España ensimismada pero no desorientada

Hace unos meses, con ocasión del análisis prospectivo que cada año realiza el Real Instituto Elcano sobre las perspectivas y desafíos que afronta España en el mundo y en la UE[, subrayé que la política internacional y europea de nuestro país iba a estar muy condicionada en 2019 por el contexto electoral. Aunque aún no estábamos convocados a las urnas, tampoco parecía una previsión muy audaz. Lo curioso es que ahora, viendo cómo se ha desarrollado la campaña, resulta bastante más relevante mirar a la relación causal inversa y comprobar que ha sido nula: es decir, que la agenda exterior no ha condicionado absolutamente nada esta votación.

Desde hace unos días, se vienen publicando reflexiones que critican con severidad esta incomprensible ausencia. Diversos analistas lamentan, con toda razón, que esta campaña electoral haya pasado “sin que le roce el mundo, enfrascados como siempre en la bronca patria” o que la “España global”, aun siendo influyente, es mucho menos numerosa que la “España española,  que vive de espaldas a Europa y al mundo en general[. Se ha denunciado que el déficit de atención a lo que pasa fuera de nuestras fronteras se debe a que tenemos una “Nación de líderes acomplejados que no hablan más que de sí mismos y de sus partidos”, aunque, con más dosis de autocrítica, algunos de esos autores también han incluido en la lista de culpables a los medios de comunicación o a los expertos en asuntos europeos y globales que no hacemos lo suficiente para interesar a la ciudadanía general.

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Que este desinterés cause cierto escándalo, como demuestra que El País editorializase ayer justo en esa línea[, es positivo. Pero, antes de rasgarnos las vestiduras, quizás convenga introducir algunos argumentos adicionales que nos permitan preservar nuestras prendas de ropa.

La primera matización es precisamente el hecho de que ahora mismo estemos hablando sobre ello. Hace tres años, hice un pequeño comentario centrado sobre el escaso peso de los asuntos europeos en las últimas elecciones generalesy recalqué que hasta ahora “la ausencia de debate en torno a Europa en las campañas no extrañaba a nadie”. Por tanto, el primer paso para una correcta terapia es identificar que existe una patología. Ahora nos llama la atención que no se hable y es posible que solo fuera el impacto causado por la recesión financiera global y la crisis del euro lo que nos llevó a discutir algo por la gobernanza de la moneda común. Es verdad que el avance producido en 2011-16 fue muy insatisfactorio y que, de hecho, incluso ahora se percibe un retroceso, pero hay una razón positiva para ello: seis años seguidos  de recuperación económica.

Mi segunda observación, también apuntada ya con acierto en estos días[, es que la política internacional “es un tema poco divisivo, que apenas preocupa a los indecisos y desde luego no es el más propicio para marcar distancias con los demás”. De hecho, desde un punto de vista táctico, el que no se hablara nada de Europa o del mundo en los debates fue seguramente un acierto de los candidatos de la oposición pero un error de Pedro Sánchez y quienes le asesoran. Por tres motivos: (a) porque el balance diplomático de sus diez meses en Moncloa no es malo; (b) porque al existir un relativo consenso entre los partidos que debatían, se habría restado tiempo al tratamiento de asuntos más peligrosos para él; y (c) porque ahí podría haberse mostrado presidencial y centrista, ganando votos de los más cosmopolitas de Ciudadanos e incluso del PP, quizá disconformes con que el centro-derecha pacte con el euroescéptico Vox.

En todo caso, y esta es la tercera y más importante de mis matizaciones, es justo esa suerte de acuerdo político y social sobre la posición de España en el exterior la que ha motivado el silencio durante la campaña. Como señalaba otra autora[, “ninguno de los partidos promueve la salida de la Unión Europea (ni tan siquiera Vox)”. Y si hay algo que valoramos los analistas que hemos criticado la ausencia de esta temática, por encima incluso de la posibilidad de que se hubiera discutido con mucha profundidad sobre ella, es precisamente que la mayor parte de la ciudadanía y las élites de nuestro país no comparten el soberanismo, los sentimientos anti-inmigración o el proteccionismo que en cambio triunfan en Reino Unido, Italia, EEUU, Polonia e incluso Francia.

Por eso, a la hora de valorar negativamente el que se haya ignorado la agenda internacional en estos días, hay que hacerlo con cautela y distinguir entre el hecho lamentable de que los españoles apenas nos hagamos preguntas sobre integración europea o asuntos globales (clima, desarrollo, terrorismo internacional) de la realidad mucho más peligrosa de que nos las hiciéramos de forma tan emocional que diéramos las respuestas equivocadas. Que exista aquí una suerte de consenso permisivo no es, sin duda, un óptimo. Pero que en la sociedad española gocen de buena salud los atajos mentales colectivos que nos aconsejan huir del aislamiento y la eurofobia no es un valor menor.

Necesitamos madurar como sociedad haciéndonos cada vez más preguntas sobre la agenda exterior pero, a la vez, cuidar que el estilo confrontacional que caracteriza la conversación sobre casi todas las políticas públicas no contamine uno de los pocos reductos intelectuales y políticos de concordia. La inexistencia de un debate público en estos días sobre nuestro papel como potencia media europea nos retrata como país ensimismado pero, paradójicamente, puede ser la salvaguarda para no perder la brújula y que, a partir de mañana, se pueda trabajar para orientar mejor al país en la globalización y la integración supranacional sin los vetos mutuos, las promesas rígidas y los enroques que lastrarán la política territorial, laboral, educativa, judicial, o tributaria.

Se trata de un consuelo triste y que solo tendrá algo de sentido si en la Legislatura que hoy arranca con nuestro voto, y que tan crispada se presenta en casi todos los ámbitos, los partidos consiguen plantearse una política exterior de Estado, que aborde los enormes retos que tenemos[. Sería, además, una forma de acercar en algo a los grandes partidos que hoy parecen tentados como nunca de pactar con fuerzas radicales. Una tentación que no solo cavaría aún más una fosa demasiado profunda entre izquierda y derecha sino que esta vez nos podría alejar, como hace más de cuarenta años que no nos ocurre, de nuestra relativamente buena conexión con Europa y el mundo.

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