¿Está seguro Sánchez de querer gobernar también en la Generalitat de Cataluña?

En un panorama político bastante estable, incluso estancado, desde que se formó el gobierno de coalición de izquierdas hace ahora un año, la decisión de Salvador Illa de aceptar ser el candidato socialista a la presidencia de la Generalitat es el primero de los diversos movimientos que nos traerá el 2021 y que probablemente dibujarán un equilibrio de poderes algo distinto al que ha imperado este 2020. 

No era ineluctable. Tampoco ha sido, de ninguna manera, una sorpresa. La idea tiene una justificación electoral, y seguro que no es ajena al motivo de fondo que promocionó a Illa al ministerio de Sanidad en enero pasado. 

Los argumentos electorales son evidentes. La recuperación del PSC avanzaba demasiado lentamente, y no estaba a la altura de un partido que quiere recuperar el liderazgo de la oposición ante el gobierno de la Generalitat más desgastado que se recuerde, con la peor valoración del contexto político desde que el CEO recoge datos, solo superada por la crisis de octubre de 2017 (como muestra el gráfico 1). 

Gráfico 1: Electores (%) que opinan que la situación política en Cataluña es mala o muy mala (2006-2020, fuente: Barómetros CEO)

Además, la valoración de Illa venía siendo sustantivamente superior a la del candidato sustituido, especialmente entre potenciales votantes provenientes de Podemos o del sector más progresista de Ciudadanos. De hecho, en los últimos meses se venía dando una situación insostenible: la valoración del partido mejoraba sin apenas presencia de su candidato. Antes de que lo decidiera el propio partido, los electores ya habían investido políticamente a Illa como el nuevo líder del PSC.

Es además uno de los ministros mejor valorados de manera transversal en los diferentes grupos de votantes, por encima de lo que suelen registrar los responsables de este ministerio, en general discretos y poco conocidos. Los pésimos datos sanitarios de la pandemia en España podían haber hundido al ministro de Sanidad, pero su estilo político le ha acabado elevando.

Sus adversarios criticarán el movimiento del ministro de los 50.000 muertos a las puertas de la tercera ola del Covid. Pero eso será poco eficaz en un contexto en el que la polarización afectiva determina las opiniones políticas, y donde los votantes proclives a dar su apoyo al PSC valoran muy positivamente la acción del ministro de la vacuna.

Por estas razones, los estrategas de la Moncloa tenían esa jugada identificada desde hace meses y las encuestas daban argumentos sobrados a favor, aunque era necesario que la resolviera el único político que podía realmente abortarla, Miquel Iceta. Quizá por eso nadie mejor que él puede comprender las implicaciones que tiene cederle el paso a Illa, y que van más allá del cálculo estrictamente oportunista a corto plazo. ¿Cuáles son estas implicaciones?

De entrada, la sustitución del máximo candidato en el último minuto no deja de tener un aire de improvisación, de giro a contrapié, una rareza en uno de los pocos partidos que mantienen el ritmo elefantino, casi de dinosaurio, en sus decisiones más importantes, al estilo de los viejos partidos de masas tradicionales: previsibilidad absoluta, los experimentos en casa, aversión a cualquier riesgo que no esté bajo control. 

En este sentido, el PSC ha efectuado una sustitución exprés más propia de lo sucedido en algunas federaciones regionales o agrupaciones locales, en las que los militantes o las elites intermedias tienen poco que decir realmente porque la decisión viene ya conformada desde arriba. Pero, si el PSC es una organización autónoma, sin un aparente agente superior, ¿quién ha orquestado la operación? La respuesta se encuentra más en Moncloa que en Barcelona: el cambio de candidato es un paso más en el realineamiento organizativo del PSC dentro de la constelación del PSOE de Sánchez. Y eso conlleva su letra pequeña: si bien Illa seguirá el camino recorrido por Montilla en 2006 y que lleva del Consejo de Ministros al Parlament catalán, es poco probable que aquel replique luego el momento subversivo de este cuando decidió reeditar la coalición con ERC a espaldas de Zapatero. El terremoto Illa tratará de evitar precisamente nuevos terremotos.

