¿Estamos formados para la crisis climática?

Del 12 al 15 de septiembre, la Dana o gota fría asoló numerosos pueblos y ciudades del Levante peninsular, ocasionando graves daños y pérdidas humanas, materiales y ambientales. Fruto del cambio climático antropogénico, este tipo de fenómenos verán incrementada su frecuencia e intensidad en las próximas décadas, según el IPCC. Estos fenómenos meteorológicos extremos provocan importantes daños que no se deben únicamente a las condiciones meteorológicas, sino que también son fruto de otras razones como la más que cuestionable planificación urbanística, que ha ocupando zonas inundables en numerosos puntos del país. 

Sirva de ejemplo la Región de Murcia, donde la Dana ha provocado 14.000 siniestros y daños materiales estimados en 82 millones de euros, para ser conscientes del potencial de impacto negativo que tendrá el cambio climático en nuestro país. Sus consecuencias afectarán a sectores tan estratégicos para nuestra economía como la agricultura o el turismo. Y es que el impacto del cambio climático en la región mediterránea no es un asunto baladí, pues se prevé que en España pueda afectar a un 12% del PIB. Pecaríamos de ingenuos si pensáramos que nos vamos a librar de sus efectos.

Desafíos globales

El cambio climático será, con toda probabilidad, el mayor reto de la humanidad del presente siglo y, si no se producen los cambios necesarios para evitar sus peores consecuencias, también lo será para siglos venideros. Sin embargo, tal y como decía recientemente el secretario general de la ONU, António Guterres: “No es un problema del futuro, sino del presente”. La lucha afecta a nuestra forma de relacionarnos con el medio. Sus impactos negativos no sólo se quedan en la pérdida de biodiversidad o en la disminución de caladeros pesqueros, sino que impactan al propio sistema socioeconómico de la gran mayoría de países.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Por tanto, comprender y aceptar la transversalidad de sus impactos debiera ser el primer paso para tomar medidas. Basta con echar un vistazo a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 para darse cuenta de que el cambio climático está presente en todos ellos. 

En los países del Primer Mundo, a nivel nacional, esta lucha suele articularse mediante carteras ministeriales propias. Por ejemplo, en España queda enmarcada dentro del Ministerio de Transición Ecológica, liderado (en funciones) por la socialista Teresa Ribera. Sin embargo, la capacidad de articular los cambios necesarios para la mitigación y adaptación al cambio climático depende en gran medida de su capacidad de influencia. Dotar de una mayor relevancia a estas carteras ministeriales sobre las demás, o incorporar mayores competencias, es clave para tomar e implementar decisiones legislativas exitosas en materia ambiental. De hecho, el Gobierno español se planteó asociar el Ministerio de Transición Ecológica a una Vicepresidencia de Gobierno, en aras de potenciar su influencia. 

Pero la transversalidad inevitable que impone el cambio climático debe ir más allá de la política, llegando a trascender a todos los sectores y agentes de la sociedad. Para lograrlo, su estudio y formación debieran dejar de ser de dedicación exclusiva de las Ciencias Naturales. Es más necesario que nunca que estos conocimientos se incorporen en ramas pertenecientes a las Ciencias Sociales y las Humanidades, como la Economía o el Derecho. Sin ir más lejos, el sector financiero tiene mucho que decir sobre el cambio climático y los ODS, tal y como explica José Moisés Martín, sintonizando con la visión de la ministra para la Transición Ecológica.

El papel de la Universidad

Partiendo de esta premisa, uno tiende a preguntarse cuál es la presencia del cambio climático en la Universidad española: ¿se le dedica algún espacio en las distintas titulaciones académicas universitarias? En caso afirmativo, ¿queda relegado a un mero apéndice del medio ambiente o se le dota de estructura propia? Responder a estas preguntas no es simple, pero el debate y la reflexión son ahora más necesarios que nunca.

A nivel universitario, existen varias alternativas para introducir la docencia del cambio climático. Por un lado, podrían ofrecerse asignaturas de carácter obligatorio transversales a todos los grados. Ésta es una solución de la que seguramente pecamos en exceso: “¿Hace falta concienciar de algo? ¡Creemos una asignatura!”. De hecho, los propios docentes ironizan sobre ello en las redes sociales (#asignaturasquehacenfalta). Sin embargo, no debemos descartarla de antemano. 

