Fantasma cultural

Un fantasma recorre el mundo de la cultura: el del estrechamiento del espacio público de la cultura.

En las últimas décadas nuestras sociedades occidentales, y de manera más acentuada en Europa, se han caracterizado por asumir la complejidad y la diversidad culturales. La evolución del espacio público dedicado a la cultura se fue ampliando poco a poco. Se abría a nuevas concepciones, se extendía a capas cada vez más amplias de la sociedad. A través de esa integración, de la asimilación cultural, nuestras democracias ampliaron su base de legitimación. Los beneficios corrían en ambas direcciones.

Sin embargo, en los últimos años estamos asistiendo no sólo a un quiebro de esa dinámica, sino también a un claro retroceso por el estrechamiento del espacio público de la cultura. Si bien nunca hay una única causa, quizá habría que analizar el culto a las identidades individuales y la moralización de la esfera pública.

La emergencia y la consolidación de las reivindicaciones identitarias en la esfera cultural, tales como el género, la identidad sexual, de clase, étnicas, nacionales, etc, aun siendo fruto de la tradición liberal e inclusiva de ampliar el espacio público de la cultura, están provocando el efecto contrario. De hecho, la propia moralización que estos movimientos identitarios han trasladado mediante exigencias de lenguaje, de cuota, de actitud y comportamientos han contribuido, inesperadamente, a debilitar mediante el encogimiento ese espacio público cultural.

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Los casos de censura que cotidianamente se producen, ya sean denunciados de una u otra parte del mapa; movimientos como el ‘#MeToo’; la denuncia de apropiación de comunidades gitanas contra Rosalía; las denominadas ‘guerras culturales’ que enfrentan a visiones ideológicas contrapuestas consistentes en anularse mutuamente, o la pasada dimisión de Lluís Pascual como director del Teatre Lliure de Barcelona como consecuencia de una denuncia de supuestos tratos vejatorios a una actriz… todos serían, entre muchos otros, síntomas de que ese fantasma avanza. Y que conste que lo que aquí cuestionamos no es su legitimidad y pertinencia, sino los efectos que dejan en el mundo de la cultura.

Así, pareciera que esa extensión de la identidad hacia el ámbito público de la cultura mediante actitudes y exigencias moralizantes tuviera mucho más que ver con la esfera individual que con la pública. Cada vez se concibe más el espacio público a imagen y semejanza del individual, como si fuera una ampliación del propio. Lo que nos parece correcto nos parece deseable para el ámbito público.

Esto conlleva, en contra de lo esperado, a una parcelación del espacio público de la cultura. Cada grupo, arrogado en una identidad, exige unas normas, unas cuotas y, en definitiva, una parte del espacio, demandadas en ocasiones con cierta beligerancia. En el mejor de los casos, puede incluso darse un pacto de no agresión entre grupos, pero se olvida que ese tipo de actitud comporta un efecto espejo que pudiera reproducir la fragmentación como si de fractales se tratase. En el momento en el que presentas alguna reivindicación cultural en términos de identidad, invitas a que el otro/contrario/opuesto haga exactamente lo mismo. Y así, como consecuencia del respeto a toda identidad públicamente expresada, toda parcela cultural en el espacio público es posible.

En conclusión, nos hallamos en un modelo cultural fragmentado, donde ya no hablamos de colectividad, ni tan siquiera de comunidades culturales, sino de individualidades. Lo que puede comportar estas consecuencias:

  • Un debilitamiento de la acción pública a través de las políticas culturales. Cuestionadas, tensionadas por intereses identitarios y culturalmente complejos, las administraciones públicas tienen cada vez mayores dificultades para articular respuestas amplias y transversales.
  • Una moralización creciente que se traduce en censura, autocensura y limitación de los márgenes de creatividad y autonomía artísticas.
  • Un retroceso en las capacidades de gestión y gobernanza de la cultura como consecuencia de los controles, equilibrios y tensiones surgidas a raíz de ese estrechamiento del espacio público.

Sin embargo, no hay que abonar una visión apocalíptica de la cultura, ya de por sí tradicionalmente débil. Se trata, más bien, de reflexionar sobre los retos que esta nueva situación nos está planteando. Por tanto, más allá de las posiciones de izquierda o derecha, si nos preocupa la cultura hemos de procurar frenar estas dinámicas de estrechamiento y fragmentación y, a ser posible, incluso revertirlas. El mejor antídoto, a nuestro juicio, es (con permiso de Mark Lilla) apostar por una concepción común y exigente: la ‘ciudadanía cultural’.

Esto significa apostar por un concepto no restringido, sino siempre ampliable y modulable, que es inclusivo y extensible a todos, independientemente de nuestras diferencias o identidades. Ciudadanía cultural nos permite también hablar de solidaridad, superando así preceptos de identidad. Significa, por ejemplo, poner el foco en la cultura como servicio público, concentrarnos en mejorarlo y diseñarlo, hablar de ella como un derecho ciudadano, de diversidad, de excelencia, de calidad, etc… Es un concepto que está fuertemente vinculado a la esfera pública como espacio compartido por todos y con unas reglas de juego mínimas que permitan la convivencia.

Quizá todavía estemos a tiempo de desactivar dinámicas que amenazan con arrastrar a nuestras sociedades a consecuencias lamentables y que pueden estar lastrando las bases de legitimidad de nuestros modelos democráticos.

Somos culturalmente diferentes, ideológicamente diversos y contrapuestos, pero eso nunca será suficiente para desprendernos de nuestra ciudadania, salvo que destruyamos todo atisbo de vínculo social. El lugar que compartimos todos, entre todos y a pesar de nuestras identidades y nuestras diferencias.

Sólo con ciudadanos (no con individuos) cultos conseguiremos tener un país y un futuro mejores.

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