Euroescepticismo, desaceleración y contracción monetaria para una tormenta de verano

Entre el 23 y el 26 de mayo de 2019, los ciudadanos de los países que componen la Unión Europea (UE) estamos llamados a votar en las que probablemente sean las elecciones europeas más importantes del siglo. La proliferación de fuerzas populistas, xenófobas y, sobre todo, euroescépticas hacen temblar los cimientos de la UE. Una mayoría de estos partidos en el Parlamento Europeo supondría el principio del fin de algo que comenzó a construirse después de la Segunda Guerra Mundial.

En las europeas de 2014, el Frente Nacional (ahora llamado Agrupación Nacional) de Marine Le Pen consiguió casi el 25% de los votos, siendo la primera fuerza política de Francia. Probablemente mejoren estos resultados. En Italia, la tercera economía de la eurozona, gobierna la coalición formada por el Movimiento 5 Estrellas y la Liga Norte y ya han comenzado a desafiar a las instituciones europeas con un Presupuesto que ha sido rechazado de plano (algo inaudito). En Alemania, el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD por sus siglas en alemán) no ha dejado de crecer y, habida cuenta del número de euro-parlamentarios que se le otorgan a este país, su aumento de representación podría ser significativo. En Holanda, el Partido por la Libertad de Geert Wilders quedó segundo en las elecciones de 2017.

El ascenso del euroescepticismo ha sido similar en el resto de los estados miembros de la UE: Aurora Dorada en Grecia, Auténticos Finlandeses en Finlandia, Nuevos Demócratas en Suecia, el Partido de la Libertad en Austria, etc. Dos de los cuatro países del Grupo de Visegrado son bastiones del euroescepticismo: en Hungría pueden superar el 50% de los votos y en Polonia, el 70%.

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España era uno de los pocos países donde no existían formaciones abiertamente euroescépticas, hasta que llegó la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz. Su entrada en 2019 en el europeo parece evidente.

En la Figura 1 se puede observar cómo el número de eurodiputados del ala más euroescéptica ha ido aumentando considerablemente (de 93 en 2004 a 170 en 2014). El grupo Verdes e Izquierda Unitaria Europea (la izquierda más radical también ha elevado su representatividad. 

 Figura 1. Reparto de escaños en el Parlamento EuropeoFuente: Parlamento Europeo. El grupo de euroescépticos lo componen todos aquellos partidos políticos (con grupo parlamentario en el Parlamento Europeo o no inscritos) que pretenden reformar sustancialmente la UE o salirse de la misma (incluyendo el partido conservador de Reino Unido).

La inestabilidad política que se generaría tras las elecciones europeas podría socavar el crecimiento económico de la mayoría de los países miembros. Un Parlamento mucho más fragmentado que no llegue a acuerdos en el medio y largo plazo dará lugar a la aplicación de políticas poco óptimas y aumentará soberanamente la incertidumbre en los mercados. La relación entre inestabilidad política y crecimiento económico ha sido estudiada en numerosos artículos de investigación. Alesina et al. (1996), por ejemplo, probaron (usando datos de 113 naciones desde 1950 a 1982) que aquellos países con una mayor propensión al colapso del Gobierno o, simplemente, con mayores cambios substanciales de Ejecutivo, solían tener un crecimiento económico menor. En otro estudio del mismo año, Alesina y Perotti (1996) encontraron evidencia empírica sobre la relación negativa entre inestabilidad política e inversión privada. Los resultados de Jong-a-Pin (2009) continúan en esta línea: mayores niveles de inestabilidad política dan lugar a un menor crecimiento económico. Aisen y Vega (2013), utilizando datos desde 1960 a 2004 de 169 países, no sólo se cercioran de que la inestabilidad y la fragmentación política afectan negativamente al crecimiento económico per cápita del país, sino que prueban que ésta reduce el aumento de la productividad y la acumulación de capital físico y humano. 

A la posible nueva realidad política en la UE cabría sumarle los vientos de ralentización del crecimiento. La última encuesta trimestral realizada por el Banco Central Europeo (BCE) a medios especializados en previsiones, ya pronosticaba un enfriamiento del crecimiento medio del PIB real de la eurozona, pasando del 2% en 2018 a un 1,8% en 2019 y a un 1,6% en 2020 (BCE, 2018). Sólo el mantenimiento del precio del petróleo en niveles relativamente bajos como los actuales podría impulsar el crecimiento económico de los países de la Unión.

Si a la inestabilidad política y a la ralentización del crecimiento se le suma el cambio de política monetaria del BCE, que previsiblemente comenzará a subir los tipos de interés en el verano de 2019 (aunque cada vez hay más dudas sobre ello), nos encontramos ante una posible tormenta de verano. 

El BCE dejará de comprar deuda pública a finales de 2018, finalizando con un programa de expansión cuantitativa (Quantitative Easing QE) que arrancó en 2015. Esto supondrá un incremento del coste de financiación de los países europeos, muchos de los cuales poseen unos niveles de deuda pública superiores al 100% del PIB, aunque no debería tener efectos perjudiciales en los mercados. La finalización de la QE está prácticamente descontada.

Sin embargo, la subida de tipos de interés en el verano de 2019 sí puede tener consecuencias mucho más perjudiciales para los consumidores e inversores. No sólo se encarecerán del coste de las hipotecas (al incrementarse el euribor) y de los préstamos, sino que también se apreciará el euro, con su consiguiente erosión en la competitividad de las exportaciones. No obstante, no se sabe cuántas subidas de tipos de interés nos esperan desde el verano del año que viene. El mayor precursor de la expansión cuantitativa y firme defensor de mantener los tipos de interés en niveles bajos, Mario Draghi (actual presidente del BCE) acaba su mandato el 31 de octubre de 2019. Aunque en Europa no se tiende a clasificar a los encargados de modificar la política monetaria entre halcones (hawks) y palomas (doves), Draghi siempre ha sido encuadrado en esta última categoría.

Un halcón monetario es aquella persona que defiende una política centrada en controlar la inflación aplicando medidas contractivas. Por paloma en este ámbito se entiende, en cambio, aquel individuo que apuesta por una política monetaria centrada en la consecución de objetivos reales (normalmente, reducir el desempleo) y aboga por políticas expansivas, acomodaticias y de bajos tipos de interés. La mayoría de los posibles sustitutos de Draghi son considerados halcones, por lo que cabría esperar subidas constantes de tipos de interés en el último trimestre de 2019 y los años subsiguientes.

La confluencia de una política monetaria contractiva, bajas expectativas de crecimiento económico y un aumento considerable de las fuerzas euroescépticas en el Parlamento europeo pueden anticipar la posible recesión que muchos gurús pronostican para 2020. La solución no debe pasar otra vez por el BCE, aunque debiera acomodar la política monetaria contractiva de la mejor manera posible a la coyuntura económica. La solución pasa por la puesta en marcha de una campaña a favor de la Unión Europea y de la ‘eurozona’, ilustrando los beneficios de pertenecer a un conglomerado de países que trabajan juntos para alcanzar un futuro mejor. Se debería imitar el ejemplo del movimiento ‘Better Together’ (mejor juntos) que se puso en marcha en Escocia para evitar su escisión del Reino Unido en el referéndum de 2014. Los tres partidos pro-Reino Unido (laboristas, conservadores y liberales demócratas) junto a intelectuales, economistas, escritores, artistas y pensadores se unieron con el único fin de que no se produjera la salida de Escocia del Reino Unido. Y lo consiguieron. Lástima que sea casi impensable algo similar en la UE. 

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