¿Es la crisis del coronavirus una pandemia?

El pasado 26 de febrero, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró que la actual propagación del coronavirus “tiene potencial pandémico”. Es decir, a pesar de que en estos momentos el virus ya se encuentra presente en todos los continentes excepto la Antártida, aún no hay fundamento suficiente para declarar la pandemia. Aclaró, además, que hacerlo no representaría un beneficio, sino más bien acrecentaría “el miedo y el estigma de manera innecesaria e injustificada”. Esto da pie a dos preguntas: ¿Cuáles son los requisitos para que un brote o epidemia alcance esa categoría? ¿Y cuáles serían las consecuencias de una declaración de pandemia para la comunidad internacional? De antemano, se adelanta la conclusión: para ninguna de estas preguntas hay una respuesta definitiva. Aun así, en las siguientes líneas se abordan con más detalle estas dos cuestiones.

¿Qué hay detrás de la definición de ‘pandemia’?

El principal documento emitido por la OMS para la gestión de riesgos ante una pandemia de gripe ofrece una serie de definiciones operativas. Entre ellas, está la de pandemia, que es distinta a la de emergencia de salud pública de importancia internacional, prevista por el Reglamento Sanitario Internacional (véase más sobre este término en este artículo reciente). De acuerdo con la guía de la OMS, “se produce una pandemia de gripe cuando un virus gripal del subtipo A (…) adquiere la capacidad de transmisión sostenida de un ser humano a otro, fenómeno que conduce a brotes de la enfermedad que afectan a la comunidad entera. Un virus así puede propagarse por el mundo entero con rapidez y, al hacerlo, provocar una pandemia”.

¿Por qué se centra la definición de la OMS en el virus de la influenza subtipo A? Una explicación es en que, experiencias pasadas, esos patógenos han demostrado tener el mayor potencial de propagación global. Como se recuerda aquí, la gripe de 1918-1919, la mayor catástrofe de su tipo, fue ocasionada por una cepa de este virus. Frente a este escenario de riesgo, la OMS ha emitido una serie de directrices que ofrecían definiciones operativas de pandemia. En una versión anterior, emitida en 2005, la preocupación central era el riesgo de propagación de la gripe aviar (influenza tipo H5N1), con altas tasas de mortalidad. Quizá por esa razón, la definición operativa diseñada entonces por la OMS incluía como elemento del riesgo de pandemia la gravedad de la dolencia.

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Este criterio fue abandonado en la nueva versión de las directrices, emitida en 2009. Entre otros motivos, se encontraba el hecho de que condicionar la declaración a una evaluación de la severidad podría demorar las medidas necesarias de respuesta. Por otro lado, también en esta versión, la definición de pandemia era general y no se limitaba a una enfermedad concreta.

Después apareció la pandemia de gripe A (H1N1) de 2009-2010. Fue la primera ocasión en la que la OMS emitió una declaración formal de este tipo, con propósitos operativos. Entre sus consecuencias legales, destaca la activación de contratos millonarios durmientes con empresas farmacéuticas capaces de producir vacunas con mayor celeridad. Además, varios países, aunque no todos, activaron mecanismos nacionales como consecuencia de la declaración. De ello se derivaron distintas críticas a la OMS, en el sentido de que había emitido la declaración pandémica demasiado pronto y en beneficio de empresas farmacéuticas.

A raíz de esta experiencia, la OMS volvió a revisar la definición en 2013 y en 2017 (la versión actual) sin mayor variación entre una y otra. La novedad fue que, desde 2013, el documento guía hace hincapié en la influenza. La definición operativa de pandemia de la OMS dejó de aludir a enfermedades en general. Actualmente, las recomendaciones de preparación y respuesta están calibradas a las características epidemiológicas de la influenza. Como resultado, en la actual coyuntura las consecuencias del uso de la definición serían más limitadas que en 2009. La emisión de guías específicas para el coronavirus ya está en marcha. Pero ninguna de ellas, hasta estos momentos, incluye elementos o pautas para la implementación de medidas específicas. Para que éstas puedan ser validadas desde el punto de vista científico, hacen falta más estudios. Llevarlos a cabo en medio de una emergencia sanitaria como la actual, y que además cumplan con los estándares metodológicos, constituye un reto enorme”.

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Esta cronología ayuda a contextualizar la ponderación sobre declarar el coronavirus como pandemia o no. Ciertamente, una declaración de este tipo no generaría las mismas consecuencias legales que en el caso de la influenza, pues no hay tales contratos previos tratándose de un virus que, hasta hace poco, era desconocido. Más bien, como lo explica el director general de la OMS, la reticencia a llamar pandemia la actual crisis del coronavirus se relaciona con la reacción que generaría en los gobiernos y el público en general.

¿Más que sólo declaraciones?

Dados los componentes de la definición de pandemia, podríamos preguntarnos si lo que ocurre actualmente con el coronavirus justificaría o no llamarla como tal. Si la decisión de no hacerlo se relaciona con las consecuencias, ¿deben ser éstas tomadas en cuenta al aplicar una definición? ¿Puede negarse su utilización por una cuestión pragmática? ¿Por qué tiene tanto peso la simple expresión, oral o escrita, del líder de un organismo internacional?

Estos interrogantes se enmarcan en un trasfondo conceptual: las declaraciones de organismos como la OMS son un ejercicio de autoridad pública internacional. El hecho de que un acto lingüístico tenga consecuencias prácticas, como activar planes pandémicos o cláusulas en contratos, lo convierte en algo más que simples alocuciones. De ahí que el papel de los oficiales de la OMS, a quienes la comunidad internacional escucha para proporcionar mayor claridad, es particularmente delicado. La deferencia a su pericia técnica implica también que sus indicaciones tendrán consecuencias. En vista de lo acontecido durante la pandemia de influenza A(H1N1) de 2009-2010, la construcción misma de las definiciones puede ampliar o restringir el margen de maniobra que tendrán tanto la OMS como otras autoridades nacionales, internacionales y supranacionales, como lo sería la Unión Europea.

Más allá de la disyuntiva de declarar o no como pandemia la actual crisis del coronavirus, no puede negarse el peso que puede tener la información. La responsabilidad de quienes tienen los reflectores, en particular las autoridades sanitarias, se manifiesta de inmediato. Es por ello que una correcta comunicación se vuelve vital. El uso incorrecto de una definición puede llevar no sólo al pánico, sino a la puesta en marcha de medidas con costes tanto humanos como económicos; ni que decir tiene la potencial erosión de la confianza en la autoridad. Frente a los no menos peligrosos brotes de desinformación, así como a las reacciones desmedidas a diestro y siniestro, poder apoyarse en información técnica confiable al tomar decisiones es quizá más necesario que nunca.

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