Francia declara la guerra al islamismo

Francia ha sido el país europeo que más ha sufrido el terrorismo yihadista en la última década. En un principio, los ataques –como la serie de asesinatos que aterrorizó Toulouse en marzo de 2012 o, el del 7 de enero de 2015, en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo– fueron reivindicados por Al-Qaeda. Los más recientes –entre los que destaca, por número de víctimas, el del 13 de noviembre de 2015 contra la parisina sala Bataclan y varios cafés cercanos, y el arrollamiento masivo del Día de la Bastilla en Niza en 2016– fueron inspirados por el Estado Islámico. Docenas más han sido evitados, como un atentado con coche bomba contra la catedral de Notre-Dame de París planeado por cinco yihadistas detenidas en septiembre de 2016.

La mayoría de los ataques fueron perpetrados por ciudadanos franceses de ascendencia magrebí. No sería correcto o justo hacer generalizaciones sobre ese colectivo; muchos musulmanes franceses se sienten ciudadanos de la República, como lo muestra el alto porcentaje que sirve en el Ejército y en las Fuerzas de Seguridad. Llama la atención que dos de los tres soldados a los que asesinó Mohammed Merah en Toulouse y el policía que murió protegiendo la sede de Charlie Hebdo eran de origen musulmán. El propio Merah había intentado alistarse en el Ejército, pero fue rechazado debido a sus antecedentes penales.

Sin embargo, un número no desdeñable de jóvenes de origen magrebí cree que Francia tiene una deuda con ellos debido a su pasado colonial (particularmente conflictivo en el caso de Argelia), su tratamiento de los trabajadores extranjeros (sus padres y abuelos) y el racismo y la discriminación que ellos mismos han sufrido. Para estos jóvenes, su identidad musulmana se ha convertido en la forma de manifestar su rechazo hacia su país de nacimiento.

Plan contra el separatismo islamista

En este contexto, el pasado 18 de febrero el presidente francés Emmanuel Macron celebró una conferencia de prensa en la ciudad alsaciana de Mulhouse en la que anunció una estrategia para enfrentarse al problema. Dicha estrategia incluirá cuatro elementos: luchar contra lo que denominó el “separatismo islamista”; combatir la influencia extranjera, especialmente en los centros educativos y religiosos; reorganizar el culto musulmán para asegurar el respeto de la laicidad y las leyes de la República; y compensar las ausencias del Estado francés en ciertos ámbitos (social, deportivo, cultural…) para garantizar el acceso a la educación y el empleo. La elección de Mulhouse no fue una coincidencia: la ciudad cuenta con una minoría musulmana considerable y es una de las más cosmopolitas de Francia, siendo la turca nacionalidad extranjera más representada.

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De hecho, durante su intervención Macron mencionó varias veces a Turquía, el único país con el que las autoridades francesas no han llegado un acuerdo con respecto a la transformación del muy criticado dispositivo Elco (Enseñanza de Lengua y Cultura de Origen) en Eile (Enseñanza International de Lenguas Extranjeras), que conlleva que los profesores pasen a estar bajo la supervisión del Estado francés en lugar de la del país que los envía.

(La Elco fue lanzada en 1977 con el objetivo de permitir que los hijos de inmigrantes de ciertos países mantuviesen un vínculo con la patria de sus padres. Los docentes eran reclutados, remunerados y supervisados por Argelia, Marruecos, Túnez, Turquía, España, Italia, Portugal, Croacia y Serbia, respectivamente. Criticada por fomentar el comunitarismo musulmán, la Elco ha sido substituido por la Eile, que ofrece cursos de árabe, turco, portugués, italiano, español, serbio y croata).

Además, el presidente hizo referencia expresa a un controvertido mega-complejo a pocos kilómetros de donde se encontraba: el Centro Annour, financiado en gran medida por fondos qataríes, cuyos 10.000 metros cuadrados incluyen una mezquita con capacidad para 2.000 personas, una escuela coránica, un centro de apoyo escolar, un espacio cultural e incluso una piscina; por supuesto, segregada.

