Hiperlíderes, o apártense que yo lo soluciono

El auge del populismo está en boca de todos. En los periódicos, las tertulias televisivas e incluso en los debates parlamentarios de medio mundo no deja de comentarse y analizarse el surgimiento de movimientos populistas e iliberales de toda índole y su impacto sobre el sistema. El resurgimiento de la extrema derecha, por ejemplo, ha sido elemento central de discusión en los últimos ciclos electorales que hemos vivido en nuestro contexto más inmediato. Pero nos estamos haciendo muy pocas preguntas sobre qué efectos tienen estas nuevas manifestaciones políticas sobre el resto de partidos. O dicho de otra forma, ¿está cambiando algo entre los liderazgos puramente democráticos como consecuencia de la aparición y nueva centralidad de los extremos y los populismos? La respuesta es la proliferación del hiperliderazgo.

Los hiperlíderes son responsables políticos que, sin cuestionar ni querer cambiar los pilares básicos sobre los que se sustenta la democracia liberal, entienden que vivimos una situación excepcional que requiere un extra de personalismo y carisma en su ejercicio de responsabilidades públicas. Según esta visión, las democracias estarían amenazadas por nuevas voces que abogan por socavar sus fundamentos, desde la separación de poderes o la igualdad de derechos entre ciudadanos hasta el respeto de la pluralidad política y tolerancia elementales. Cabrían aquí desde los Orban, Putin o Erdogan hasta probablemente Trump en su esfuerzo por minar pilares maestros de la democracia americana. La lentitud del proceso deliberativo y la puesta en práctica burocrática de las decisiones políticas hacen que los sistemas democráticos tal como los conocemos no dispongan de los enteros necesarios para hacer frente al reto con garantías suficientes. Si nada cambia, dirían, y las instituciones democráticas liberales operan como hasta ahora, no seremos capaces de salvaguardarlas. Ante tal reto existencial se hace necesario un ejercicio del poder diferente al que estamos acostumbrados. Donde todos se han demostrado incapaces, el hiperlíder se cree el único suficientemente apto como conseguir lo que otros no han podido.  El “apartaos que ya vengo yo a arreglarlo todo” podría ser su mantra.

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Su receta pasa por inyectar un plus de liderazgo que permita respuestas más rápidas pero sobre todo más empáticas. Ante la avalancha de las amenazas el hiperliderazgo promulga la idea de que el proceso deliberativo se acelere, o incluso en ocasiones se baipasee. Las decisiones son el resultado de una brillantez que le es propia -y que según ellos escasea en el resto de actores políticos. Así, en el origen de las decisiones, encontramos una intuición que toma forma gracias a una supuesta genialidad. Cualquier intercambio de ideas tanto entre amigos como entre profanos -acuerdos, concesiones- quedan en un segundo plano. 

Pero, con todo, en ningún caso los hiperlíderes pretenden modificar los elementos esenciales de la democracia liberal a la que sirven. A diferencia de populistas, demagogos o cesaristas de cualquiera de los dos extremos ideológicos los hiperliderazgos no son anti o contra democráticos. Al contrario, aspiran a garantizar la continuidad de las democracias liberales aunque eso pase por dotar a los gobernantes de un voto de confianza en una gestión con un extra carismático y personalista, durante este periodo excepcional.

El hiperlíder entiende además que la comunicación es como mínimo igual de importante que la acción en política. El político se convierte en una marca más, que pretende enviarnos mensajes directos sobre sus capacidades y excelencias, para que no perdamos nunca rastro de su misión titánica. En ocasiones, las decisiones pueden atender incluso a criterios de naturaleza estética más que a una racionalidad que pretenda certeramente transformar la realidad. De ello se deriva un gusto más o menos generalizado por la liturgia política: los hiperlíderes disfrutan -y utilizan a conciencia- las oportunidades en las que el ejercicio del poder se convierte en un acto estético. La escenificación propia de grandes actos públicos, conmemoraciones, discursos de Estado o recepciones de cancilleres extranjeros son puestas al servicio de la marca del hiperlíder para consolidar una imagen de responsabilidad y centralidad política ante el público.

