Expertas en el debate público

Las seis editoras (en activo) de Agenda Pública han decidido conmemorar el Día de la Mujer, más conocido por #8M, relatando en primera persona sus experiencias personales, sus ambiciones, sus esfuerzos profesionales, los obstáculos que se han encontrado, sus miedos.

Pasen y lean.

LUZ DE GAS

Por CRISTINA ARES

Profesora de Ciencia Política en la Universidad de Santiago de Compostela

Agenda Pública está comprometida con la igualdad de género y trata de equilibrar la presencia de autores femeninos y masculinos. Sin embargo, cumplir este objetivo resulta más complejo de lo que cabría esperar teniendo en cuenta el alto perfil profesional de las personas que colaboran con nosotros.

A partir de mi conocimiento de la vida política en las instituciones y los partidos, al igual que de la Academia, comparto una observación contra-intuitiva: para una mujer puede resultar menos gravoso el ejercicio de la libertad profesional en la política convencional que en la actividad de transferencia del conocimiento. La contribución personal al debate político con datos y opiniones, al menos sobre los temas que se dominan, debería ser una extensión natural de la labor docente e investigadora. Sin embargo, esto no ocurre habitualmente; entre otras razones, por las dos siguientes:

La primera: el crédito manifiesto de una mujer experta sigue generando inquietud, incluso bienintencionada. “¿Qué necesidad tienes de hacer política?” “¿Por qué no dedicas más tiempo a tu vida privada?”. “Tú eres una persona inteligente”. “Pero esa chica, ¿quién se cree que es?”. La idea subyacente, todavía hegemónica, es que lo correcto, para la mujer, continúa siendo dar prioridad a la seguridad y procurar protección, en lugar de defender un discurso propio.

La segunda razón, más perversa, es el abuso de género conocido como luz de gas (gaslighting). Se trata de la violencia ejercida en algunos contextos por una minoría de hombres que tratan de emplear a colegas mujeres en su beneficio. Para ello, recurren a la manipulación, cuestionan su valía, desprecian su trabajo y les infunden toda clase de temores, cuando no amenazan de forma explícita su promoción profesional. Como esperan quienes las promueven, el ocultamiento es una respuesta frecuente ante estas actuaciones. Sin embargo, ocasionalmente, los maltratadores pueden lograr anular a sus víctimas, con lo que sus efectos resultan más dañinos y probablemente irreversibles.

El día 8 de marzo, como cualquier otro, mantenerse al margen del debate político es respetable. Igual de incuestionable es que esa decisión reproduce desigualdades y, en situaciones aisladas, violencias de género.

Por último, no puedo dejar de apuntar que las voces femeninas ausentes, desde el punto de vista del interés general, substraen de la definición y resolución de problemas colectivos un capital valioso, casi siempre formado con recursos públicos o, lo que es lo mismo, con el esfuerzo de todos.

PROVOCAR EL CAMBIO DESDE DENTRO

Por MARGA LEÓN

Profesora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Barcelona

El pasado 28 de febrero, hacia las cinco de la tarde, una colega escribió un simple tuit: Estoy en la barra de un bar. De 22 personas, solo 2 son mujeres. Y salió un regimiento listo para el linchamiento.

Fue sorprendente el interés que suscitó este simple acto de contar. Nosotras es algo que hacemos todo el rato. En cuanto nos descuidamos un momento, ponemos el automático: contamos cuántas mujeres hay en los bares, en una mesa redonda, en los círculos empresariales o en las tribunas de los periódicos. Contamos las veces que nos interrumpen en una reunión, o que nuestras alumnas levantan la mano en clase. Contamos la presencia de autoras en citas bibliográficas, los minutos que las mujeres hablan en las películas, contamos a los papás en una reunión del AMPA. Contamos los asesinatos y el número de parlamentarias en el mundo, las veces que podemos ver futbol femenino en televisión, los metros cuadrados por niña en el patio del colegio. Contamos e insistimos. Pero sí, a veces cuesta.