Haciendo una simple búsqueda de asignaturas de este tipo, encontramos que sólo están presentes como propias en grados de Ciencias Naturales. Como parte de otras materias, también se incluyen en el programa de Legislación o Economía Ambiental de titulaciones académicas de Ciencias Sociales y Humanidades. 

Pasada la etapa del grado, la oferta se amplía con la posibilidad de cursar un máster de especialización en la materia. Según el Registro de Universidades, Centros y Títulos (RUCT), la Universidad española ofrece ocho opciones de máster en cambio climático o cambio global distribuidos por el territorio nacional. Llama la atención, pues, que sólo exista esta oferta pese a contar con casi 90 universidades entre públicas y privadas. Y la llama más aún que instituciones como el Instituto Superior de Medio Ambiente (ISM) no tengan titulaciones específicas (aunque, mediante una comunicación personal, han confirmado que a lo largo de este año ofertarán una).

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En aras de lograr esta transversalidad, un máster de este tipo no sólo debiera ofertar una formación técnica de alto nivel y conducente a la investigación científica, sino abordar también las disciplinas adyacentes al cambio climático para fomentar la diversidad académica. Sin embargo, la mayoría va en la dirección contraria. Sólo algunos, como el Máster en Cambio Global (UIMP-CSIC), manifiesta claramente que su fin es la formación trasversal de todos los fenómenos del cambio global y está enfocado a profesionales de distintas disciplinas. También fomenta la formación en comunicación científica, sociología o política, para aquellos estudiantes provenientes de carreras técnicas. A pesar de ello, no se imparte desde hace varios cursos debido al escaso número de alumnos (no ha sido posible conocer su estado actual).

Si nos fijamos en algunos países de nuestro entorno, encontramos un panorama bien diferente. Sirva de ejemplo Reino Unido, donde se ofertan más de 90 títulos de máster. Si la lucha contra el cambio climático requiere de una gran coordinación internacional, ¿por qué no aprovechamos también para aprender cómo enseñan el cambio climático en otros países a nivel universitario? 

Combatir negacionismos

Que no se imparta formación sólida en cambio climático en la Universidad, cuando sí se hace en la Educación Primaria o Secundaria, puede parecer una preocupación trivial. Sin embargo, entraña riesgos difíciles de detectar a simple vista. Por sorprendente que parezca, desde grupúsculos vinculados al mundo universitario se alimentan teorías negacionistas del cambio climático. En nuestro país, hay docentes universitarios que han alimentado durante años estas teorías pseudo-científicas desde distintas plataformas o asociaciones de cariz político ultraliberal. Algunas de estas personas o entidades están, o han estado, muy cerca del poder en nuestro país. Actualmente guardan silencio, pero seríamos muy ingenuos si pensáramos que, tras años negando públicamente la existencia del cambio climático antropogénico, esto significase que han cambiado de opinión.

Una rigurosa formación académica en esta materia podría evitar que muchos ciudadanos formados cayesen en esta trampa pseudo-científica. Puesto que este negacionismo es puramente ideológico, esto no supondría una solución definitiva, ya que siempre habrá gente ansiosa de reforzar sus sesgos y opiniones, pero seguramente se lo pondría un poco más dificil. Esto resulta especialmente importante en un contexto de crecimiento de los movimientos de extrema derecha en nuestro país, desde los que se enarbola el negacionismo del cambio climático como una de sus señas de identidad. 

Debiéramos reflexionar si desde la Academia estamos afrontando este complejo problema de manera sólida e interdisciplinar. Los avances en el estudio del cambio climático se suceden a gran velocidad y tenemos muy poco tiempo para aplicar las medidas necesarias para reducir las emisiones de CO2, así como las de mitigación y adaptación. Tal vez debería preocuparnos (o al menos ocuparnos) esta descoordinación en la formación académica entre quienes deben hacer descubrimientos científicos y aportar una visión técnica del cambio climático, y quienes potencialmente tienen más capacidad para tomar decisiones políticas o influir en ellas

Debemos captar talento de todas las disciplinas académicas sin olvidar que esta lucha no se hace solamente con los profesionales mejor formados aunque, desde luego, tampoco sin ellos. Si queremos “un renovado proyecto de país ante la emergencia climática”, ¿no tendríamos que empezar por formar adecuadamente a quienes han de llevar a cabo dicha renovación?

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