ERC/PSC, ¿retorno al bipartidismo imperfecto catalán?

El ciclo iniciado con las elecciones al Parlament de Catalunya de 2017, y que presumiblemente acabará con las próximas autonómicas que se convoquen después de la sentencia a los líderes independentistas, empieza a dibujar una serie de cambios en la competición política y en el peso de los diferentes actores en el sistema catalán totalmente inesperado hace ahora dos años.

Recordemos que aquellas elecciones se celebraron en un contexto de clara excepcionalidad: los sucesos de otoño de 2017 polarizaron como nunca a la sociedad catalana. Las encuestas mostraban un alto grado de tensión: las respuestas negativas sobre la situación política ascendían a valores superiores al 80%, y la preocupación por las relaciones Cataluña-España también alcanzaba uno de sus valores más altos en la serie histórica. Media Cataluña se decantaba por la independencia y la otra media se mostraba contraria.

Está polarización se materializó en la convocatoria electoral: Ciudadanos fue el primer partido no nacionalista catalán (ni catalanista) que conseguía la victoria en unas autonómicas, aunque las formaciones independentistas consiguieron la mayoría parlamentaria de manera holgada. En votos, los primeros superaron en 150.000 votos a los segundos. Era un ‘país’ dividido por la mitad

Las elecciones de 2017, en las que no hubo lista unitaria independentista (como en 2015) rompieron, además, la trayectoria histórica del sistema de partidos catalán. Tradicionalmente, dos formaciones copaban en las autonómicas la mayoría de escaños y votos y había entre tres y cuatro menores que formaban parte de los acuerdos de gobierno o de investidura. El papel de las fuerzas que competían por la victoria se lo repartían CiU y PSC hasta el inicio del ‘procés’ independentista, cuando los socialistas fueron desplazados por ERC. No obstante, la dinámica política cambió, ya que ERC no ejercía de oposición, sino que sustentaba al Govern de CiU. Los comicios de 2017 situaron hasta tres formaciones políticas (Ciudadanos, JxCAT y ERC) con unos números similares de apoyo electoral y de escaños. Se pasó de un bipartidismo imperfecto a un tri-partidismo igualmente imperfecto.

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Sin embargo, las elecciones que han tenido lugar a lo largo de la primavera electoral de 2019 parecen dibujar un nuevo escenario político y un cierto retorno a ese bipartidismo imperfecto. Dos formaciones han salido claramente beneficiadas de los tres envites que se han producido en Cataluña: ERC y PSC. Los republicanos ganaron las generales en Cataluña por primera vez desde la recuperación de la democracia, siendo la primera victoria de una formación independentista en unos comicios de este rango.

No obstante, los republicanos no hicieron un discurso nítidamente independentista a lo largo de la campaña: basaron toda su artillería discursiva y programática en cuestiones vinculadas a la defensa de los derechos civiles y políticos y contra la represión que, a su juicio, padecía el independentismo. ERC ha realizado un giro que, aunque con cierta dificultad, dibuja una vía posibilista y renuncia a la unilateralidad.

Este cambio, que llevaba gestándose durante todo 2018, le ha proporcionado la capacidad no sólo de robar voto al espacio post-convergente de JxCAT, sino también a los comunes y al PSC. Las municipales lo corroboraron y permitieron a ERC alcanzar sus mayores cuotas de poder local. Los republicanos se acercan al rol de actor hegemónico dentro del campo independentista

El otro partido que salió beneficiado de la primavera electoral de 2019 fue el PSC. Los socialistas se han hecho con el liderazgo del bloque no independentista en Cataluña gracias a su defensa del diálogo con los soberanistas y a sus esfuerzos por recobrar cierta normalidad política. También ha aprovechado el tirón del Gobierno socialista en España y, en especial, de la figura de Pedro Sánchez, que es relativamente bien valorada en Cataluña.

El resultado de todo ello fue un segundo puesto en las generales, quedándose a poco más de 50.000 votos de la victoria y tiñendo de rojo todo el área de Barcelona y la franja costera entre esta provincia y Tarragona. En las municipales, los socialistas obtuvieron importantes mayorías absolutas en el cinturón rojo que conforman L’Hospitalet de Llobregat, Santa Coloma de Gramenet, Sant Boí de Llobregat, Sant Joan Despí, así como el Gobierno de ciudades como Badalona o Sabadell. Además, entró en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal y en el Gobierno de la Diputación de Barcelona junto con JxCAT. La única nota negativa fue la pérdida de poder fuera de la región metropolitana y de Tarragona. Después de unos años de ‘travesía en el desierto’, los socialistas parecen volver a la posición central que habían ocupado históricamente en el sistema político catalán.