Las emociones son muy importantes en cómo comunica este tipo de liderazgo. Presentarse como un gestor no sólo solvente sino también veraz y sincero le permite establecer unos vínculos más directos con los ciudadanos que le dotan de apoyo y legitimidad. Un contacto que, sin abusar, recurra a la emocionalidad se demuestra muy eficaz para ello especialmente en un contexto marcado por las redes sociales. Humanizarse les permite diferenciarse de la política burocrática e institucional clásica, y ello se consigue enseñando la parte más empática y emocional del ser humano detrás del poder

Son muchos los ejemplos de hiperlíderes en los que podríamos pensar. Algunos no necesariamente contemporáneos: Churchill, De Gaulle, Thatcher o Adenauer, entre otros, encajarían a la perfección. El caso de Emmanuel Macron nos puede servir para definir todavía más el fenómeno. Emmanuel Macron se presenta a sí mismo como la única alternativa frente a la amenaza de la extrema derecha del Frente Nacional y la incapacidad de los partidos tradicionales para hacerle frente. El declive de Francia en un mundo post-occidental y una Unión Europea alemanizada contribuye a una sensación de emergencia inmediata. Inspirado en un ejercicio del poder gaullista -que incluso lo vincularía con Napoleón III- se transforma en un “monarca republicano” que hace uso de todas las prerrogativas del Estado para avanzar una agenda de acción casi unilateralmente definida. El enorme personalismo y la tecnocratización del poder construyen una marca personal anclada en la idea de que él sí está tomando decisiones y asumiendo responsabilidades. El resto de actores políticos e instituciones deben dejar paso y no entorpecer su genialidad. Además, vive en Macron un gusto por la estética del poder propia de los hiperlíderes -pensemos en los actos de conmemoración de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo.   

Podemos ver hiperliderazgos también en Alemania, Grecia, México o Japón. Angela Merkel ha sido capaz en sus casi quince años de mandato de cooptar la escena política alemana de una forma con pocos precedentes históricos inmediatos. Ha hecho frente a los graves problemas alemanes, y por extensión europeos, de las últimas dos décadas con un plus de liderazgo -anclado en una ética de la responsabilidad protestante. Alexis Tsipras ha sido una apisonadora en el panorama político griego desde su elección como primer ministro en 2015. Su mandato ha estado marcado por una retórica de la excepcionalidad que le ha permitido encumbrarse como la voz de referencia categórica en Grecia. Con una mezcla de personalismo y carisma ha sido capaz, entre otros, de convencer a la sociedad griega de la necesidad de aceptar el tercer rescate pese a haber llegado al poder como el adalid de la anti-austeridad. Desde el mismo momento de su toma de posesión, Andrés Manuel López Obrador ha apelado a la necesidad de ejercer un liderazgo muy centrado en su propia persona, recuperando según él modelos del priismo original relacionados con figuras como Benito Juárez, Lázaro Cárdenas o Francisco Madero. La excepcionalidad generada por un sistema en declive, incapaz de hacer frente a los problemas sociales, le ha permitido plantear una campaña mediática donde la marca AMLO se ha convertido en sinónimo de empatía, horizontalidad con los ciudadanos y honestidad. Shinzo Abe ha construido su mandato alrededor de la premisa que, frente a los grandes retos que tiene Japón por delante (el ascenso de China, el problema demográfico interno, la pérdida de peso relativo de su economía), él es quien mejor conoce el camino hacia el retorno de la prosperidad del país nipón. La idea de Abenomics es un ejemplo de la política como genialidad y brillantez. También ha proyectado la imagen de un primer ministro optimista crónico, que consigue que las cosas sucedan. Netanyahu en Israel, Trudeau en Canadá o Arden en Nueva Zelanda son otros posibles casos de hiperliderazgo en el mundo.

Más allá de las especificidades que los separan, los hiperlíderes conforman el resurgir de un fenómeno político transversal que afecta a muchas sociedades del mundo. Sucede porque los retos a la supervivencia de la democracia liberal son también paralelos. Pero, la pregunta que queda por hacerse es sobre si convence la receta del hiperliderazgo para salvaguardar nuestros derechos y libertades. La tentación de ir un paso más allá, y saltar la valla que los separa de los terrenos propios de populistas, demagogos y demás iliberales, fuerza a los ciudadanos a tener que estar muy atentos sobre cómo evoluciona el fenómeno. Una sola cosa parece clara ante eso: la protección de los esenciales liberales y democráticos no podrá nunca corresponder a una única persona, por muy hiperlíder que sea (o crea ser).

 El concepto de hiperliderazgo así como el análisis de diferentes casos de estudio aparecen en la publicación conjunta entre CIDOB e Ideograma titulada “Hiperliderazgos”, y editada por Antoni Gutiérrez-Rubí y Pol Morillas.

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