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En segundo lugar, la retirada de Iceta significa también el ocaso de la generación fundacional del PSC, seguramente el último partido español en culminar el relevo generacional en su máximo escalafón. Iceta, como todos sus antecesores, puede aún rememorar su experiencia en la política de la Transición y en la fundación del PSC. Salvador Illa llegó al PSC años después, si bien es cierto que sus orígenes políticos poseen aún una conexión fuerte con la memoria anterior del partido, como recogí en este apunte biográfico del ministro de Sanidad que nunca se presentó como candidato en ninguna lista autonómica o estatal hasta hoy. Ambos conocen mejor que nadie la verdadera consistencia existente bajo la cáscara del partido que dirigen, aunque probablemente tengan respuestas matizadamente distintas a cómo debe encararse su futuro.

Más allá del elemento emotivo que ese aspecto pueda tener para cualquier organización, el recambio generacional en los partidos españoles está conllevando, hasta el momento, convulsas redefiniciones de sus geografías internas, usualmente en beneficio del nuevo líder y en detrimento de los cuadros intermedios, algo que, a medio plazo, parece producir nueva inestabilidad y mayor polarización entre las elites. En parte, porque el relevo generacional no suele ir acompañado necesariamente de nuevas ideas fuertes en los partidos, limitándose a relatos con que apuntalar la fragilidad de las viejas. ¿Cuál es la nueva idea que Illa fijará en los próximos años en la orientación socialista más allá de la gestión? ¿Nuevo catalanismo, anti-independentismo, o el camino intermedio?

Es cierto que el PSC ya había experimentado su propio encogimiento social a cuenta del procés. Y que Illa es, de todos los líderes electorales relevantes en la España actual, probablemente el menos mimetizado con el estilo de la nueva política: le falta frivolidad y manejo en las redes sociales, le sobra seriedad y apego a las formas. Pero su paso adelante precipitará el cuestionamiento de equilibrios que se habían mantenido congelados por el miedo a la desaparición que planeó en el socialismo catalán en la cúspide del procés.

Y esto nos lleva a lo más relevante en la irrupción de Illa como nuevo líder electoral. La renuncia del inteligente Iceta, que no fue un mal candidato, revela, en buena medida, el empeño del PSC por ser aún más competitivo en la batalla por el Govern de la Generalitat. Este empeño nunca fue del todo evidente. De hecho, lo usual pareció ser lo contrario: al PSC municipalista, y si cabe aún más al PSOE sostenido por CiU, gobernar la autonomía catalana siempre les resultó un engorro innecesario, intuición confirmada finalmente por las presidencias de Maragall y Montilla. ¿Ha cambiado eso? 

Si la marcha de Illa del ministerio significase una apuesta clara de Sánchez por tratar de favorecer la alternancia socialista en la Generalitat, sería un dato novedoso, que no resultaría exento del riesgo de la contradicción inherente a la política multinivel. Ciertamente, se puede gobernar desde la Moncloa y desde el Palau de la Generalitat siempre que uno no se deje impresionar demasiado por el ruido que eso imperativamente conllevará. ¿Está seguro Sánchez de querer gobernar también en la Generalitat de Cataluña? Más aún si tenemos en cuenta que esa alternancia solo puede hacerse viable, inevitablemente, con alguno de los partidos que han venido gobernando durante el procés, por mucho que ahora posterguen la bandera de la independencia ad calendas graecas

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Si, por el contrario, la jugada contiene una segunda derivada, en la que el resultado comportase degradar al nuevo hombre fuerte del socialismo catalán como simple jefe de la oposición multipartidista en un parlamento autonómico, en el que lo más deseado por muchos hoy es que no pase nada relevante, el recambio puede resultar algo no muy distinto del negocio de las cabras. Sobre todo para el PSC.

Sería uno más de los riesgos que posee este movimiento de Illa, aunque quizá no el más visible a corto plazo. Si la operación pudiera devenir, en las próximas semanas, o meses, en algo calificable como éxito, probablemente lo será gracias a, o en detrimento de, el debilitamiento de partidos como ERC, Podemos y Ciudadanos. Si es así, el resultado de las próximas elecciones catalanas puede devolverle a Sánchez una desestabilización de los mimbres con los que está tratando de afianzar sus opciones de prolongar la legislatura más allá de lo que sus adversarios esperan. Algo que quizá no sea indeseable para él.

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