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Macron insistió en que su intención no era estigmatizar la religión musulmana, previniendo las inevitables críticas de los que presentan su interpretación del islam como la única posible. Éstos siguen varias corrientes entre las que el presidente destacó dos, la salafista y la hermanista (frériste, en referencia a los Hermanos Musulmanes). La amalgama es comprensible: a pesar de las diferencias que los separan (en particular, la estricta literalidad que caracteriza a los salafistas, que contrasta con el hábil pragmatismo de los islamistas), ambos movimientos consideran la ley divina por encima de las leyes humanas, son hostiles a los valores laicos y democráticos de las sociedades occidentales y desean limitar la integración de los musulmanes en dichas sociedades.

Diferenciando el islam del islamismo

Tanto islamistas como salafistas promueven lo que ha venido a denominarse de forma genérica islamismo (estrictamente hablando, se refiere a la ideología de los Hermanos Musulmanes. De hecho, ciertos países que promueven el salafismo, como Arabia Saudí, o lo toleran, como Egipto, lo persiguen por suponer una amenaza al statu quo.

El islamismo es una ideología totalitaria que reduce a los musulmanes a su identidad religiosa y pretende controlar todos los aspectos de su vida, desde su vestimenta y su dieta hasta con quién pueden relacionarse o con qué pie deben entrar en el cuarto de aseo. Esto último no es una exageración. Así lo explica Yusuf al-Qaradawi, jeque religioso qatarí de origen egipcio considerado el principal ideólogo de los Hermanos Musulmanes: “El islam es un credo integral [que] no está satisfecho a menos que controle la sociedad y guíe cada aspecto de la vida, desde entrar al cuarto de aseo hasta construir el Estado y establecer el califato.” La referencia al cuarto de aseo proviene de un hadiz (tradición oral) según el cual el profeta Mohammad entraba con el pie izquierdo y salía con el derecho. Véase ‘Sheikh Yūsuf al‐Qaradawi: A Moderate Voice from the Muslim World?’, Religion Compass 4/9 (2010), págs. 564, 572 (nota 8).

El islamismo ha sido activamente promovido por ciertos estados, especialmente las ricas monarquías del Golfo, inicialmente para hacer frente a la amenaza que suponían las ideologías de izquierda, tan populares en el mundo árabo-musulmán en los años 50 y 60; y, más tarde, para proyectar su poder y evitar la laicización de las comunidades musulmanes en Occidente, que podría terminar contagiando a sus propios súbditos.

Las propuestas avanzadas por Macron no son nuevas. Tras los ataques de enero de 2015, el entonces primer ministro francés, Manuel Valls, declaró no sólo que se cerrarían las mezquitas radicales, sino también que se combatiría el discurso de los Hermanos Musulmanes. Además, otros países europeos han tomado medidas similares: en 2014, el Gobierno británico inició una polémica investigación (porque supuestamente respondía a presiones saudíes) sobre los Hermanos Musulmanes que concluyó que ciertos aspectos de su ideología y sus tácticas son contrarios a los valores y el interés nacional del país. En 2015, Austria prohibió la financiación extranjera de las organizaciones musulmanas, y el pasado año Alemania anunció la intención de formar a los imanes para reducir la interferencia turca.

A lo largo de décadas, los islamistas han conseguido establecerse como los representantes de las minorías musulmanas en Francia y otros países europeos, a menudo con la connivencia de políticos ingenuos o inspirados por fines electoralistas, lo cual les ha permitido afianzar su control sobre sus comunidades y crear redes de patronaje (como denuncia una reciente obra colectiva con el evocador título de ‘Los territorios conquistados del islamismo’).

No obstante, en los últimos años se ha venido reconociendo que el problema del “terrorismo islámico” va más allá del yihadismo. Además de constituir un caldo de cultivo para la violencia, la ideología islamista amenaza los lazos sociales, socava los valores y las libertades y contribuye al crecimiento de la extrema derecha (con la que, paradójicamente, comparte múltiples rasgos, como la intolerancia, la misoginia, la homofobia y un conservadurismo social extremo). Ha llegado la hora de tomar medidas concretas para contrarrestar su influencia.

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