¿Es Ciudadanos un partido liberal?

La opción ideológica de Ciudadanos (C’s) por el liberalismo fue un acierto, ya que en España sí hay espacio para un partido de ese espectro, entre un PP muy conservador y cada vez más escorado a la derecha y un PSOE que parece querer rescatar sus esencias históricas genuinamente socialdemócratas. La inicial amalgama en C’s de liberalismo y socialdemocracia nunca resultó del todo creíble, sobre todo desde que se integró en ALDE en el Parlamento Europeo; de ahí que fuera congruente el abandono del segundo referente, inoperante en la práctica e incluso un obstáculo para crecer hacia el centro-derecha, que es donde Albert Rivera ha visto que tiene más opciones.

A la hora de caracterizar a este partido, algunos no sólo rechazan que pueda ser considerado liberal, sino que lo ubican directamente en la (nueva) extrema derecha. Esta tesis es muy habitual entre los independentistas catalanes, que consideran a Ciudadanos un partido ultra por su nacionalismo españolista uniformista y su visión re-centralizadora y homogeneizadora del Estado autonómico.

Sin embargo, caracterizarlo tipológicamente como partido de extrema derecha por estas razones (lo hace incluso un reputado académico como Manuel Castells en su libro ‘Ruptura. La crisis de la democracia liberal’, 2018) no es adecuado porque, siguiendo con el argumento, en este sentido la La République En Marche! de Emmanuel Macron sería asimismo de extrema derecha, pese a ser frontalmente contrario al lepenismo  ultra. Como es sabido, en Francia el Estado-nación goza de un altísimo consenso social y es visto como un factor de libertad e igualdad: en este sentido, Jean-Luc Mélénchon es tan  nacionalista francés y centralista como Macron, ubicándose ideológicamente en la izquierda radical.

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Se puede criticar a C’s cuando argumenta que no es nacionalista porque es muy crítico con el nacionalismo catalán, pero nunca lo es con el nacionalismo español (un fenómeno, en ascenso, que parece no querer ver), y aún más por no ofrecer la menor salida política al conflicto catalán e insistir en una fórmula tan excepcional e indeseable como suspender sine die la autonomía vía artículo 155. Puesto que el eje territorial (que atraviesa la dimensión derecha/izquierda) no es un buen indicador para ubicar ideológicamente a Ciudadanos, esta aproximación es poco útil. Es mucho más rigurosa y precisa la caracterización académica como partido de centro-derecha que hacen Juan Rodríguez Teruel y Astrid Barrio: ‘Going National: Ciudadanos from Catalonia to Spain’ (South European Society and Politics, 2015).

Ahora bien, que no sea riguroso calificarlo tipológicamente a C’s como partido de extrema derecha no impide relativizar su supuesto liberalismo. Naturalmente, el desenlace andaluz es lo más significativo al respecto, pero ya antes adoptó decisiones como mínimo sorprendentes, por incongruentes, desde un punto de vista ideológico estrictamente liberal. Así, por ejemplo, cabe recordar que:

1) C’s se opuso inicialmente a la tarjeta sanitaria para inmigrantes no regularizados, algo que rompe el principio liberal universal de igualdad entre las personas

2) Expresó reservas frente al matrimonio homosexual porque esa expresión introduciría “tensiones” sociales, cuando desde un puro criterio liberal no hay ningún argumento para oponerse al mismo.

3) Rechazó la huelga feminista del 8 de marzo de 2018 por considerar que el feminismo (¿todo él?) es una ideología radical e incluso anticapitalista.

4) Defiende la maternidad subrogada (es decir, los vientres de alquiler), una fórmula que afecta en su inmensa mayoría a mujeres de bajos recursos y que están en una posición no igualitaria en uncontrato que puede afectar a derechos inalienables de la persona y, por tanto, no debe ser defendido por una opción liberal.

Además, por razones tácticas cortoplacistas ha coincidido con el PP en el filibusterismo parlamentario, para bloquear indefinidamente asuntos que debieran ser aprobados sin dilación por cualquier liberal que se precie: la regulación de la eutanasia (un claro derecho individual), la derogación del plazo máximo para instruir causas judiciales (el refuerzo de las garantías procesales debería ser algo obvio para todo liberal), el traslado de los restos del dictador Francisco Franco de Cuelgamuros (C’s se ha abstenido, una decisión incomprensible en un partido liberal) o la supresión de la infortunada ley mordaza (uno de los escasos elementos que le ha hecho perder algún punto a España en los índices de calidad democrática que miden las agencias internacionales).