Paralelamente a la subida de estas dos formaciones, otros dos actores han sufrido un deterioro en sus expectativas y resultados electorales que los deja en una situación de debilidad ante el cierre del ciclo electoral. La formación que más lo ha sufrido es Ciudadanos. Los de Albert Rivera decidieron claramente polarizar las generales alrededor de la cuestión nacional, apostando por que Arrimadas liderara la lista por Barcelona para emular los resultados cosechados en las autonómicas de 2017. El resultado no pudo estar más alejado: pese a que C’s subió ligeramente en voto en comparación con las generales de 2016, quedó en quinto lugar con el mismo número de escaños y no fue capaz de aglutinar el voto defensivo contrario a la independencia que le había permitido ganar las elecciones catalanas. No existió el efecto Arrimadas.

Estos resultados se trasladaron a las municipales, en las que la formación naranja no logró ninguna alcaldía y perdió fuerza en algunos municipios en comparación con los conseguidos en 2015. Sólo la candidatura de Valls en Barcelona mejoró los resultados de los comicios locales anteriores.

La otra formación cuyos resultados electorales muestran una cierta fatiga de materiales es la del espacio post-convergente. La apuesta por la marca de JxCAT en las generales y municipales no le sirvió para mantener la hegemonía dentro del bloque independentista y conservar parte de su gran poder local. Los juntaires quedaron cuartos en las generales, con siete escaños (peor que en 2016), obtuvieron un mal resultado en las municipales y fueron barridos del Área Metropolitana de Barcelona por los republicanos. A pesar de esto, siguen siendo la formación con más alcaldías en toda Cataluña. No obstante, la aritmética electoral los ha dejado fuera del poder en algunos feudos históricos como Sant Cugat del Vallès o Figueres.

Sólo el gran resultado de Puigdemont en las europeas mantiene este espacio con capacidad de competir electoralmente contra ERC. De esta competición nacen las diferencias que hemos visto en las semanas previas a la Diada.

Ahora bien, ¿qué puede explicar esta sustitución de actores en cada uno de los bloques políticos? Podría estar vinculado a la situación de impasse que vive el procés en Cataluña. La cuestión nacional ha entrado en un momento de equilibrio y de distensión a la espera de la sentencia del Tribunal Supremo. El independentismo no tiene ningún proyecto estratégico ni unitario más allá de la reclamación de libertad para los líderes presos y ERC lo ha sabido ver antes que el espacio post-convergente, apostando por una estrategia pactista de largo recorrido, abierta a nuevas mayorías y que se centre en hacer política frente al bloqueo y la desobediencia que otras formaciones independentistas (como parte de JxCAT) parecen defender.

A lo largo de la eterna investidura que estamos viviendo se han podido ver claramente estas diferencias entre republicanos y post-convergentes. Algo similar a lo que pasa en el bloque no independentista. La apuesta por la convivencia y el diálogo del PSC desplaza el discurso crispado y agresivo que Ciudadanos sigue manteniendo sobre el proceso soberanista. La posición sobre los presos diferencia claramente ambas opciones. 

La apuesta que la sociedad catalana parece hacer por aquellas formaciones dispuestas a encontrar una solución, por complejo y arduo que sea el camino, para resolver esta crisis constitucional, nos vuelve a dirigir al viejo sistema bipartidista imperfecto que ha caracterizado la trayectoria electoral catalana. Este cambio vuelve a las esencias del sistema político con dos grandes formaciones que pueden llegar a centrar la competición política en los próximos años: una ERC que sustituya a CiU en el flanco independentista (nacionalista) y un PSC que vuelve a ser una opción competitiva a nivel autonómico.

A pesar de ello, existen variables que no podemos controlar de momento: los movimientos que se están dando en el espacio post-convergente entre sectores que no comulgan con la línea que marca Waterloo; la orientación futura de los comunes, como competidor directo de ERC y de PSC; y el papel que puede desempeñar la Lliga Democràtica, que pretende unir el espacio catalanista conservador no independentista.

El grado de dureza de la sentencia y una hipotética repetición de las generales también serán factores que consoliden o trunquen estas tendencias. Sin embargo, sólo las siguientes elecciones al Parlament despejarán estas dudas y nos dirán si esta apuesta política por la distensión se materializa con un retorno al bipartidismo imperfecto (protagonizado esta vez por ERC y PSC) o si, por el contrario, entramos en una fase de mayor fragmentación y tensión. 

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