sobre la llamada Leyenda Negra.

Pues bien, con el ambiente político tan deteriorado y cuando se resienten todos los consensos, pareciera que los distintos partidos sólo estuvieran de acuerdo en el non placet Hispania del sabio de Róterdam. A las tradicionales invectivas del independentismo contra el régimen constitucional de 1978 se unen ahora las fuerzas de derecha, que claman contra los representantes de la mitad de los españoles por haber suscrito un pacto de gobierno que supuestamente deja la patria en manos de terroristas y golpistas. Y, a su vez, la izquierda vería a la oposición, que representa a la otra mitad de la ciudadanía, como una suerte de magma ultra que hará irrespirable el país. No es de extrañar, por tanto, que quienes tratan de mantener posiciones centradas (así como gran parte de los analistas independientes) anden abatidos con el espectáculo.

España sale hoy bastante fea en el espejo y lo haría no sólo por el clima de confrontación actual, sino también por el bloqueo gubernamental de meses, por las alteraciones e inestabilidad de su sistema de partidos desde hace cinco años y (retrocediendo la mirada hasta algo más de una década), por el encadenamiento de graves crisis de tipo económico, social, institucional y, sobre todo, territorial. Si entre la Transición y 2008 creíamos haber dejado atrás para siempre el España como problema, cunde la sensación de que a partir de esa fecha no hemos dejado de retroceder a peores versiones de nosotros mismos. Máxime cuando a toda esa combinación de factores objetivamente graves se une esa tendencia universal, que aquí se practica con especial énfasis, a mirar poco a lo que pasa alrededor o, en su caso, a adoptar la percepción subjetiva que encuentra siempre la hierba más verde al otro lado. Sin embargo, bastaría analizar el funcionamiento de la democracia española en los últimos tiempos con un enfoque comparativo para llegar a conclusiones menos desoladoras o, en todo caso, para comprender el panorama nacional sin acudir a la sobreactuación ni al excepcionalismo.

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No es difícil encontrar en el entorno ejemplos más acusados de todos los elementos que hoy tensionan nuestro sistema político (fragmentación parlamentaria, polarización y crecimiento de partidos extremistas, dificultades de gobernabilidad o pautas centrífugas). Toda Europa (por no hablar de EE.UU.) está experimentando desarrollos insólitos en la conducta electoral, en el sistema de partidos y en la gobernación. Por eso, antes de consternarnos por la situación española, merece la pena repasarlos.

Mírese, para empezar, el ritmo tan acelerado y disruptivo en el que los partidos que caracterizaban la escena política a finales del siglo XX están dejando de ejercer como referentes ideológicos y de gobierno. A día de hoy, ninguna de las fuerzas tradicionales en el ámbito conservador o de centro-izquierda está entre las dos primeras de Francia, Italia o Países Bajos. La socialdemocracia tampoco domina ya el espacio progresista de Grecia y es previsible que pronto deje de hacerlo en Alemania o Austria. Y, por lo que se refiere a la derecha, las opciones moderadas de gobierno se están viendo superadas por las populistas en Bélgica, Suecia o Finlandia. En cambio, España es de los pocos casos de Europa occidental en los que sus dos grandes partidos sobreviven en cabeza (después de haberse enfrentado en varias elecciones recientes a la dura competencia de aspirantes a sustituirlos) y donde, además, es previsible que sigan dominando en su perímetro.

Es cierto que, en paralelo a esa persistencia de PSOE y PP, han nacido y crecido dos fuerzas a su izquierda (Podemos) y a su derecha (Vox). Como esa irrupción ha sido paralela a la incomprensible renuncia de la otra novedad (Ciudadanos) a ejercer de pívot centrista, y como tampoco se ha alterado la dinámica política confrontacional típica de la democracia española (que, por otro lado, compartimos con Reino Unido, Francia, Suecia, Irlanda o casi todos los demás países del Sur), pues la única salida ha sido insertar en la gobernanza a estos actores más radicales.

Eso puede considerarse una anomalía extraordinaria pero, de nuevo, la mirada comparada deshace doblemente los juicios desmesurados. En primer lugar, porque el fenómeno está tan extendido que la mayor parte de los países tienen una derecha nacionalista anti-inmigración más fuerte, mientras que casi toda Europa occidental, con la excepción de Reino Unido o Italia, tienen fuerzas de izquierda alternativa (a veces muy euroescépticas) que rondan el 10% de intención de voto. Y, en segundo lugar, porque, mirando de nuevo a toda Europa, los famosos cordones sanitarios apenas se aplican más allá de Alemania o Francia. En resumen, más de la mitad de los gobiernos de la UE están o han estado hace poco sostenidos por este tipo de partidos.

También queda matizada la patología española relativa a la dificultad para formar Gobierno; incluyendo la necesidad de repetir elecciones o los cambios de primer ministro. Prácticamente todas las democracias europeas han vivido en los últimos años bloqueos o fracasos similares a los vividos en España, con prolijas negociaciones de coalición que han durado meses (y en algunos casos no fructificaron), dimisiones o censuras parlamentarias y adelantes electorales. De hecho, de los 28 estados miembros de la UE, sólo ha habido cinco (Alemania, Países Bajos, Suecia, Chipre y Luxemburgo) que han tenido menos inestabilidad gubernamental que España desde que estalló la Gran Recesión.

Incluso si se mira a la principal fuente de toxicidad en la política española de los últimos años, que sin lugar a dudas es el independentismo catalán, tampoco se puede sostener que se trata de una peculiaridad exclusiva. Es obvio que, siendo la mayor parte de los estados europeos mucho más homogéneos desde un punto de vista identitario, el fenómeno no puede estar tan extendido como los antes mencionados. Pero, con todo, si hay hoy algún territorio de Europa occidental donde la secesión tiene algún viso de viabilidad en el medio o largo plazo (dado que es del todo imposible en el corto), habría que mirar mucho antes a los casos de Escocia, Flandes o Irlanda del Norte.

Por supuesto, ni eso ni nada de lo anterior significa que haya que abordar el complejo momento político español desde la perspectiva poco sofisticada del mal de muchos, pero sí que a la hora de establecer su auténtica  gravedad conviene hacerlo con la mesura que introduce la evidencia comparada. Entre otras cosas, porque eso incluye el escaso impacto real que (con la excepción del Brexit o del grave deterioro de la calidad democrática de Polonia, Hungría o Rumanía) ha tenido hasta ahora la polarización partidaria o la formación de gobiernos más ideológicamente escorados. De hecho, tener tanto un miedo excesivo como expectativas exageradas se compadece poco con la escasa fuerza de los gobiernos europeos actuales, incluyendo el nuevo que se ha formado en España. Y el problema real es que, en un clima tan crispado, sea imposible emprender grandes reformas que necesariamente exigen consenso.

Como quiera que sea, parece saludable desdramatizar. Es más, si se lee entera la carta de Erasmo y se conoce su biografía, se comprueba que el pensador holandés tenía muchas otras fobias nacionales y, cuando tuvo más información, acabó afirmando que España no le disgustaba en absoluto.

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