Cuesta que en los espacios de debate público, de análisis o representación no sean hegemónicas las voces masculinas. Cuesta primero de todo encontrarnos. Pensemos sobre cualquier tema: ¿quién sabe mucho de competencia electoral?  ¿Quién entiende de desigualdad y economía? ¿Quién de ecologismo, resolución de conflictos armados, segregación escolar, procesos judiciales? ¿Quién puede hablar de todo un poco? De cinco nombres que nos vienen a la cabeza, con suerte uno es de mujer. Y digo cinco por no decir 10. La única manera de romper esta invisibilidad es imponer el criterio de una cierta paridad. Cuando ‘buscas’ expertas, las encuentras. Pero pasado este primer escollo, llega el segundo: que acepten a participar, a venir, a escribir. Que digamos que sí.

“Sólo renunciáis las mujeres”: eso me dijeron con cariño hace unos días cuando comuniqué mi intención de no volver al programa de actualidad política de un canal de televisión al que fui invitada meses atrás. Mis razones (una combinación espontánea de falta de tiempo e idoneidad para la tarea) habían sido entonadas por otras mujeres antes que yo. ¿Será que conquistamos un espacio pero no nos lo acabamos de creer? ¿Será que nos falta confianza, autoridad, ganas?

De todo un poco, probablemente, pero en nuestra tenacidad contable confiábamos no sólo en ser convidadas, sino en provocar el cambio desde dentro. El ritmo trepidante de la noticia, la hiper-conectividad, la multiplicación de los espacios de análisis y de opinión, la cultura del 24/7 nos fuerza a comportarnos como si no hubiera nunca una cena por preparar. Éste es el otro tema pendiente.

BATALLAS INVISIBLES

Por EMMA CERVIÑO

Doctora en Ciencia Política por la Universidad Autónoma de Madrid

Tomar la decisión de escribir un artículo para un blog como Agenda Pública no es fácil; no sólo por el alto nivel de rigor que requiere, sino por la dificultad añadida de hacerlo para lograr su difusión entre un público amplio. Pero no es motivo suficiente para explicar la dificultad de encontrar mujeres dispuestas a hacerlo. Mujeres con ese perfil existen, y muchas.

Es sabido que las razones son diversas y que algunas de ellas provienen de  una batalla nada fácil: la exigencia que nos autoimponemos las mujeres. La falta de confianza, las dudas y la inseguridad para ocupar espacios tradicionalmente masculinos suelen suplirse con exceso de presión y carga de trabajo. Recibe el nombre de ‘síndrome de la impostora’, que alude a la auto-percepción de las mujeres de estar menos cualificadas que los hombres para desempeñar una actividad, y que se ve reforzada por las actitudes masculinas (mansplaining, manterruption) y una sociedad que otorga mayor autoridad y credibilidad a los varones.

A esto se añade otra batalla: la necesidad de compatibilizarlo con la vida personal. A la carga de trabajo habitual de nuestros empleos se le añade el de tener que sacar tiempo para estar informada, redactar artículos, participar en redes sociales, así como en debates y tertulias que, con frecuencia, tienen lugar a horas ciertamente difíciles de conjugar con la crianza y el escaso tiempo libre que tenemos. Todo ello supone hacer malabarismo temporal.

No es de extrañar, pues, que con estos condicionantes muchas mujeres se vean en la necesidad de tener que elegir. Aquéllas que rechazan (o no pueden) asumir la carga adicional que supone participar activamente como analistas en los medios merecen todo nuestro respeto.

Confieso que no soy ajena a ese dilema. De momento, hay dos razones por las que he optado por hacerlo. Una personal: lograr un mayor empoderamiento mediante la superación de las barreras a las que me enfrento como mujer, una vez que soy consciente de ellas. Y otra colectiva: animar, con el ejemplo, a fin de contribuir a que la perspectiva de género se instale en el análisis de la realidad.

