Gigantes tecnológicos: por dónde empezar a regular

De las 10 empresas más valoradas del mundo, siete son tecnológicas. No debiera extrañarnos. Si algún sector ha cambiado nuestras vidas, el mercado y la forma en la que nos relacionamos, ése ha sido el big tech. Intangibles puros. El poder que tienen es difícil de explicar porque es difícil de ver.

Y no paran de crecer. Según Bloomberg, en una década Google, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft han comprado 436 empresas. Sólo en Estados Unidos, la mitad del comercio electrónico pasa por Amazon. Más de dos billones de personas usan activamente Facebook y su algoritmo, con 300 ‘likes’, puede conocer mejor a una persona que su propia pareja.

Su influencia potencial asusta; y las preguntas empiezan a plantearse. ¿Qué consecuencias tiene que pocos actores controlen ese mundo digital, del que tanto dependemos y en el que cada vez pasamos más tiempo? ¿Estamos dispuestos a que estas empresas decidan sobre nuestras vidas? Parece que no. Es lo que se conoce como tecno-rechazo (techlash, en inglés). Políticos de distintos países han decidido poner límites a este reinado tecnológico y están planteando propuestas regulatorias de diversa índole.

Los enfoques propuestos difieren, pero comparten la misma inquietud: pocos actores dominan el mercado digital y eso implica que haya una mayoría dominada. Esto es algo que sacude una de las bases del sistema económico de libre mercado que ha elegido Occidente: la competencia justa. La Oficina Federal Antimonopolio de Alemania acusaba a Facebook de posición dominante y abuso de la misma; en Reino Unido, el Parlamento ha publicado un informe en el que asegura que no se debe permitir que las grandes empresas tecnológicas se expandan de manera exponencial sin restricciones o supervisión regulatoria adecuada.

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El tema está de tanta actualidad que mientras el grupo de expertos creado por el Gobierno británico para analizar la competición digital apostaba por fomentar la competencia a través de políticas enfocadas a favorecer la innovación y evitar la concentración, al otro lado del Atlántico Elisabeth Warren (candidata demócrata a la Presidencia de Estados Unidos) proponía, por el contrario, actuar directamente contra los ‘Gafa’ (Google, Amazon, Facebook y Apple), atacando firmemente su posición de poder. ¿Cómo? Reduciendo su tamaño en una suerte de despiece claro entre sus líneas de negocio.

Warren considera que estas empresas han abusado de su posición mediante dos estrategias principales: (1) anunciando de manera privilegiada sus propios productos en sus plataformas, y (2) comprando a sus competidores (como ha hecho Facebook con WhatsApp o Instagram), impidiendo que exista competencia y dificultando que pequeñas ‘startups’ concurran en el mercado. La candidata demócrata considera que tener éste y el producto que en él se vende es excesivo. Le resulta más apropiado elegir entre uno u otro. Su apuesta por frenar estas prácticas y deshacer estos conglomerados es clara y valiente.

Este tipo de medidas no son nuevas. Acabar con la dominación del mercado por parte de grandes empresas separando sus diferentes negocios o reduciendo su tamaño es algo que ya se ha hecho con los monopolios naturales de los que disfrutaban las compañías telefónicas, eléctricas o de transporte. A pesar de la resistencia que este tipo de medidas puede generar, es difícil pensar que no se deba actuar desde las instituciones públicas cuando el poder de estas compañías no ha conocido límites desde su creación. Sólo los gobiernos y la Ley son lo suficientemente poderosos como para contenerlos; por el momento. Las herramientas legislativas ya existen. Y ahora deben aplicarse a la actividad digital: leyes de privacidad, protección de datos, anti-monopolio y competencia, entre otros.

Los retos no son pocos: por ejemplo, (1) cómo hacer que regulaciones específicas, pensadas para determinadas compañías, no acaben siendo injustas para el resto es un elemento que ha de estar presente. O (2) decidir si se regula el comportamiento o el mercado, y hacerlo de manera ágil para que las normas lleguen a tiempo antes de que haya cambiado la realidad que intentan ordenar. De hecho, la disparidad de modelos de negocio y la innovación permanente que caracterizan a este sector hacen que no sea un entorno fácil de regular; ni hacerlo a tiempo. Pero el esfuerzo merece la pena si se quieren sentar las bases para un nuevo tiempo del capitalismo, uno más justo.

Debemos pensar en un mundo que sólo se mueve en una dirección: hacia delante, hacia el progreso. Y el reto está en tener la capacidad de aprovecharse del potencial de la tecnología no sólo sin hacer daño, sino todo lo contrario, garantizando el bienestar, el crecimiento económico inclusivo y la innovación. Resulta esperanzador que estos temas que tanto condicionan nuestro futuro estén, por fin, en el debate público. Esperemos que pronto se instale también en las coordenadas del debate de nuestro país, porque una regulación inteligente que se ocupe de la tecnología es uno de los grandes retos de nuestro tiempo.

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