¿Ha llegado por fin la hora de los ‘eurobonos’?

En los últimos días, rompiendo la rutina del confinamiento domiciliario al que nos hemos visto forzados para contener el coronavirus, el mundo financiero ha sido testigo de una noticia que puede terminar por hacer realidad una idea que viene elaborándose desde los momentos álgidos de la crisis económica: por primera vez, Alemania parecería estar considerando seriamente apoyar la emisión de ‘eurobonos’. Aunque todavía es muy pronto para adelantar acontecimientos –de hecho, por el momento el Gobierno germano oficialmente ni confirma ni desmiente su posición–, los alemanes estarían valorando desbloquear este mecanismo como único medio viable para sostener financieramente las medidas de garantía que cada vez más países están desplegando con el fin de hacer frente al impacto económico de la actual epidemia.

¿Qué son los eurobonos? Denominados más formalmente como ‘bonos de estabilidad europea’, serían títulos de deuda pública respaldados de forma mancomunada por todos los países de la ‘eurozona‘ con el objetivo de ‘mutualizar’ su riesgo financiero. De este modo, países como Alemania se comprometerían a asumir un mayor riesgo a cambio de reforzar la protección de otros países más expuestos a episodios de inestabilidad financiera, contribuyendo de este modo a reducir el riesgo sistémico de toda la zona euro.

En pocas palabras, se trataría por primera vez de un bono de deuda pública ‘propiamente europeo’, independiente de los de cada Estado miembro, siguiendo un modelo similar –por establecer una analogía fácilmente comprensible– al del bono de deuda española respecto a los emitidos por cada una de las comunidades autónomas.

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La propuesta, planteada inicialmente en pleno apogeo de la crisis de deuda griega en el año 2010, fue asumida oficialmente por la Comisión Europea con la publicación, un año más tarde, de un ‘Libro Verde’ que discutía las posibilidades de su implantación. Por aquel entonces, y sobre todo en 2012, se convirtió en uno de los temas de conversación más recurrentes en el ámbito de la economía –yo mismo escribí algún artículo al respecto en aquella época–. Sin embargo, y pese a contar con el respaldo de un amplio consenso entre los principales economistas europeos, estos eurobonos nunca han llegado emitirse.

La razón de esta inacción está en el rechazo que la propuesta ha suscitado en Alemania, compartido por otros estados como Austria o los Países Bajos, que siempre han considerado que el esquema de ‘mutualización’ de riesgos, pese a sus beneficios, no les compensa. Además, siempre han alegado que el aval de las economías más solventes –identificadas en general con las del norte de Europa– haría que las más expuestas al riesgo –identificadas con las del surrelajasen su disciplina presupuestaria y evitasen acometer reformas estructurales tan necesarias como impopulares. En el lado contrario, Grecia, Italia, España, Bélgica y Francia han mostrado en diversos momentos su posición favorable a estos instrumentos de mutualización del riesgo.

Por otra parte, debe considerarse que los eurobonos no son sólo un instrumento útil desde un punto de vista económico, sino también un importante hito en el proceso de construcción europea. A nadie se le escapa que, en cualquier asociación, compartir riesgos acaba implicando compartir las decisiones que generan los mismos; y que, tratándose del riesgo de la deuda pública, estas decisiones se refieren al ámbito de la política fiscal de los estados miembros, tanto la que se pueda llevar a cabo de forma conjunta como individualmente. Así lo demuestra la experiencia de Estados Unidos, en cuya consolidación como Estado tras su independencia resultó crucial que el Gobierno federal asumiese toda la deuda que hasta entonces había sido emitida por cada uno de los estados para financiar la guerra, sin excepciones ni particularidades, toda por igual.

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Los detractores de los eurobonos son muy conscientes de estas implicaciones de economía política, razón por la que éstos suelen coincidir con aquellos países menos partidarios de avanzar hacia una mayor integración europea, con todo lo que ello implica.

En definitiva, son muchos y de muy diversa naturaleza –económica, política y hasta moral, por no decir prejuiciosa– los motivos que han trabajado con éxito para bloquear hasta ahora los eurobonos. Tanto que, todavía en 2017, lo máximo a lo que aspiraba la Comisión Europea era a ensayar la emisión de unos instrumentos que se denominaron coloquialmente como ‘eurobonos light’, que poco tenían que ver con la versión fuerte de su propuesta original. En realidad, la idea consistía en crear titulizaciones sobre paquetes de bonos soberanos europeos, diluyendo los riesgos, pero en ningún caso mutualizándolos.