Espero que esas motivaciones persistan. Para eso es importante un esfuerzo colectivo (social y político) que evite que las mujeres nos quedemos al margen. Es un derroche que, como sociedad, no nos debemos permitir, algo que conviene recordar, en especial un 8M.

CAMBIAREMOS EL CONTEXTO

Por ITZIAR GÓMEZ

Profesora de Derecho Constitucional en la Universidad Carlos III de Madrid

La razón por la que no participo activamente en redes sociales, ni escribo análisis con frecuencia ni sobre muchos temas tiene que ver con mi vinculación profesional actual más que con ninguna otra circunstancia. Pero sí he pensado mucho en los límites auto-impuestos; y en los que se nos imponen.

Hace años, sentada en la cocina de la que fue mi casa, me dijeron que daba igual lo que yo estudiase, porque finalmente me quedaría en casa cuidando de mis hijos. Yo quería ser periodista y terminé en la Facultad de Derecho obedeciendo a aquella lógica, pero a pesar de ello me empeñé en desbaratar aquella profecía, que me generaba angustia y enfado a partes iguales.

Entonces no sabía lo que era el feminismo. En los años 80 a las adolescentes no nos hablaban de ello. Tampoco lo tenía claro cuando, a finales de la primera década del siglo XXI, siendo ya doctora (y madre poco tiempo atrás) un colega decidió por mí que no acudiera como docente a un curso en el extranjero, porque seguramente prefería quedarme cuidando de mi hijo.

Entonces volví a la cocina de mis 15 años. Fui consciente de que siempre tendría que estar demostrando mi profesionalidad y mi voluntad de acometer una carrera académica según los estándares marcados por mis colegas (hombres). Pero también comprendí que necesitaba entender, leer, aprender y pelearme conmigo misma para asimilar que estaba en un contexto determinado (lo llaman ‘patriarcado’) que condiciona la percepción que los demás tienen de mí.

Escribo, organizo eventos, doy conferencias, clases, formación especializada. Soy una buena profesional en lo mío. Pero no puedo evitar sentirme siempre juzgada; y me importa.

Pero no me pasa a mí sola. Mi percepción es que muchas de mis compañeras se retraen cuando no se sienten seguras. Sabemos lo difícil que es alcanzar la consideración académica en este mundo hecho por otros, en el que nos hemos colado. Por eso nos arriesgamos menos a dar nuestra opinión, salvo que hayamos trabajado mucho para sostenerla argumentalmente. Por eso decimos más veces que no. Por eso, (las juristas) no nos metemos en los poco serios temas de género, preocupadas por que dejen de considerarnos serias en el resto de materias que tratamos. El contexto pugna por ser más fuerte que nosotras y ello nos frena.

Cambiaremos el contexto. Toca desbaratar las profecías.

POR UNA OPINIÓN FEMINISTA INFORMADA

Por LINA GÁLVEZ

Catedrática de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

Llevo casi tres décadas analizando el origen y la perpetuación de la desigualdad entre hombres y mujeres, así como el combate contra ella, y estudiando cómo el género es un eje vertebrador de nuestras sociedades; esencial, por tanto, en cualquier análisis sobre pensamiento, economía, historia o política. Nunca he identificado el análisis de género exclusivamente con las mujeres, y mucho menos con la guerra de los sexos, una construcción patriarcal muy alejada del feminismo. Los análisis feministas no implican un ‘agregue mujeres y mezcle’; buscan construir un nuevo conocimiento con otras fuentes, preguntas y enfoques. Un conocimiento no androcéntrico en el que las experiencias del varón no se identifiquen acríticamente con lo normal y universal.

En todos estos años no he parado de formarme en teoría y metodología feminista y de realizar investigación, analizando directamente las desigualdades de género e incluyendo esta perspectiva de manera transversal. Ambas apuestas han sido académicamente muy costosas, especialmente en el ámbito español.

