España: ¿el ocaso de ‘la edad de la inocencia’ europea?

España destaca por ser un país de sentimientos europeístas, y desde hace mucho más tiempo de que la UE se creara. A partir de la difusión de las ideas e instituciones liberales, las élites españolas más ilustradas han mirado siempre a Europa como su punto de referencia, el objetivo que alcanzar. Hay un hilo muy visible tanto en la historiografía (Álvarez Junco, Artola, Fontana, Tortella y, obviamente, Preston) como en la politología (Huntington, Linz y Stepan, Morlino) que hace hincapié en la doble y compleja relación entre España y Europa. La famosa reflexiòn de Ortega y Gasset –“España es el problema, Europa la solución”– aún resuena.

Sin embargo, ¿acaso los tiempos están cambiando y lo que parecía ser ya no es? Es decir, si para España Europa era (y en gran medida sigue siendo) su anclaje a la modernidad, la panacea exterior de sus deficiencias domésticas, ¿también puede ser el caballo de Troya de sus futuros males? Si España ha sabido conseguir desarrollo y bienestar cuando las vacas eran gordas, ¿cómo sabrá reaccionar ahora en tiempos de vacas flacas?

No son preguntas fatuas, sino reales. La tumultuosa entrada de Vox en el espacio público español es, a la vez, causa y efecto de estos nuevos vientos. Las primeras fisuras surgieron con el 1-O catalanista: el esperpento independentista fue activando unas pulsiones identitarias de una virulencia jamás conocida en la edad democrática, pero ya existentes en otros países; un ‘Cultural Backlash’, como lo han llamado Pippa Norris y Ronald Inglehart, impulsor de una nueva ola de populismo autoritario. Las grietas aparecieron con la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa (junio 2018) y se profundizaron con las elecciones autonómicas andaluzas (diciembre 2018): casi 400.000 votos y 12 escaños. Fue el final de la excepción española: el país tenía ya a su partido de ultraderecha.

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Sin embargo, el ‘momento Vox’ iba más allá: se había convertido en el partido del cabreo. El derrumbe se oyó, fuerte y claro, en las dos elecciones generales y las autonómicas de 2019: el discurso en contra de las “élites progresistas”, de lo politicamente correcto, del estado autonómico, de la inmigración y de la memoria histórica irrumpía en el Poder Legislativo.

Pese a sus éxitos, la naturaleza de Vox resulta extraña. A diferencia de todos los recientes movimientos populistas de derechas –quizás con la excepción del brasileño Bolsonaro–, la agenda de la formación de Santiago Abascal está dominada sólo por cuestiones internas. Los temas de política internacional permanecen, por el momento, en un plano secundario, más marginal. Es esto, probablemente, lo que explica sus resultados en las últimas elecciones europeas: si el 28-A Vox lograba 2.664.000 votos (y 24 escaños), el 26-M su apoyo se reducía casi a la mitad (1.388.000 votos), pero con un repunte récord el 10-N, cuando llegaba a ser la tercera lista más votada con 3.640.000 votos (y 52 escaños).

Entonces, ¿por qué esta carencia de referencias internacionales en el enfado nacional populista de Vox? En primer lugar, como sugiere el famoso refrán estadounidense, porque all politics is local politics: los asuntos locales son los que más cercanos están a los ciudadanos, los que más afectan a sus intereses y que más moldean sus identidades. La política exterior, como desafortunadamente sabemos, tiene poco atractivo, resulta complicada y lejana. En segundo lugar, y a pesar de lo ocurrido en los años más duros de la Gran Recesión, en España la percepción sobre la UE sigue siendo positiva, por delante de muchos otros países como, por ejemplo, Italia.

Una apreciación, sin embargo, en declive. Tres encuestas de opinión sobre los beneficios para España de su pertenencia a la Unión certifican este cambio, en apariencia imperceptible pero constante. Según el Barómetro nº 40 del Real Instituto Elcano (diciembre 2018), el 83% de los encuestados daba una respuesta positiva, un resultado que descendía al 75% según el Eurobarómetro 91.1 (abril 2019), aunque por encima de la media europea (68%); y que caía al 66%, según un estudio del norteamericano Pew Research Center (octubre 2019).