Con estos antecedentes, cabe comprender el optimismo generado entre economistas la sola posibilidad de una disposición más favorable por parte de Alemania hacia los eurobonos. Sobre todo en un escenario como el actual, dominado por la amenaza del coronavirus y la necesidad de los países afectados de mantener con vida sus economías, reduciendo al mínimo sus constantes vitales, para ser capaces de resistir su impacto económico hasta poder derrotarlo.

Sólo en esta última semana Alemania, Italia, Francia y España han anunciado la movilización de fondos multimillonarios –en el caso español, equivalentes al 16% del PIB, una cifra sin precedentes en nuestra historia– con el objetivo de asegurar los salarios de los trabajadores afectados y de garantizar la liquidez de sus economías, evitando impagos, quiebras y despidos, mientras estén en vigor las medidas para frenar la propagación del virus. Nadie sabe realmente por cuánto tiempo será necesario mantener estas medidas de contención o será capaz cada país de aguantar el embate sobre su economía. Esta incertidumbre ha llevado a que, si bien el Ibex-35 pareció recibir con esperanza el plan de choque español, posteriormente las primas de riesgo española e italiana hayan comenzado a escalar. En una amenaza que es global, como la epidemia que nos asuela, carece de todo sentido que las soluciones propuestas sigan siendo locales.

Ningún país se podrá salvar, por muy solvente que sea, si mañana todos sus vecinos caen porque su economía no ha podido resistir por sí sola el ataque del virus. Como recientemente afirmaba Olivier Blanchard, quien fuera economista jefe del Fondo Monetario Internacional durante la última crisis económica, estamos ‘de facto’ en guerra contra el coronavirus, y en las guerras no sólo no importa el déficit público, sino que tampoco tiene ningún sentido que cada país luche por separado y sin aunar esfuerzos en múltiples frentes contra el mismo enemigo común.

Todo ello hace que esté empezando a ganar cada vez más popularidad referirse a esta propuesta como ‘coronabonos’, en lugar del genérico eurobonos, tratando tanto de señalar su finalidad más imperiosa como de contribuir a eliminar todas las reticencias posibles entre los países del norte de Europa, al imputar a la iniciativa un aura de excepcionalidad. De hecho, tendría todo el sentido que la primera emisión de ‘eurobonos’ fuese dirigida a financiar íntegramente las políticas tanto de la Comisión Europea como de todos y cada uno de los estados miembros contra el coronavirus: nada tendría más sentido que el que una amenaza a nivel europeo fuese financiada, por primera vez, con un instrumento financiero netamente europeo.

En todo caso, todavía es pronto para poder hablar de razones reales para el optimismo, pero el que se haya abierto por primera vez en años una ventana de oportunidad para los eurobonos ya constituye de por sí un importante avance. Confiemos en que, en esta ocasión, todos los países europeos sepan valorarlos como una herramienta necesaria para derrotar a un enemigo común, en vez de un juego de suma cero donde unos pretenden beneficiarse a costa de otros.

El Banco Central Europeo (BCE), pese a sus actuaciones iniciales más dubitativas, parece haber asumido finalmente la envergadura del problema y la trascendencia de su papel en esta crisis, como demuestra la decisión, adoptada ayer, tras una reunión de urgencia, de aprobar un nuevo programa de compra de activos por valor de 750.000 millones de euros, denominado Pandemic Emergency Purchase Program (PEPP), que se sumaría a los aprobados en las últimas semanas y que permitiría dar plena cobertura a las emisiones de deuda que se realicen para financiar las medidas contra el coronavirus; incluidas las de eurobonos. En este sentido, ambas políticas, ‘eurobonos’ y PEPP, serían el complemento perfecto desde el punto de vista monetario y fiscal: la primera, aportando una fuente de financiación con menores riesgos y, por tanto, más asequible; y la segunda, dando un respaldo de liquidez capaz de absorberla.

Este último movimiento del BCE debiera ser suficiente para terminar de convencer a la Comisión Europea de que tome medidas igual de contundentes contra la pandemia. Quedaría sólo que el Consejo Europeo actúe en la misma dirección. Confiemos en que todos los estados miembros, incluidos Alemania y el resto del norte de Europa, sean conscientes de que con su actuación en esta crisis está en juego no sólo la credibilidad de toda la Unión Europea, sino también la legitimidad de su propia existencia.

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