España y Europa pueden estar escribiendo su nuevo contrato social

Estábamos hasta hace dos semanas preocupados por cómo lidiar con el impacto de la transición digital y la transición ecológica/energética, por cómo sobrellevar el futuro del trabajo y la posibilidad de convivir con un desempleo estructural elevado, por la necesidad de inventar un nuevo sistema fiscal que tuviera en cuenta la deslocalización/globalización y la digitalización de las empresas, por las reivindicaciones de partes de nuestro territorio que se sentían alienadas con respecto a lo urbano, por las tensiones territoriales en Cataluña… Estábamos preocupados, pues, por el diseño de un nuevo contrato social causado por un shock tecnológico cuando nos ha sobrevenido otro shock, el de la pandemia del coronavirus.

Este término clásico de contrato social se refiere al conjunto de acuerdos (legales, sociales, culturales) entre capital y trabajo, entre clases sociales, entre diferentes regiones, entre Iglesia y Estado, entre lo rural y lo urbano, etcétera, que conforman un equilibrio más o menos estable en cada sociedad. Obviamente, y cuando el filósofo Jean-Jacques Rousseau, inventor del término, teorizaba sobre él, la idea de un acuerdo primigenio con todos los ciudadanos, conformando una especie de Asamblea General alrededor de una hoguera, no era más que una metáfora. La realidad es que ese acuerdo es el producto de múltiples luchas político-mediáticas (de clase, de grupos de interés frente a otros, entre regiones) que se libran en todo momento, que generan legados institucionales (los términos path dependency o policy legacy cubren bien esta inercia) y que pueden concentrarse en momentos críticos. En otras palabras, nuestras instituciones de hoy reflejan los resultados de batallas políticas de ayer.

Por último, cada contrato social tiende a reflejar (y perdón por la simplificación) los principios y valores de cada comunidad: puesto que es el resultado de diversas luchas políticas, dicho resultado final algo te informa de la agregación de principios y valores de una sociedad: por simplificar, si valora más la solidaridad/el comunalismo (sanidad pública, estatismo en la economía) que la responsabilidad individual (sanidad privada, liberalismo económico más o menos exacerbado).

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

Cuando, hace apenas 15 días, hablábamos de “buscar un nuevo contrato social”, nos referíamos a que el actual se había visto alterado por un shock exógeno y requería de actualización. Este shock era esencialmente tecnológico y modificaba muchas de las relaciones socioeconómicas subyacentes en el anterior equilibrio (por ejemplo, que el valor económico del siglo XXI se crea mayoritariamente en las ciudades, que la revolución digital tiene impacto sobre el volumen y la composición de la fuerza de trabajo, que debemos modificar nuestro sistema de provisión de energía, etc.).

Y, de repente, la crisis del coronavirus ha dejado en segundo plano varios de esos conflictos enconados que no encontraban rápida respuesta y focaliza toda la atención mediática, la energía política y 200.000 millones de euros en la respuesta ante las consecuencias sanitarias/humanas y económicas de la pandemia. 

Dichas cifras son de tal calibre que es difícil sobrevalorar la importancia futura que tendrá esta respuesta en nuestra sociedad, en nuestra estructura institucional, en nuestro Estado del Bienestar: la movilización de 200.000 millones de euros, entre recursos públicos y privados, del Real Decreto 8/2020 del 17 de marzo de medidas urgentes extraordinarias para hacer frente al impacto económico y social del Covid-19, el 20% de nuestro Producto Interior Bruto, sólo se compararía en magnitud con los esfuerzos fiscales de EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial (un déficit público del 20% sostenido desde 1941 hasta 1945) o el lanzamiento del New Deal en 1931 (por valor de de unos 41.700 millones de dólares de la época, un 30% del PIB estadounidense entre 1931 y 1939). Y nadie duda del impacto histórico de estos dos últimos ejemplos.

[Escuche el ‘podcast’ La Semana de Agenda Pública]

Así, y si esta hipótesis es cierta, el nuevo contrato social de España y de Europa se está escribiendo, por fin, a través de la respuesta económica ante la crisis del coronavirus. Pueden, pues, encontrarse sus fundamentos en el Real Decreto. Puede no sonar tan sexi como una voluntad general rousseauniana, pero el articulado de esta norma y en cómo define cómo gastarnos 200.000 millones de euros (no sé si se abruma el lector con la magnitud; yo sí) se encuentra el ADN de la España y de Europa de dentro de unas décadas. Y puesto que, como comentábamos antes, los principios y valores de la sociedad en un momento crítico pueden impregnar su desarrollo institucional futuro, intuimos que nuestra sociedad futura se construirá sobre los principios y valores que subyacen en el Real Decreto y que podrían ser los siguientes:

  • Énfasis en la solidaridad (“nadie se va a quedar atrás”, afirmó el presidente del Gobierno); 
  • Énfasis en el concepto de ‘seguridad humana’, lo que podría significar, por ejemplo, que un Salario Mínimo Universal podría ser una realidad futura gracias a la crisis del coronavirus de la misma forma que el crack del 29 llevase finalmente a consolidar un seguro de desempleo
  • Sacralización de la Sanidad pública, pues si la crisis se resuelve razonablemente bien resulta difícil imaginar escenarios en los que su condición de institución heroica no va acompañada de más recursos y consolidación institucional;
  • La Ciencia como valor: de repente, los argumentos y las legitimidades técnicas ganan capacidad persuasiva en nuestros debates políticos;
  • Realineamiento en nuestras relaciones exteriores, pues observamos estos días un debilitamiento del vínculo transatlántico y el inicio de nuestro propio pivotaje hacia Asia (por las muestras de solidaridad recibidas y por el esfuerzo que China realiza).

Si se materializa la movilización del 20% de nuestro PIB, si se ve acompañada por las instituciones europeas (y sí parece, porque esta crisis tiene un impacto simétrico a todos los estados miembros, no sólo a los del sur versus los del norte, e incita a Alemania a aceptar un coronabono), si se mantiene la unanimidad en la respuesta política ante esta crisis, si continúa la alineación de actores sociales, políticos, económicos y la ciudadanía… España y Europa bien podrían estar escribiendo su nuevo contrato social. 

El presidente del Gobierno ha llamado a este conjunto de medidas “escudo social”; creo que existe una posibilidad de que ese término no haga justicia a sul impacto potencial y a su trascendencia a largo plazo. Nuevo contrato social sí lo hace.

Y es que no siempre somos conscientes de las repercusiones históricas que tendrán nuestros actos. Avanzamos como sociedad decidiendo soluciones temporales para los problemas inmediatos y acabamos, en ocasiones, configurando realidades futuras muy bien definidas. El coronavirus pasará, pero nuestra sociedad no será igual a la actual. Si el lector quiere vislumbrar ese nuevo futuro e imaginar nuestro nuevo contrato social, la mejor forma de empezar es tomar como teaser el RD 8/2020.

Autoría

Deja un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.