Sin embargo, es evidente que el asunto más polémico e incómodo para un partido teóricamente liberal es el del pacto de gobierno andaluz. Ciudadanos sostiene que no ha acordado nada con la derecha radical de Vox (formalmente es así); pero gobernará con el PP, que sí ha negociado explícitamente con ese partido algunas medidas. C’s argumenta que sólo se siente vinculado por las 90 que ha pactado con el PP, pero es evidente que este partido (que presidirá la Junta) intentará llevar a la práctica las 37 que ha acordado con Vox. No puede ignorarse, además, que los gobiernos son corresponsables de todas sus políticas.

Si C’s intenta bloquearlas, podría suponer el fin del Gobierno bipartito y, por tanto, las 37 medidas PP-Vox no son “papel mojado”, como argumenta Rivera, puesto que los ultras van a ser el árbitro para la continuidad de un Ejecutivo andaluz que descansa en tres, no en dos patas.

El doble pacto separado no ha sido más que una argucia (muy fácil de detectar) para intentar salvar cierta imagen, pero si ha funcionado es porque se ha impuesto (y muy rápidamente) la capacidad pragmática de las derechas: el PP ha archivado sus conocidas tesis sobre los pactos de perdedores y el mito de la lista más votada, C’s afirma que no se siente en absoluto vinculado por el acuerdo PP-Vox y los ultras, que amagaron con un programa de máximos irrealizable, entendieron que no podían perder la oportunidad. Por tanto, la prioridad absoluta de los tres ha sido echar a los socialistas del Gobierno andaluz, y esta coincidencia es lo que ha facilitado la alternancia.

Ahora bien, lo ocurrido en Andalucía tiene un coste para C’s, tanto interno (no todos sus miembros lo vieron claro, aunque lo hayan aceptado) como externo (puede tener consecuencias electorales negativas en el futuro inmediato). De un lado, Ciudadanos se resiste a calificar a Vox como partido de extrema derecha: Inés Arrimadas sólo admite que es “populista”, pero incluso asumiendo esa caracterización cabría recordar que su formación siempre ha rechazado gobernar con partidos de esa orientación. Poco parece importar que dirigentes europeos de extrema derecha como Marine Le Pen o Matteo Salvini hayan felicitado efusivamente a Vox, considerándolo uno de “los suyos”.

C’s intenta minimizar el acuerdo andaluz con el argumento formalista mencionado (el acuerdo estricto con el PP) y con gestos que reflejen el máximo distanciamiento posible (no hubo foto a tres). No obstante, por mucho que quiera negarlo, ha contribuido a ‘normalizar’ (siquiera indirectamente) a un partido de la  derecha reaccionaria, del mismo modo que ya está ocurriendo en varios países europeos (Austria, Dinamarca, Finlandia, Grecia o Italia, por no hablar de Hungría y Polonia).

Al final, han prevalecido dos objetivos en la estrategia de C’s: 1) desplazar del poder a los socialistas (una verdadera obsesión), y 2) seguir avanzando entre el electorado conservador para arrebatárselo al PP. Pero este segundo factor (más que el primero) es el que más erosiona el supuesto carácter liberal del partido porque le escora hacia la derecha conservadora.

Se trata de una estrategia arriesgada y que ha suscitado algunas diferencias internas (Manuel Valls o Francesc de Carreras se han desmarcado de la misma), aunque la fortuna para C’s haya sido que Guy Verhofstadt (el líder de ALDE) haya avalado, al final, el pacto andaluz. El gran reto ahora para Ciudadanos es el de las elecciones autonómicas y municipales de mayo: si no consigue ningún acuerdo de gobierno con el PSOE y sólo los alcanza con PP y Vox, su imagen liberal podría quedar casi irreversiblemente arruinada. Su esperanza pudiera estar en algunos barones socialistas españolistas (Emiliano García-Page, Javier Lambán, Javier Fernández o Guillermo Fernández Vara), bien diferentes por su orientación a los socialistas federalistas como Ximo Puig o Francina Armengol con los que sería mucho más difícil llegar a acuerdos de gobierno.

Lo cierto es que, por sus actos, C’s no está ofreciendo hoy un perfil inequívocamente liberal; y si no rectifica, corre el riesgo de no ser más que una segunda opción conservadora (sólo algo más moderna) junto al PP.

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