Por un lado, los temas relativos a las desigualdades de género nunca han sido centrales en las distintas disciplinas. Por el otro, incluir el género en los temas centrales siempre ha resultado incómodo, sobre todo con las tendencias modelizadoras y simplificadoras impuestas en los últimos años. Lo complejo, por mucho que enriquezca el análisis –o precisamente por ello–, no siempre resulta estético.

Utilizar el análisis de género no sólo me ha valido para realizar investigaciones complejas de los mercados de trabajo, la economía familiar o las crisis económicas, sino también para reconocer, a lo largo de mi carrera, qué carencias eran propias y cuáles eran reflejo de las estructuras patriarcales. Eso me ha ayudado a no empequeñecerme y a luchar para estar en todos los lugares que me correspondían.

Sigo estudiando cada día con el objetivo de contribuir al conocimiento de la economía y la sociedad, pero también con la intención de transformarlas. Me solivianta que muchos colegas consideren los estudios de género meros ejercicios ideológicos; como si, por otra parte, no fuera todo ideológico. Desprestigiarlos es negar su carácter científico. Por ello, valoro mucho el modo en que en Agenda Pública se abordan estos asuntos o se utiliza este enfoque: con el rigor y la seriedad que requiere el análisis de cualquier cuestión social, como merecen unas teorías que tienen más de tres siglos de antigüedad y unos estudios que llevan varias décadas asentados en las mejores universidades del mundo.

EL DEBATE PÚBLICO TAMBIÉN ES COSA DE MUJERES

Por ARGELIA QUERALT

Profesora de Derecho Constitucional en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona y directora editorial de Agenda Pública

He participado en Agenda Pública como impulsora, editora y directora editorial. La participación de mujeres expertas en AP fue, enseguida, un tema recurrente entre los que conformábamos el equipo editorial: todos, ellos y nosotras, recurríamos a hombres para la elaboración de los análisis, inercialmente. Comprobamos que la visibilidad del trabajo de los expertos era mucho mayor que el de las expertas: tanto en el ámbito académico como en el de los medios de comunicación los referentes, los que sabían, continuaban siendo ellos. Lo fácil era recurrir a ellos.

Contar con expertas requería, y requiere, una labor de búsqueda e identificación previa que lleva tiempo y más esfuerzo. Además, en general a las mujeres nos cuesta más decir .

Las razones son muchas. De mi experiencia destacaría que las principales causas son una excesiva inseguridad, generada, entre cosas, por que siempre nos hemos visto como actrices secundarias, a la sombra de los expertos y careciendo, además, de referentes femeninos que normalicen nuestro perfil público. No estamos acostumbradas a ser el centro de atención comunicativo. Seguimos sin tener entre nuestras prioridades participar en el debate público, generando opinión. Las mujeres, por obligación o por costumbre, después de realizar nuestro trabajo estrictamente académico-profesional no encontramos tiempo para hacer otras cosas. Primero están los niños, la casa, y otras tareas de cuidado.

Yo misma he ido construyendo mi faceta de experta, analista y comunicadora gracias a Agenda Pública. Nunca antes me había planteado convertirme en una voz pública; más bien, era una posibilidad que me aterraba. Pero, como casi todo en la vida, se trata de practicar y reincidir.

Las primeras contribuciones en Agenda Pública me costaron muchas horas de hacer, dudar y rehacer, pero lo cierto es que tuve que reconocerme a misma que compartía, sobre todo con los expertos, las ganas de aportar mi expertise al debate público.

También he descubierto que para convertir el análisis público en un ámbito también femenino hay que hacer esfuerzos personales que sirvan para animar a otras mujeres a involucrarse más en la generación de opinión. Esto exige, a veces, durante una fase de nuestras vidas, convertirse en ‘mujer cuota’ (hemos aprendido a funcionar en determinados formatos) y a estar en todas las salsas. Pero así (espero) hacemos hueco para que, poco a poco, otras mujeres vayan entrando en estos espacios aún hoy ocupados mayoritariamente por hombres.

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