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El annus horribilis 2020 está echando más gasolina al fuego. Primero fueron la Covid-19, la parálisis económica y una gestión mejorable de la crisis, tanto por parte del Gobierno como de muchas comunidades autónomas. Gracias a un mensaje sencillo y simplista y una estrategia comunicativa aún más desinhibida y agresiva, sobre todo a través de las redes sociales y aplicaciones de mensajería privada, Vox está intentando ocupar y, por supuesto, ampliar un espacio político que se alimenta de un malestar que de lo psicológico se está expandiendo a lo material. Como una serpiente que, creciendo, muda su piel. Como escribe Pablo Pombo, “la clave está en el presente. La pandemia ha generado un racimo de crisis que va a poner a prueba todas las costuras de la democracia occidental”, una circunstancia de la que todos los partidos de la ultraderecha occidental –de Italia a España, de EE.UU. a Brasil– están intentando beneficiarse. Esto es lo que fueron las caceroladas de primavera: una mezcla tóxica de conspiracionismo, frustración, negacionismo y rebelión como fin en sí mismo.

Luego llegaron las esperanzas por el Plan de Recuperación de la UE y la ducha escocesa de los datos sobre el desplome del PIB. En efecto, estos últimos dos meses (junio y julio de 2020) pueden representar un primer punto de inflexión: una trasformación ‘lepenista’ de Vox, un giro autárquico y social en defensa de ‘los de abajo’ contra el capital extranjero; un clásico de la ultraderecha. Es decir, el comienzo de una fase de internacionalización de su retórica y programa, en coordinación, aunque de manera débil y esporádica, con otros partidos de la derecha soberanista. ¿Y qué mejor objetivo para golpear que la UE y la banca extranjera?

Así, el acuerdo del 21 de julio se convierte en “un rescate en toda regla”, futura causa de recortes y pérdida de soberanía. Un nuevo belicismo semántico que, y esto es lo peor, parece haber obligado al Partido Popular a un difícil malabarismo político para apoyar y, a la vez, criticar este acuerdo a través de la expresión usada por el propio Vox: rescate.

¿Está España destinada a convertirse en un país eurófobo? La pregunta es atrevida y la respuesta –¡ojalá!– negativa. El debate lo inauguró, a finales del pasado mes de febrero, el periodista Pablo Suanzes, advirtiendo del peligro que corre España: pasar de un “europeísmo naíf”, amplio pero débil, edificado sobre un conocimiento escaso de la Unión y la ausencia de un debate serio sobre Europa, a una “amenaza euroescéptica” cuyo origen pudiera esconderse en “el riesgo de que una frustración casi segura pueda alimentar el descontento y un brote euroescéptico a medio plazo.”

¿Acaso se está acercando la tormenta perfecta? Difícil de predecir. Hay que evitar posturas deterministas o fatalistas; al revés, hay que ser realista. Lo mejor que se puede hacer es, parafraseando el título de una famosa película, entender que para España la edad de la inocencia europea está llegando a su fin. Ya es tiempo de que empiece este debate sobre la naturaleza y los objetivos de la UE y, por supuesto, de España en la UE y en el mundo. La fase del europeísmo ‘a priori’, de la práctica multilateral como valor en sí mismo ha quedado anticuada. Ya hemos percibido algo en la polémica que ha caracterizado la negociación sobre el Fondo de Recuperación europeo; por ejemplo, hace unas semanas con un análisis muy inspirador de Ignacio Molina en este medio. Lo más difícil es imaginar cómo resucitar una eficaz política de Estado en tiempos de fuerte polarización.

En conclusión: no hay que olvidar nunca que España es un país occidental ‘sui generis’. Como se decía al principio, desde hace dos siglos es más un consumidor que un proveedor de todo tipo de innovación. Colocada en esa red de interdependencias comerciales, intelectuales y normativas que se extiende entre las dos orillas del Atlántico, pero en posición periférica con respeto al mundo anglosajón, el área que siempre ha tenido más fuerza para impulsar el cambio, tanto en lo económico y tecnológico como en lo político y cultural. Esto nos deja un corolario importante: la velocidad de transformación de nuestra realidad hace que las fluctuaciones cíclicas del capitalismo y sus instituciones estén caracterizadas por un plazo cada vez más corto. Esto significa que, pese a la crisis del orden neoliberal que estamos viviendo, el populismo de la ultraderecha no es (aún) algo sistémico; que el efecto mariposa de la impredecible evolución humana nos impide una verdadera predicción a largo plazo; y que la posible derrota electoral de Trump, el próximo mes de noviembre, podría en efecto cambiar muchas cosas.

El tiempo lo dirá.

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